
La semana pasada, el jefe de policía de Mineápolis, Brian O’Hara, dijo que lo que más teme es el “momento en que todo explote”. Comparto su preocupación. Si seguimos la trayectoria de los acontecimientos, está bastante claro que nos encaminamos hacia algún tipo de colapso.
Estamos en medio de al menos cuatro derrumbes o declives: el derrumbe del orden internacional de la posguerra. El declive de la tranquilidad doméstica dondequiera que los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, o ICE, desplieguen sus abusos. El derrumbe aún mayor del orden democrático, con ataques a la independencia de la Reserva Federal y procesamientos infundados contra opositores políticos. Por último, el declive de la mente del presidente Donald Trump.
De estos cuatro, el declive de la mente de Trump es el principal, y conduce a todos los demás. A veces, los narcisistas empeoran con la edad, a medida que se desinhiben. El efecto es inevitablemente profundo cuando el narcisista resulta ser presidente de Estados Unidos.
Todos los presidentes que he cubierto se vuelven más engreídos cuanto más tiempo permanecen en el cargo, y cuando empiezas con el nivel de autoestima de Trump, el efecto es la fastuosidad, la prepotencia, la falta de empatía y una reacción exagerada y feroz ante lo que percibe como desaires.
Además, en el último año, Trump ha recurrido cada vez más rápidamente a la violencia. En 2025, Estados Unidos llevó a cabo o contribuyó a 622 misiones de bombardeo en el extranjero, causando muertes en lugares que van desde Venezuela a Irán, Nigeria y Somalia, por no mencionar Mineápolis.
El arco de la tiranía se inclina hacia la degradación. Por lo general, los tiranos se embriagan de su propio poder, lo que reduce progresivamente la moderación, aumenta la sensación de que tienen derecho a hacer lo que quieran y el egocentrismo, y amplifica la toma de riesgos y el exceso de confianza, a la vez que incrementa el aislamiento social, la corrupción y la paranoia defensiva.
Estos días me ha resultado útil volver a los historiadores de la antigua Roma, empezando por los originales como Salustio y Tácito. Aquellos tipos observaban la tiranía desde primera fila, con casos de estudio desparramados frente a ellos: Nerón, Calígula, Cómodo, Domiciano, Tiberio. Comprendían la íntima conexión entre la moral privada y el orden público, y que cuando se produce una decadencia de la primera, habrá un colapso del segundo.
“El afán de poderío sobresale entre nuestros anhelos y pasiones, puesto que la prepotencia de un individuo requiere el sometimiento de innúmeros hombres”, escribió Edward Gibbon en su clásico de 1776, Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Y continuó “En los alborotos civiles se desvirtúan las leyes sociales, y pocas veces se da lugar a los dictámenes de la humanidad. El denuedo de la contienda, el engreimiento de la victoria, la desesperación por el éxito, la memoria de agravios anteriores y el temor de peligros venideros; todo enardece el ánimo y acalla la voz de la compasión. Esos motivos mancillaron con sangre las páginas de la historia en las diversas épocas”.
El historiador inglés del siglo XVIII Edward Wortley Montagu distinguía entre ambición y ansia de dominio. La ambición puede ser un rasgo loable, pues puede impulsar a la gente a servir a la comunidad para ganarse la admiración pública. La sed de dominación, escribió, es una pasión diferente, una forma de egoísmo que nos lleva a “centrar todo en nosotros mismos, lo que creemos que nos permitirá satisfacer cualquier otra pasión”.
El ansia insaciable de dominación, prosigue, “destierra todas las virtudes sociales”. El tirano egoísta solo se une a aquellos otros que comparten su egoísmo, que están deseosos de llevar la máscara de la mentira perpetua. “Su amistad y su enemistad serán igualmente irreales, y fácilmente convertibles, si el cambio sirve a sus intereses”.
Aquellos historiadores quedaron impresionados por cuánta fuerza personal podían generar los antiguos tiranos. El hombre que ansía el poder es siempre activo, el centro del espectáculo, implacable, vigilante, desconfiado, inquieto cuando algo se interpone en su camino.
Tácito era especialmente bueno para describir el efecto que el tirano produce en la gente que lo rodea. Cuando el tirano toma el poder por primera vez, se produce un tropel “en servidumbre”, a medida que grandes enjambres de aduladores hacen zalamerías al gran hombre. La adulación debe intensificarse para siempre y volverse más servil, hasta que la dignidad de cada seguidor sea anulada. Entonces llega lo que podría llamarse la desaparición de la bondad, ya que las personas moralmente sanas se esconden para sobrevivir. Mientras tanto, toda la sociedad tiende a anestesiarse. El flujo incesante de acontecimientos atroces acaba por sobrecargar el sistema nervioso; la creciente ola de brutalidad, que antes parecía espantosa, llega a parecer anodina.
A medida que avanza la enfermedad de la tiranía, los ciudadanos pueden acabar por perder los hábitos de la democracia: el arte de la persuasión y el compromiso, la confianza interpersonal, la intolerancia ante la corrupción, el espíritu de libertad, la ética de la moderación. “Así más fácilmente sofocarás que restablecerás los ingenios y los estudios”, escribió Tácito. “Pues sin duda se infiltra la dulzura del mismo ocio y, siendo detestable al principio, finalmente la desidia es amada”.
No tengo suficiente imaginación para saber de dónde vendrá la próxima crisis: ¿quizás de alguna crisis doméstica, criminal o extranjera? Aunque me llamó la atención una frase que Robert Kagan escribió en un ensayo sobre los efectos de la política exterior de Trump en The Atlantic: “Los estadounidenses están entrando en el mundo más peligroso que han conocido desde la Segunda Guerra Mundial, uno que hará que la Guerra Fría parezca un juego de niños y el mundo posterior a la Guerra Fría un paraíso”.
Y no, no creo que Estados Unidos se dirija hacia algo parecido a un colapso al estilo de Roma. Nuestras instituciones son demasiado fuertes, y nuestro pueblo, en el fondo, sigue teniendo los mismos valores democráticos.
Pero sí sé que los acontecimientos están siendo impulsados por la psique dañada de un hombre. La historia no registra muchos casos en los que un líder enloquecido por el poder que se precipita hacia la tiranía recupere de repente la cordura y se vuelva más moderado. Al contrario, el curso normal de la enfermedad es hacia el deterioro y el libertinaje cada vez más acelerados.
Y comprendo por qué los padres fundadores de América dedicaron tanto tiempo a leer a historiadores como Tácito y Salustio. Thomas Jefferson llamó a Tácito “el primer escritor del mundo, sin una sola excepción”. Comprendieron que el ansia de poder es un impulso humano primario y que ni siquiera todas las salvaguardias que incorporaron a la Constitución son rivales para esa ansia cuando no se la refrena éticamente desde dentro.
Como dijo John Adams en una carta de 1798: “No tenemos un gobierno armado con un poder capaz de enfrentarse a las pasiones humanas desenfrenadas por la moral y la religión. La avaricia, la ambición, la venganza o la galantería romperían las cuerdas más fuertes de nuestra Constitución como una ballena atraviesa una red”.
(Tomado de TNYT en Español)
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