
Cuba, uno de los países de Latinoamerica y el Caribe con el mayor número de embajadas en el mundo y pionero en exportar su “Ejército de batas blancas” a lo largo de décadas, atraviesa hoy su momento más crítico desde el Período Especial. El presidente Miguel Díaz-Canel lo ha dicho sin rodeos: esta crisis energética y económica supera incluso aquella de los noventa.
En medio del asfixiante bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos, recrudecido desde enero con amenazas arancelarias a cualquier proveedor, la solidaridad internacional se ha movilizado de forma inédita: por primera vez, una flotilla civil humanitaria, el Convoy Nuestra América, llega a la isla con toneladas de medicinas, alimentos, paneles solares y, sobre todo, un mensaje de resistencia colectiva.
A bordo viajan artistas, periodistas, activistas de más de 30 países, armados con celulares que, en la época tecnológica que vivimos, convierten cada testimonio en una ventana al mundo.
Llegar a Cuba ya es un desafío antes de despegar. Al buscar boletos en línea, el primer anuncio que salta es tajante: “Sigue estando prohibido viajar a Cuba por fines turísticos” para ciudadanos estadounidenses. No es una advertencia cubana, sino el eco persistente de las restricciones impuestas por Washington.
Al cruzar migración en el aeropuerto José Martí, los detectores de metales llevan el sello de un programa de cooperación con China, lo que demuestra el constante acercamiento del país asiático a la isla. En mi vuelo desde México, un buen número de pasajeros también tenían esa nacionalidad.
El primer pulso de La Habana al llegar
El trayecto desde el aeropuerto hasta el centro de convenciones donde se realizará el primer encuentro con las delegaciones internacionales y el recibimiento de Díaz-Canel dura unos 30 minutos. El sol pega fuerte, las calles lucen más vacías de lo habitual y en el auto suena Ricardo Arjona de fondo. Preguntamos al taxista por la situación cotidiana.
Cuenta que existe una aplicación para comprar gasolina, pero la fila virtual es interminable por la escasez crónica, quien se anota puede esperar hasta dos meses por apenas 20 litros. Aun así, reconoce avances en la transición a vehículos eléctricos, aunque los precios siguen siendo algo limitativos.
En las aceras, la gente se sienta en las gradas de las casas, mirando el celular. Mientras haya señal, el tiempo se llena de redes sociales, algo que también es nuevo en la dinámica del Bloqueo, ya que lo que sí entra a la isla es el profundo bombardeo mediático sobre Cuba. Muchos restaurantes cierran cuando se va la luz, pero como en gran parte de América Latina, las condiciones no detienen la vida: la gente se adapta, improvisa y resiste.
El Salvador Allende no se rinde
Cuando una vive inmersa en un sistema, rara vez se pregunta cómo funciona. En la mayoría de los países, la electricidad depende del petróleo; los hospitales, las bombas de agua, los equipos médicos, el transporte etc necesita de ello. Una de las misiones del viaje era recorrer algunos de los centros de salud más emblemáticos de la capital para entender lo que implica el bloqueo.
Empezamos por el Hospital Clínico Quirúrgico Salvador Allende, conocido popularmente como La Covadonga, una casona colonial de patios interiores amplios y pasillos frescos, impecablemente preservada pese a los años y las limitaciones.
La directora nos recibe con voz firme y con los ojos brillosos al vernos llegar. “El bloqueo asfixia el abastecimiento de insumos que son necesarios para la atención de pacientes” explica. Pero aquí no nos hemos rendido.
La Revolución preservó dos pilares intocables: salud y educación gratuitas y universales como en pocos lugares del mundo.
La intersectorialidad del sistema de salud cubano ha permitido contener el colapso; se priorizan emergencias, se redistribuyen recursos y sobre todo se mantiene la atención universal y gratuita. El hospital atiende alrededor de 5.000 pacientes al mes.
Nos comenta que ya tienen estudios completos de cargas eléctricas por pabellón y un proyecto avanzado para, proximamente, convertirse en hospital resiliente energéticamente: paneles solares, generadores de respaldo y un plan de micro-redes que minimice los apagones.
La delegación puertorriqueña, por su parte, descarga cajas con antibióticos, analgésicos, vitaminas, antihistamínicos y esteroides. Esas medicinas de primera necesidad llegan como oxígeno fresco a un sistema que, históricamente, ha sido referente mundial.
Cuba mantiene una de las mayores densidades de médicos del planeta y logros envidiados: la tasa más baja de mortalidad infantil del continente, erradicación de poliomielitis, tétanos neonatal y otras enfermedades.
Así como uno de los logros más importantes al convertirse en el primer país del mundo en eliminar la transmisión de madre a hijx del VIH. La Revolución preservó dos pilares intocables: salud y educación gratuitas y universales como en pocos lugares del mundo.
En las calles, las reflexiones de la gente son directas: “El socialismo no es malo, solo necesitamos que nos dejen administrar nuestro país”. “El día que la educación y la salud se privaticen, se termina el socialismo y eso no puede pasar”. Está bien lo privado para vender productos, pero la salud y la educación no se negocian.
Cuando cae la oscuridad y sube la música
La noche cae y, alrededor de las seis de la tarde, el Sistema Eléctrico Nacional colapsa otra vez. Uno de los delegados cubanos, nos advierte: tomen previsiones, porque no se sabe cuándo volverá la luz. La Habana a oscuras es un territorio desconocido para muchos visitantes.
Para las y los cubanos la comunicación se organiza por grupos de WhatsApp; los protocolos se activan automáticamente: calcular el tiempo para llegar a casa, proteger la comida del refrigerador, desconectar aparatos.
En los techos, paneles solares proliferan como respuesta cotidiana a la crisis y se avecina una acelerada transición energética.
Las nuevas restricciones de Trump a finales de enero de 2026, sumadas al corte del suministro venezolano tras la intervención estadounidense del 3 de enero, que eliminó los 46.500 barriles diarios que llegaban a la isla, y la suspensión de los envíos mexicanos (unos 17.200 barriles promedio), han empujado a Cuba a un borde muy difícil.
La luz no regresa esa noche, pero La Habana no se calla. Es sábado, la gente sale a las puertas de las casas y comercios con música de celulares y parlantes portátiles. Se encienden lámparas solares cargadas durante el día o a batería. Las estrellas brillan con claridad inusual; solo algunos focos alumbran la ciudad. Los sonidos cambian: conversaciones en voz alta, risas, reguetón lejano. La oscuridad no impone silencio.
La partida y los signos de una resiliencia cotidiana
Al día siguiente, la luz sigue sin volver. Las delegaciones comienzan a partir; las calles pierden turistas. Las sanciones estadounidenses han golpeado duro el turismo, una de las principales fuentes de ingresos. Hoteles remodelados post-pandemia lucen semivacíos; la reactivación económica se frenó de golpe con el regreso de Trump.
Aparecen problemas que no se veían hace años: salarios que no alcanzan, el dólar paralelo y el peso cubano jugando malas pasadas internas. Pero las calles hablan y aún los niños juegan sin temor, libres de caminar solos. En los techos, paneles solares proliferan como respuesta cotidiana a la crisis y se avecina una acelerada transición energética.
Cuba resiste con lo que siempre ha resistido: solidaridad, adaptación y la certeza de que sus pilares no se negocian: salud y educación gratuitas. En medio de apagones y escasez, la isla no se apaga del todo. Solo espera, como siempre, que el mundo siga mirando.
(Tomado de RED)
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