“Y en la vida no hay espectadores”

Desde una celda en la cárcel de Pancrac, en Praga, Checoslovaquia, Julius Fucik deja ese desgarrador testimonio conocido como Reportaje al Pie de la Horca; escribe la última página tres meses antes de ir al patíbulo, en la madrugada del 8 de septiembre de 1943.

En su honor, esa fecha se alza como Día Internacional del Periodista; no es jornada para recordaciones desde la tristeza, sino desde la alegría y el optimismo con el que se despide de los hombres y su convulso tiempo: “Es la vida. Y en la vida no hay espectadores”.

He ahí el asunto ético y revolucionario: No ser simples espectadores vencidos por la anomia o la diferencia. El desafío es mayor para los periodistas que deben dejar el registro de los conflictos, heroicidades anónimas, vida cotidiana, virtudes, defectos; los sueños y esperanzas de la época en que viven.

El encuentro de un grupo de periodistas con el Presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, provocó diversos comentarios y debates en calles, centros de trabajo o redes digitales. Más allá de todas las narrativas de interpretación, los ciudadanos escucharon ideas que consideran muy necesarias.

Los periodistas no quieren ser espectadores, sino actores comprometidos con la verdad de un país que piensa a contracorriente y enfrenta colosales obstáculos. Hay sobre todo, una cantidad de jóvenes que emergen con ideas nuevas que ya están incorporados a los entornos que impone la comunicación 2.0. Esa que se realiza a mayor velocidad en las respuestas a los mensajes, donde se aprecia la pérdida de centralidad de los discursos, o la presencia de múltiples plataformas que desde las redes sociales, han desplazado la zona de disputa cultural o ideológica, a  nuevas formas de enlazar lo real con lo virtual.

¿Cómo hacer periodismo en tiempos en que la verdad misma es desleída por la postverdad que impone una distorsión de la realidad? ¿Cómo romper con estereotipos que frenan la creatividad y la pasión periodística?  ¿Cómo hablar del triunfo sin ser triunfalistas o de la derrota sin ser derrotistas? Creo que es preciso un periodismo que haga frente a la mentira y a la zona de confort de los que no prefieren los debates de fondo. Un periodismo que se adelante a la realidad y ponga dedos en la llaga, y proteja la flor de los mejores pasos de la creación colectiva. Ejercicios que se llenen de nombres y testimonios para que también los que vengan mañana, encuentren los tropiezos y aciertos en la historia de nuestras vidas.

Un periodismo que nos devuelva menos certidumbres sin matar el optimismo. Periodistas que no pasen de largo antes estas dos realidades: La primera, el hundimiento del campo socialista con la consiguiente pérdida de referencias y utopías; la segunda, lo que la investigadora Naomi klein, llama La Doctrina del Shock y el auge del capitalismo del desastre.

Pareciera que vivimos en un mundo en que nada se puede hacer, y que lo mejor es ¡sálvese quien pueda! Tal narrativa despedaza y fragmenta, y nos arrastra a la lógica del mercado donde no importan los ciudadanos sino los consumidores, en una civilización que destruye a la naturaleza y a los seres humanos.

Desde la celda de su último reportaje, se alza un prisionero que aun matándolo no lo pudieron matar, es la voz de Julius Fucik: “El telón se levanta. Hombres: os he amado. ¡Estad alertas!” No somos indiferentes a la verdad y al amor. El periodismo también tiene que estar allí, donde la mejilla duele y la vida es una pregunta sobre la tierra.

(*) Profesor universitario y colaborador

Isla de la Juventud Opinión

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