Un lobo que aúlla

Es cierto que “todos nacimos ángeles” como  rueda por el aire el estribillo de una de las canciones de Buena Fe. Dentro de nosotros también nace un demonio, traemos un depredador, un lobo que aúlla. Desde la antigüedad los filósofos meditaron en esa disyuntiva: ¿El hombre es hermano del hombre, o es lobo del hombre?

No hemos salido de la prehistoria de la humanidad. Ayer quemaban a los hombres en las hogueras, cortaban cabezas con guillotinas, invadían a otros pueblos, violaban sus mujeres, a asesinaban a los niños. Hoy cortan cabezas en nombre de una cultura, asistimos a guerras en vivo por la TV, queman a cuarenta niñas encerradas con llave en un hogar seguro.

Es cierto que en el mercado acaba de salir un teléfono de última generación, un robot indica que ya puedes cruzar la calle, una nave espacial lanza mensajes a otra civilización extraterrestre para dar noticias de nuestra existencia. ¡Cuánto desarrollo tecnológico! .Sin embargo, no parece que hallamos avanzado mucho en el amor, la humildad y la sabiduría, parece que el lobo que aúlla gana la batalla. ¿Tendrá tiempo el hombre de entrar en una fase donde se reconcilie con la naturaleza y con los demás hombres?

Mientras todo esto sucede, el ojo de los poderes financieros nos vigila, seduce, alimenta nuestros gustos e instintos. El Big Data es el registro digital de toda la huella de navegación por internet, correos electrónicos, Facebook; allí queda la huella de cada clip con, “eso me gustó”. Con tanta información mundial de los seres humanos, llenan archivos, bases de datos y sicométricos. Así manipulan nuestra mente y nos empujan a donde quieren, como esclavos de nuevo tipo que se creen  libres de decir lo que piensan.

¿Y la democracia? Bien, ¿y tú? ¿Y los derechos humanos? ¿Y la libertad? Es larga la lista de preguntas y la verdad ha sido secuestrada.

Los poderosos del capital financiero y los políticos que los representan “trabajan” muy bien con las emociones de los seres humanos, alimentan al lobo prehistórico, o mejor dicho, a la capacidad innata de la mordida.

A Ulises lo ataron al mástil y taponearon sus oídos para que  no se lanzara al agua tras el canto de las sirenas. Hoy el hombre anda sin mástiles, ni tapones, rodeado de sirenas seductoras que cantan para confundir la belleza con la muerte. El hombre tiene que inventar su propia música, esa que permita el milagro del poeta: “¡bendito los lobos que no aprendieron a morder!” Todos nacimos ángeles, pero en cada corazón, un ángel tiene que vencer a una bestia.

Opinion

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