Y me aferro a la esperanza

Acabamos de despedir el 2021 y sé que muchos pineros, al igual que yo, quisieran entrar en un sueño profundo, tal como la Bella Durmiente, para cuando despertemos, con un beso o no, ya vernos deshojar el calendario del 2022.

¡Llévatelo viento de agua!, me dijo el abuelito José frente al kiosco nuevo del reparto, donde queda perplejo ante los disparados precios que lucen por estos días los productos del agro, esos a los que al parecer les echan fertilizantes y emplean otros recursos llegados del Medio Oriente, pero no precisamente por su vitalidad o robustez sino porque así andan los encontronazos entre la oferta y la demanda.

La carne de cerdo se hace cada vez más inalcanzable y hasta cobra mayor trascendencia por regir los precios en el mercado.

Familias recuerdan al vecino o al amigo que la pandemia le truncó la vida, quizá hasta protegiéndose o salvando a quienes la padecían, sí, porque ese virus llegó para desordenarnos más la vida y postergarnos los sueños y los abrazos. Aunque este 31 de diciembre le dio un fuerte portazo al 2021, en varios hogares andará la nostalgia.

Qué paradoja, llegamos a tener la mejor situación epidemiológica del país, ello conllevó a ser de los primeros en llevar en nuestros brazos a Abdala, vacuna que llega ahora como refuerzo; creo que no solo nos vanagloriamos, también nos confiamos, al punto de despedir el año con los nervios de punta porque la irresponsabilidad nos juega una mala pasada.

Ya he escrito varias líneas y me percato que lo hago con cierto desaliento, a lo mejor porque me cuesta desprenderme de los efectos de la inflación, esa que superó los pronósticos de la Tarea Ordenamiento, por la cual a principios de año apostamos porque ya era impostergable hacer valer el principio de que a cada cual tenga según su trabajo…

Es cierto, cerramos una etapa impregnada de miedos, nasobucos, tensiones financieras, escaseces, encierros, pero la vida no es solo en negro y blanco, hay matices y abundan quienes como yo la pintan con los colores del arcoíris para coleccionar esos momentos que conforman la felicidad.

Así, en muchos hogares han celebrado el advenimiento de nuevas vidas, la adquisición del equipo electrodoméstico anhelado, el regreso de los niños y jóvenes a las aulas, donde no solo se educa la mente sino también el corazón; de igual manera han abrazado al hijo por recibir su diploma de graduado, agradecido la chequera que otorga la Asistencia Social por sus limitaciones y el precepto de no dejar a nadie desamparado…

Eso tiene cada cierre y advenimiento de año, el recuento de lo malo y lo bueno, aunque en ocasiones cueste ver o se simplifique, pero al final uno termina agradeciendo, arropándose con esa gratitud porque nos enaltece, nos salva.

En lo personal, despedí el 2021 como nunca antes, hice cuantos rituales recuerde de mi abuelita y me aferraré al 2022 con los colores de la esperanza. A Cuba le pongo un lacito rojo para los malos ojos y brindé por verla más ordenada, osada, desafiante, creativa. Brindé por mi familia, mi gente de siempre y por ese amor del cual no me desprendo porque me mantiene viva y me devolverá los abrazos pendientes.

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Isla de la Juventud Opinión
Karelia Álvarez Rosell
Karelia Álvarez Rosell

Licenciada en Defectología en la Universidad Carlos Manuel de Céspedes, Isla de la Juventud. Diplomada en Periodismo con más de 30 años en la profesión.

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