Varón Herrera y la epidemia sin nombre

Avatares del Varón Herrera recoge lo mejor llegado hasta mí de los grandes cuenteros pineros, desde Eugenio Duarte, cuando se fundó Nueva Gerona, hasta Nin Carrillo, el más cercano a nosotros. Hacer el trabajo de campo, la recopilación de tanta gracia y buen humor, fue una fiesta; escribirlo, casi una tanda ininterrumpida que terminó en tres meses y me dejó con ganas de continuarlo.

Nació en la Uneac, al terminar la presentación de Nelton Pérez de mi novela La Argel de América. Allí estaba el doctor Fonte, el cardiólogo, que me regaló la idea -a quien nunca habré de agradecer bastante- y me llevó hasta Onelia Herrera, una de sus pacientes.

Fue como abrir la hermética gruta de las maravillas porque los Herreras, ofendidos por la visión inadecuada que un periodista diera de su antecesor, estuvieron cerrados a brindar información.

A partir de sus recuerdos y la búsqueda documental imprescindible, logré armar el personaje, en todo trascendente y meritorio. Pero Avatares… no es solo un libro fresco y agradable que rescata buena parte de la oralidad isleña, quise llevarlo más allá. Y le incluí, como contrapartida, un tema casi desconocido: la vida de los deportados políticos que España confinaba a esta isla en su etapa colonial.

Lo traigo a cuento ahora porque estamos en tiempo de coronavirus y ellos sufrieron en la más extrema soledad, y sin la mínima atención facultativa, una epidemia similar, de la que ni se sabe el nombre.

Así lo narra esta novela: “Entonces conocimos el verdadero terror. Nos acostábamos sin saber quién de nosotros o quién de nuestros amigos amanecería contagiado. La noche era un perenne sobresalto, con el candil encendido en todo momento. Al menor quejarse de cualquier dormido, la mano de mamá o de papá nos buscaba la frente para descubrir la fiebre.

“Nadie supo nunca cuántos fueron los muertos en todo el sur pinero; pero todavía, cerca de la costa o en cualquier punto de tan extensa cayería, se encuentran hasta cementerios de familias completas que se llevó aquella epidemia. Se conocen solo por las tumbas sin nombre, a ras del suelo, marcadas por los cercos de grandes caracoles marinos, los cobos, ya ennegrecidos por el tiempo”.

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