Tremenda, extraordinaria, Jilma Madera

Protegiendo a los habaneros, bendiciendo a la capital de todos los cubanos, se alza majestuoso, a 51 metros sobre el nivel del mar, el Cristo de La Habana.

Esa colosal obra de 20 metros de altura y más de 300 toneladas de peso, está considerada la mayor escultura del mundo en mármol blanco de Carrara esculpida por una mujer. Su creadora, Jilma Madera, nacida el 18 de septiembre de 1915, ha quedado para la historia como una de las cubanas cuyo quehacer marcó pautas no solo en el arte, sino, sobre todo, en el encumbrado camino a transitar por el resto de las mujeres transgresoras que le sucedieron.

Bendecido por el Papa Pío XII antes de ser trasladado a Cuba, el Cristo que da la bienvenida a quien llega a la Bahía de La Habana fue reconocido con el Premio Nacional de Patrimonio Cultural.

Otra escultura que le concedió notoriedad a esa artista de la plástica es el Busto de José Martí que fuese emplazado en 1953 en la cima del Pico Turquino.

Para la colocación de dicho retrato de bronce subieron hasta allí alrededor de 50 admiradores del más universal de los cubanos. En la expedición solo participaron cuatro mujeres, entre ellas la propia Jilma Madera y la Heroína de la Revolución Celia Sánchez Manduley.

Esa imagen del Apóstol, que desde el punto más alto de esta tierra antillana vela por su pueblo, es la misma del retrato que un año antes expusiera la artista en la Fragua Martiana y luego, en la entrada del Museo de la Revolución. Sin dudas, una de sus creaciones más reconocidas y particularmente visitadas por cubanos y extranjeros, a pesar de su distante ubicación.

Lilia Jilma Madera Valiente fue creadora de un fecundo recorrido artístico de la que forman parte más de 700 producciones entre esculturas alegóricas, desnudos y retratos, por estos últimos mostrando especial inclinación.

Emplazadas en varios sitios de Cuba y en otros países alrededor del mundo, sus obras destacan por la sobriedad, la armonía, lo proporcional, girando fundamentalmente en torno al hombre y, ante todo, sobresalen por el sello propio que impregnó en ellas.

Formas simples y equilibradas que no deshumanizaban sus figuras nacieron de las prodigiosas manos de una artista de probada valía y talento, cuya vida estuvo dedicada al bienestar de los demás y al arte, desde los 27 años en que comenzó a estudiar en la Academia de San Alejandro. Esta cubana que reflejó la poesía de la vida en su obra escultórica es uno de los más notable símbolos del arte de nuestra nación.

Aunque la mayoría de los aplausos y reconocimientos recibidos por Jilma Madera se dirigieron a su labor artística, no puede dejar de recordarse que participó y promovió la Campaña de Alfabetización desarrollada en Cuba a inicios de la Revolución, logrando graduar a los 12 alumnos que estaban a su cargo y siendo nombrada alfabetizadora destacada.

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