Mi primer libro

Redacción digital

¿Usted recuerda el primer libro que leyó, el que dejó alguna huella difícil de borrar? Yo recuerdo mi primer libro: fue La Edad de Oro, de José Martí, en aquella hermosa edición de 1960, llena de ilustraciones a color, me parecía que tenían vida propia. Leía con espanto Dos Príncipes porque al ver a la pastora loca por la muerte de su hijo sentía que era mi madre quien corría buscando consuelo en un pajarito o en la luz.
No sé qué vino después, si el famoso Había Una Vez…Herminio Almendros, las leyendas de Caupolicán, y tantos más de muñequitos. En realidad la lectura se fue adueñando de mí al hacer la carrera de Historia y Ciencias Sociales. Al estudiar a Marx descubrí qué poco me hablaban de los no marxistas o de los herejes revisionistas; a esos me los topé en la Revista Pensamiento Crítico, la cual compraba donde comienzan los adoquines de la calle Obispo, justo frente a la Moderna Poesía.
Al leer a los llamados clásicos del marxismo me encontraba con constantes referencias a obras literarias o mitológicas. Eso me llevó al mundo griego y a una vasta literatura. Había que leerse Las Almas Muertas de Gógol, o La Montaña Mágica de Thomas Mann. ¿Y Cómo entender a Marx sin leerse concienzudamente la filosofía de los griegos? La propia tesis doctoral del autor del Capital, tenía que ver con Demócrito y Epicuro.
Luego fui comprendiendo que no se puede estudiar filosofía sin religión y sin la poesía más profunda, la que registra la maldición o bendición del hombre. Y no solo de una cultura, sino de todas las culturas, incluyendo la sabiduría del mundo oriental o africano.
Sostener algunas lecturas no siempre fue fácil. Por censuras o silencios editoriales, por ejemplo, leí ya bien tarde un libro como 1984 de George Orwell. A mediados de los ’80, cuando fui seleccionado para hacer la tesis de Candidato a Doctor (era así la cosa siguiendo reglas académicas de entonces), escogí un tema sobre el pensamiento de José Martí, cuyas lecturas no había abandonado a pesar que el discurso filosófico lo situaba como un idealista.
Con asombro y desconcierto recibí el dictamen de que Martí no era una línea de investigación del Instituto y debía cambiar el tema. No, no hice ninguna candidatura ni cambié el tema. Para mí Martí era, y sigue siendo, un gran tema. Eran los tiempos en que las figuras de Marx, Engels y Lenin habían echado algo de silencio, con la ayuda de los dogmáticos, a la historia nacional en nombre del Movimiento Obrero Internacional.
La lectura más diversa y contradictoria nos ayuda a entender la frase centelleante del Maestro: Yo vengo de todas partes / Y hacia todas partes voy. Un libro es un compañero de viaje en el tren de la vida. Muchas de estas lecturas las puse en manos de mis estudiantes.
Ahora que vivimos en el tiempo de la imagen y de poca atención para pensar es difícil la lectura de un libro extenso. Eso lo supe con más claridad la mañana en que un alumno de la universidad me pidió que le recomendara una lectura; y le dije: “El Principito, léalo, es un libro lleno de enseñanzas y silencios”. Su respuesta me dejó sin aire: “¡No, profe, ese libro tiene muchas páginas!” Si eso sucede con El principito, ¿qué esperar ante las lecturas que nos exigen esfuerzo intelectual?
Sin embargo, no hay que cejar en el empeño de abrir a los demás un libro; y si es digital que venga, si es impreso, para mí, dos veces mejor, porque lo llevo bajo el brazo y le doy la mano, como a viejo amigo.
No podemos olvidar que la vida misma es un libro, lo escribimos y leemos dejando huellas de sangre en las páginas, como decía nuestro Martí. ¿Y el refrán? “La vida es una cebolla y se pela llorando”. Ese libro personal y definitivo es la mejor creación.
Un poeta portugués, Teixeira Pascoaes, nos regaló esta joya: “El verbo es hermano de la libertad, es exactamente la libertad. Abro el libro y doy paso al verbo, al sustantivo, a la maravilla de enfermar de magia y regresar hasta el alma de un jardín… Vuelvo a las páginas del primer libro y sé, ya sin miedo, que cuando el sol caiga sobre el sicomoro muerto, saldrá volando un ave de oro.
(*) Colaborador

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