
Para subir a lo más alto del podio, Erislandy tenía que vencerlo todo: al local Sofiane Oumiha, al público y quizás la presión de significar la única medalla dorada del boxeo cubano.
Atrás quedaban las arenas del norte de París, sitio donde se celebró la primera fase del boxeo olímpico, para trasladarse a un lugar cuyo misticismo habían dejado hace solo unas horas las estrellas mundiales del tenis como Carlos Alcaraz y Novak Djokovic.
El estadio de Roland Garros es inconmensurable. La pista donde se trascurre la final del boxeo es un cubo gigante en cuyo centro resalta un cuadrilátero azul custodiado por jueces “mirones” que anotan el más mínimo movimiento.
La tarea era inmensa, pero Erislandy no teme. Al “vikingo” cubano lo impulsaba una fuerza tremenda desde que llegó a París.
Y se comió el mundo. Una fuerza de león lo impulsaba hacía adelante una y otra vez camino a la victoria. Derecha, izquierda, no importaba el público en contra.
El vikingo de Cuba bailó en casa del trompo.
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