Tras la ruta del héroe

En la escuela que lleva su nombre. Fotos: Archivo

– ¡Coge un rifle y vamos…!, exclamó decidido a lo que fuera Héctor Pérez Llorca, de allá de Isla de Pinos, a uno de sus compañeros aquel 5 de septiembre de 1957, cuando sale a combatir en la rebelión de Cienfuegos.

Así recuerda Saturnino Martínez, comandante del guardacostas al que pertenecía el pinero, el momento en que el joven se suma al levantamiento popular que toma por 24 horas esa ciudad en apoyo a la lucha que contra la dictadura libraba Fidel desde la Sierra.

Tras formarse en el Distrito Naval del Sur, con sede en Cayo Loco, –hoy Museo Naval– grupos mixtos de marinos y milicianos que tomarían distintos puntos estratégicos, volvería a verlo el sargento Juan Gualberto Mederos, cuando le ordenan partir al asalto de la Jefatura de Policía.

”Enseguida me monté en el camión y en aquel gentío donde iban unos 15 ó 20, estaba Héctor portando su springfiel calibre 30.06”.

“Allí estaba él dispuesto a lo que fuera, con un gran entusiasmo…”, me recalca Mederos con voz firme cuando a20 años después de la sublevación de Cienfuegos hasta allá fui tras la ruta del joven pinero.

“Héctor siguió con nosotros a tomar la Jefatura de Policía, luego del Ayuntamiento y de ahí los repartieron, unos para la Planta Eléctrica, otros para la estación de Radio CMHM. A este lugar iba él”.

EL ÚLTIMO REDUCTO

No es hasta media mañana que sale Héctor a su próxima misión para, poco antes de las 11 a.m., tomar posiciones alrededor del parque Martí, formando parte de la veintena de marinos que ocupa el Colegio San Lorenzo, junto a varios civiles.

En un contexto adverso en que no ocurrieron en el país las acciones previstas, mientras la tiranía enviaba refuerzos hacia Cienfuegos, también bombardeada por la aviación, Héctor formó parte de la heroica resistencia.

“Los marinos se hicieron fuertes en el colegio de San Lorenzo…”, diría Fidel de ese último reducto de combate.

“Se acercaba la noche –prosigue– y ellos les plantearon a los combatientes del 26 que se retiraran; en esto podían influir dos ideas: una, tenían menos práctica militar y quedaban muy pocas balas; otra, tal vez la idea de que a los civiles los asesinarían y a los marinos no. Pero es lo cierto que ellos les pidieron a los combatientes del 26 de Julio que se replegaran y gracias a ellos salvaron, varios de esos compañeros, la vida.

“Ellos permanecieron combatiendo hasta horas de la madrugada, sitiados. Nadie sabe cómo fue el final… Pensamos que se le agotaría el parque… y los últimos combatientes, heridos y sin municiones, con seguridad fueron capturados y asesinados”.

¿Cómo caería Héctor? Era la pregunta que seguía haciéndome y parecía imposible responder, hasta que en la búsqueda la logré con el segundo jefe allí: el alférez de fragata José Ramón Quesada:

“…sé que fue como a la media hora de haber comenzado el combate contra la selecta tropa enemiga del Tercio Táctico, sería algo más de las doce del día cuando a través de una de las ventanas le dieron un tiro en el cuello…en el segundo piso del edificio…”.

Cuando visito ese lugar aquella tarde siguiendo la ruta del héroe, me dije que su vida tan breve, ofrendada con altruismo por la Patria, no podía terminar en esa majestuosa edificación.

JOVEN QUE NACE CUANDO MUERE

Estas seis décadas me daría la razón, porque él es de esos héroes que como dijo el poeta Ernesto Cardenal, nace cuando muere. Multiplica su sonrisa en los alumnos y trabajadores de la escuela que lleva su nombre en la capital pinera, donde nació el 6 de abril de 1932, junto a la humillación de un Presidio Modelo, antro del terror.­

Zenaida Oropesa, la maestra en sus primeros grados, relata que sobresalía por su espíritu humanitario, rebeldía, laboriosidad y compañerismo. “Cada vez que obtenía buena producción en el huerto de la escuela Luis M. Arredondo, rememora, la vendía para engrosar los fondos con los cuales comprar uniformes y zapatos a los más necesitados”. Y aunque él estaba entre ellos, por ser el séptimo hijo de una humilde familia, donde el padre fue carpintero y vendedor de helados, siempre pensaba en los demás.

Para abrirse camino con apenas quinto grado, tuvo que dedicarse a estibar camiones en Batabanó y al corte de caña en Oriente.

En una ocasión irrumpe en casa de su prima Marta Rodríguez, en  La Habana, luego de agredir a un policía de la dictadura por ripostarle una injuria y se afirma que estuvo en Cayo Confites, cuando allí se formaban expedicionarios, entre ellos Fidel, decididos a combatir al tirano de República Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo.

En enero del 53 para sobrevivir se alista al Servicio Militar de Emergencia Voluntario, como marinero en la Marina de Guerra, a donde ingresa en 1956 y evita, en valiente actitud, represalias contra expedicionarios del Granma y apresados en Cabo Cruz tras el desembarco por el guardacostas Leoncio Prado, en el que iba, y auxilia a Jesús Montané.

Con solo 25 años Héctor se levantó en Cienfuegos por la Revolución, le dedicó su vida y anda con niños y jóvenes en este inicio de curso escolar.

 

 

Historia Isla de la Juventud
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Tiene más de 40 años en la profesión

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