
Hay una cualidad distintiva en Fidel Castro que atraviesa todo su ser: haber sido un hombre de ciencia y de pensamiento. No es de sorprender que tan temprano como en 1960, el joven líder de la Revolución, con poco más de 30 años de edad, ya tenía claridad sobre el deber de sustentar el futuro de la patria en el rigor científico de nuestras creaciones, tanto materiales como espirituales. Esa certeza convertida en vocación, de conjunto con la importancia que le concedió a la ética en todas las dimensiones de la vida, lo distinguió también como estadista. Por eso, cuando en el mundo apenas se empezaba a hablar de la biotecnología, ya él estaba impulsando la creación de centros de investigación en Cuba para su desarrollo en función de la salud humana. Así nació el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) en 1986, en cuyo discurso inaugural, una vez más adelantándose a su tiempo, Fidel ya estaba pensando no solo en producir interferón, sino también en la posibilidad de combinarlo; hazaña que fue realizable 30 años después. Sobre ese Fidel visionario, sobre su influencia y legado en la ciencia y los científicos cubanos y sobre su presencia constante en el CIGB, tratará este 6to capítulo de «El Siglo de Fidel».
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