Una de las picolinas vive en La Fe

Foto: Marianela Bretau Cabrera

Sara llegó por primera vez a la Isla a las seis de la tarde del 15 de mayo de 1969. Con el ímpetu de sus 23 años desembarcó en el puerto pinero con la certeza de que venía a trabajar junto con su hermana Martha y otras muchachas que entonces llamaban Las picolinas.

Casi medio siglo ha transcurrido desde que Sara Norma Samón Leyva pisó la tierra del Sucu suco como parte de las brigadas juveniles provenientes de las distintas regiones del país que anclaron aquí su compromiso de transformar la antigua Isla de Pinos ante el llamado de la Revolución tras el paso devastador del ciclón Alma en 1966.

“Martha vino para acá cuando hicieron la convocatoria en ese año y después yo dije ‘me voy con ella pa’ la Isla cuando ella regrese a Guantánamo’”. Y así fue. Embarcó sus sueños y esperanzas hacia esta tierra donde echó raíces y frutos.

“La guagua que salió desde Guantánamo hacia Batabanó venía llena, creo que vinimos en el Jibacoa y cuando llegamos aquí nos trasladaron para unos campamentos cerca de La Demajagua donde laboramos en el campo, en los cultivos, luego nos llevaron hacia la zona del Presidio Modelo y después para unos albergues que le decían los picolinos”, rememora Sara al buscar entre los recuerdos de 72 años de vida.

“Salíamos para el campo bien temprano a regar, hacer los huecos con una medida de un metro de distancia para sembrar las plantas de cítricos… Éramos unos cuantos, no recuerdo la cantidad pero sí veníamos muchos de diferentes provincias”, expresa la septuagenaria de piel mestiza con la mirada de quien escudriña esa vivencia.

Ante mi pregunta de manejar los tractores me responde de inmediato: “No, qué va, yo no manejé, pero mi hermana Martha sí. Ella tenía menos de 20 años y laboraba en eso, eran varias muchachitas que manejaban esos tractores. Y el día que me casé me asusté porque nos avisaron de un accidente que había ocurrido cerca, por suerte no era ella.

“Nosotros trabajábamos mucho y nos pagaban por lo que hacíamos. Recuerdo que ahí en el área donde está el círculo infantil Nadezhda Krúpskaya y los edificios multifamiliares aledaños había un toronjal adonde nos traían a recoger el fruto. También sembramos cítricos en la zona de la carretera de la 37, yendo para La Demajagua, donde después entre dos personas poníamos un tubo de aluminio para el regadío de las plantaciones.

“De esa época recuerdo a una compañera que le decíamos Mamita, quien se casó por ese lugar; también a Dulce María; a Belkis, la madrina de mi boda; a Herminio Revé, el padrino, que trabajaba junto a mi esposo Elpidio, a Águeda…”.

No todo era trabajo en aquel entonces. El domingo era el día para recrearse y pasear. Un transporte los traía a la capital pinera por la mañana y los llevaba de regreso al campamento al atardecer.

“Íbamos al Coppelia, nos sentábamos a conversar en el parque de Las Cotorras, ahí fue donde conocí a Elpidio, natural de Niquero, Granma y vino desde el ’67 a pasar el Servicio Militar. Él estaba en el campamento Patricio Lumumba y nos veíamos cada domingo.  Nos casamos en el ’70”.

Sin imaginárselo aún, Sa­ra, como la gran mayoría de los jóvenes procedentes de otras partes de Cuba, construirían en esta Isla, inundada de manos laboriosas empeñadas en transformar la naturaleza, el pensamiento y la economía del territorio (como exhortara Fidel para hacer valedera la proclamación de Isla de la Juventud años más tarde), su hogar y familia.

Además de desempeñarse en la agricultura, la oriunda de Salina de Baitiquirí, tuvo que dar clases a compañeros de otras brigadas. “Nos llevaban a enseñar en unos campamentos cercanos a la 14 de Junio, pues todos debían alcanzar grados escolares”, apuntó una de las picolinas que se quedó por siempre en un territorio que devino gran escuela para los protagonistas del desarrollo sin precedentes que tenía lugar aquí.

En 1972 nació la mayor de sus tres hijos. Desde entonces vivió en varios lugares del Municipio hasta que en 1983 le dieron su actual casa en el reparto Camilo Cienfuegos, en La Fe. Sara tiene cinco nietos, quienes probablemente no sepan que su abuela es parte de la historia que se construyó en las primeras décadas de la Revolución.

Sí, ella es una picolina que forma parte de aquellos que con su sudor y sacrificio transformaron la vida socioeconómica del terruño que hace 40 años proclamó su nombre definitivo de Isla de la Juventud como símbolo de los nuevos tiempos.

 

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