Un joven habanero en Isla de Pinos

Raimundo Cabrera. Foto: Colaboración de la Unhic

Raimundo Cabrera, deportado a Isla de Pinos por su quehacer en favor de la independencia de Cuba

Por Daylin Sandra Escudero Sánchez (*)

Raimundo Cabrera es conocido por su prolífica labor intelectual, sin embargo, pocos conocen que en 1869 y durante diez meses sufrió el confinamiento en la entonces Isla de Pinos por intentar unirse a los patriotas que desde Estados Unidos se preparaban para venir a luchar por Cuba.

Raimundo Cabrera nació en La Habana  el 9 de marzo de 1852. En 1869 con 17 años fue deportado a la Isla de Pinos, cumplía condena en la cárcel de La Habana por intentar unirse a los cubanos que desde el vecino país preparaban expediciones para unirse a la lucha en la nación.

Nancy Ramírez Ramos, presidenta de la Unión de Historiadores (Unhic): Foto: Daylin Sandra Escudero

El 21 de agosto de 1869 fue hecho prisionero al ser encontrado en una de las bodegas del Missouri, embarcación que partía del puerto de La Habana, expresó Nancy Ramírez Ramos presidenta de la Unión de Historiadores (Unhic) en la Isla de la Juventud.

En su libro Mis buenos tiempos narra cómo fue su viaje desde Batabanó hasta la Isla de Pinos, con 37 deportados más que: “Iban a ser arrojados a una isla pobre, despoblada, sin industria, sin agricultura, sin trabajo”.

Al llegar a la Isla fueron llevados hasta la casa del gobernador militar. Foto: Colaboración Unhic

Al llegar a la Isla fueron llevados hasta la casa del gobernador militar, quien los esperaba con el discurso: “Tenéis la ciudad por cárcel, ninguno podrá alejarse medio kilómetro de ella sin mi permiso escrito. Debéis dar parte, dentro de 24 horas, de vuestro alojamiento. Los domingos tenéis la obligación de presentarse aquí a las nueve de la mañana a pasar la lista. La Isla es pequeña y sólo tiene 800 habitantes; pero la guarnición a mis órdenes es sobrada para mantener el orden; no hay que soñar con revueltas. Si os conducís bien, el gobernador será vuestro padre; para los que cometan faltas, seré inexorable. ¡Podéis marcharos!”

Los deportados fueron condenados a una ciudad desconocida, mal mirados por la reputación de vagos que se les confería, sin amigos o familias, con la difícil y necesaria tarea de buscar trabajo para el sustento donde la mano de obra presidiaria era sobrada, suerte corría el que era aceptado como trabajador doméstico y debía hacer las tareas más rudas, con la retribución de vivir un día más, los demás simplemente pedían limosnas y vivían en las calles.

Carmen Cadenas Mecías, miembro de la Unión de Historiadores (Unhic). Foto: Daylin Sandra Escudero

Raimundo Cabrera fue uno de los que corrió con dicha suerte y gracias a la ayuda del médico José de la Luz Hernández encontró trabajo como maestro particular de los niños de una familia pinera residentes en la Finca Cayo Bonito cerca de Santa Fe, afirmó Carmen Cadenas Mecías, miembro de la Unión de Historiadores de Cuba (Unhic) e investigadora de la historia local de la Isla de la Juventud.

Cabrera enfrentó los rigores de una colonia destinada a ser cárcel, por decreto de España; acostumbrado al fin, al desarrollo de su ciudad y llegar a la Isla donde no existía absolutamente nada, ni siquiera un sistema de transportación marítima, tratar de sobrevivir entre tantos deportados despreciados por la sociedad, fue un gran reto, alegó Ramírez Ramos.

Gran parte de las reflexiones hechas sobre el universo que puede haber vivido José Martí Pérez en la Isla es a través del testimonio de Raimundo Cabrera sobre la situación de los confinados durante la estancia en la colonia penal, enunció Fabio Fernández Batista, Máster en Ciencias Históricas.

(*) Estudiante de Periodismo

Historia Isla de la Juventud
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