
¡Otro día casi a oscuras!, de las veinticuatro horas solo seis con esa luz convertida casi en milagro. Para nosotros los pineros ha sido un golpe muy duro, pero muy duro; nos parecían lejanas esas historias contadas por familiares, colegas y amigos de otras provincias del país, donde apenas llega el fluido eléctrico.
Alguien me dice que lo que vivimos hoy es cosa como para volverse locos y que andamos como nuestra estelar corredora Ana Fidelia Quirós, en ochocientos metros planos. Siempre corriendo y reinventándonos cada segundo “porque la cosa está fea de verdad”, como bien dice la abuelita Inés, a quien me la encuentro a cada rato con bastón en mano recorriendo el barrio “a ver qué encuentra”.
Es triste ver los repartos y la ciudad de Nueva Gerona a oscuras. Luces tenues se ven en varias casas y apartamentos. El silencio en ocasiones conmueve, pero también he visto a muchachos desafiar los infortunios al sacar esas bocinas que parecen arbolitos de navidad y tirar sus pasillitos lo mismo en la acera o en la calle.
Y continúan los días a oscuras. A mi circuito le corresponde el horario de 12.00 a.m. a 9.00 a.m. y de 12.00m. a 9.00 p.m. Todo se apaga, sí porque no llega la conexión y en mi reparto hasta el teléfono fijo se queda mudo, no salen ni entran llamadas, tan indispensables en penumbras para no abrumarte en pensar que estás solo y abandonado.
A algunos les da tiempo recargar móviles, bombillos, lámparas y cuanto artefacto aparezca para hacer sus noches más animadas y apacibles; sin embargo, otros andan, se mueven por la casa rozando con la yema de los dedos los muebles o los diferentes objetos; mientras hay quienes prefieren ver la misma película otra vez y se acuestan a dormir.

Y qué decir de los olores que se esparcen en el barrio, desde mi balcón llega una humareda casi insoportable, pero en estos tiempos que corren, donde “unos locos andan desequilibrados y apretando la cuerda para asfixiarnos” hay que ser tolerantes y solidarios con el prójimo porque ante la ausencia de gas licuado, la gente cocina con cuanto aparezca.
Por eso hoy una hornilla de carbón o el propio tizón negro se convierten en “oro molido”, cuyo precio varía no solo en el mercado internacional sino en esta tierra donde ante la crisis es bien difícil saber cuál es el valor real de las cosas, los productos… hasta del aire que respiramos.
Yo misma de pronto le dije a mi hija menor: ¡qué no cunda el pánico, esta noche comeremos caliente! Y la madre resolutiva armó su rústico fogón con un jarro, le echó papel periódico como combustible y encima de una rejilla coloqué la sartén, mientras ella echaba aire con un cartón para que aquello no se apagara y también no quedar asfixiadas con la humareda que cubrió cada espacio de mi apartamento.
Hay quienes rezan como nunca antes, les piden a los santos y hasta les han puesto uno que otro lacito rojo a los equipos electrodomésticos para que no perezcan en la contienda. Ya una de mis vecinas sufre porque su refrigerador no hace escarcha, languideció con este quita y pon de electricidad. Me imagino que no sea la única, pues la fluctuación del fluido es temible.
Pero estoy segura de que los eléctricos también hagan sus plegarias ante esas añosas moles de hierro, que, si sobreviven a este bloqueo de combustible, entonces propondré que las expongan en un museo no solo porque ya no se fabrican en el mundo sino por su sorprendente resistencia.
Redacto estas líneas y cocino al mismo tiempo, aprovecho las tres primeras horas de electricidad del día, en breve estaré a oscuras. Pienso en qué bueno, el tiempo no nos juega una mala pasada, pues las noches por fortuna son frescas. Solo me queda esperar para reinventarme una y otra vez, intentar volver a comer caliente y no perder mi luz interior.


