SOS al buen gusto

Como dice el dicho, para que sea mundo tiene que haber de todo. Y si lo pensamos desde el panorama artístico la aparición de nuevas tendencias resulta infinita.

En el contexto musical los gustos son excesivamente variados, dependiendo de condicionantes como la edad y el círculo social al que pertenecemos, sin embargo el fenómeno de los celulares y las bocinitas – que ya no es nuevo- nos convierte a casi todos en receptores de las mismas sonoridades.

Durante los días de fin de año el ambiente festivo es pintoresco y contagioso como y también lo son las bandas sonoras que caracterizan las fechas, solo que en esta ocasión el terreno musical estuvo monopolizado por  un género que es casi una oda al mal gusto.

El ritmo del momento por su amplia difusión en nuestras calles es el llamado trap, originado en Estados Unidos y que se ha propagado a escala viral en toda Latinoamérica en un abrir y cerrar de ojos.

Más allá de si musicalmente suena bien o no, lo preocupante de este género es el contenido sumamente agresivo de sus letras que no dejan nada a la imaginación, pues de la manera más directa se embarcan a describir actos sexuales y consumo de drogas por solo citar dos ejemplos.

Lo peor del caso es que la gente lo sigue y lo busca. Y no se trata solo de que los videos de Bad Bunny -uno de los más conocidos- aparezcan en el paquete semanal, es que su difusión pasa por todo tipo de espacios.

Históricamente las prohibiciones solo hacen más apetecibles los caprichos, seguro, pero en este caso particular es necesario empezar a tomar medidas relativas a la presencia de ciertos temas en los lugares públicos.

Si en el interior de su casa alguien quiere gritar a viva voz la lírica casi siempre sexista de estos temas, perfecto, está en todo su derecho siempre y cuando los decibeles no sean excesivos, pero una cosa es eso y otra muy distinta es que en medio de una guagua o en un lugar para compartir con la familia como lo es la playa uno se vea obligado a ser partícipe de los coros.

Al parecer, hay quienes no quieren o no se dan cuenta de lo desagradable que resulta escuchar esta música en el medio de la calle, en los bicitaxis, carretones, transportes públicos o en las cafeterías, pero quienes sí lo pensamos tampoco estamos haciendo nada.

Tengamos en cuenta que esta es la educación que se les ofrece a los más jóvenes, principales seguidores, y lo hacemos con una tranquilidad que asusta.

De nada vale poner en los medios de comunicación miles de spots sobre buenas conductas si luego permitimos que situaciones como esta se nos vayan de las manos.

Por el camino que vamos el “palón divino” o “el palito presidiario” serán los menores de nuestros problemas, pues van perdiendo terreno ante la melodía casi inexistente y las letras vulgares del trap.

Nada, que para gustos los colores cierto, siempre y cuando exista respeto. Pero también para orientar y educar los intereses de las nuevas generaciones deben pensarse estrategias, de lo contrario estamos dando rienda suelta a un proceso de involución cognitiva.

Opinion
Yenisé Pérez Ramírez
Yenisé Pérez Ramírez

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana

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