Ser madre es una gran bendición

Foto: Cortesía de la fuente.

Esmeralda, Camagüey, no figura en los mapas turísticos. Pero allí, donde alguna vez la chimenea del central Jaronú —después Brasil— dominaba el horizonte y el silbato del tren marcaba las horas, se forjó una mujer que hoy conduce la Universidad de Oriente.

Diana Sedal Yanes es Rectora desde hace nueve años. Tiene casi 30 en la Educación Superior. Pero antes de todo eso, era una niña que miraba el batey desde la puerta de su casa y entendía, sin saberlo, que la vida se construía con la misma lógica del ingenio: caña, sudor y gravedad.

Porque así funcionaba Jaronú. La casa de máquinas tenía tres pisos y la producción caía de un departamento a otro por gravedad. Algo parecido le ocurrió a Diana: la herencia de su abuela, una mujer que trabajó en casi todas las casas del pueblo haciendo labores domésticas, cayó sobre ella como un mandato silencioso. La abuela nunca soltó su mano. Y con esa mano, Diana aprendió que la educación no es un privilegio, sino una trinchera.

Decana, Rectora y madre al mismo tiempo

Diana Sedal no es santiaguera de origen. Cuando llegó a la Universidad de Oriente, su familia se quedó lejos. Y eso, reconoce, ha implicado un esfuerzo mayor. Pero el patrón de su vida tiene una fecha clave: 15 días después de ser nombrada Decana de la Facultad de Ciencias Sociales, comenzaron los primeros síntomas de embarazo.

Ese embarazo se llamó Alejandra. Y hoy tiene 19 años.

“Los 19 años de mi hija han sido también al frente de labores administrativas”, confiesa sin aspirar a la heroicidad. “Todas las tareas y asuntos escolares las hice en horarios extra, en la madrugada, pero nunca dejamos de hacerlas”.

La anécdota no es menor cuando la sobrecarga doméstica sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. Diana, sin embargo, insiste en que no habría podido lograrlo sin su esposo, Alejandro. “Muchas de las tareas del hogar él las ha asumido de forma natural. Nunca me ha reclamado nada”.

La música como motor

Foto: Cortesía de la fuente.

Alejandra quiso ser cantante. Y eso implicó un régimen que a cualquiera haría retroceder: tres veces por semana a la Sala Dolores, salir a las ocho de la noche, volver a casa y empezar con las tareas laborales. Los fines de semana, conciertos.

“Yo aún me pregunto cómo podíamos lograrlo todo —dice Diana—. Solo se podía por lucha, voluntad. Y por la voluntad de ella, que tenía demasiada”.

La Rectora no oculta el cansancio. Habla de llegar agotada, de la tentación de quedarse en casa. Pero el empuje de su hija la hacía ir. Luego, dos horas de entrenamiento musical, regreso, y otra vez la docencia. “Su perseverancia fue nuestro motor impulsor”.

Una universidad que se piensa, se sueña y se imagina

El día a día de la Rectora de la Universidad de Oriente es intenso. Comienza con ejercicio físico, pero el resto de la jornada no tiene horario fijo. “Entro de día, pero nunca me voy de día”, resume. Y aclara: “No dejo las cosas al azar. Organizar, supervisar, controlar. Me siento siempre inconforme con lo alcanzado”.

Esa inconformidad, dice, no es pesimismo. Es “espíritu de poder salvar”. Y define su filosofía de gestión con una frase que bien podría aplicarse al azúcar, a la educación o a la vida: “La Universidad hay que pensarla, hay que soñarla, hay que imaginarla”.

Ser madre

Diana Sedal Yanes confiesa que su sueño era tener trillizos. Viene de una familia donde su abuela tuvo tres parejas de trillizos y una tía, también trillizos. “Esa mística de vestirlos iguales, peinarlos parecido, confundirse quién era quién. Yo también tenía ese sueño”.

No fue así. Tuvo una sola hija. Y asume la maternidad como “un ejercicio permanente, sistemático, donde cada día se revaloriza todo”. Sin retórica. Sin falsas modestias. “Mi mayor sueño es que Alejandra sea una buena persona, independientemente de lo que profesionalmente aspire a ser”.

También enseña, sin que nadie se lo pida, que los hijos se vuelven autónomos cuando se les enseña temprano. “Desde pequeña enseñé a mi hija a planchar, cocinar, lavar. Y hoy cocina muy rico —mejor que yo— y lava de forma impecable”.

Dos hogares

Al final de la conversación, mientras la tarde caía sobre Santiago de Cuba, Diana resumió su vida en una frase que parece el título de un capítulo necesario: “Yo tengo dos hogares: la casa de mi suegra en Santa Bárbara y la Universidad de Oriente”.

El primero es el refugio, el espacio del silencio y la familia lejana. El segundo, la trinchera cotidiana, el lugar donde se forman las jóvenes generaciones que, como ella misma hace décadas, necesitan a alguien que no suelte su mano.

Este periodista, estudiante de Periodismo en esa misma Universidad, solo pudo darle las gracias. Porque Diana Sedal Yanes demuestra una cosa que en Cuba nos gusta recordar: que desde un batey de Camagüey hasta la Rectoría de la Universidad de Oriente se puede llegar sin dejar de ser madre, sin dejar de ser mujer y sin olvidar que el azúcar más puro se hace con caña, pero también con voluntad.

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