Secretos para conservar

Genito enseña los magníficos ejemplares de pimiento cosechados. Foto: Gerardo Mayet Cruz.

La CCS Sabino Pupo tiene la encomienda de abastecer de alimentos a los poblados La Reforma, El Internado y La Isabel. Para cumplimentar la demanda de unos 1 700 habitantes, cuentan con caballería y media cultivada, más las tierras en preparación o siembra. Sus fuertes son la calabaza, el maíz, la yuca, el boniato y el plátano, pero su estrategia va más allá, se encamina también a la producción de carnes; entre ellas, las del cerdo criollo o de capa negra, aves, ovejos, cabras y conejos. En estos momentos arrancan con la cría de los primeros 800 pollos, de 1 500 asignados. Pollos con 21 días de nacidos que les proveerán de carne y huevos.

A los conejos se dedican tres productores; uno con sus animales, aunque como los demás recibirá un semental y cinco reproductoras.

En hortalizas y verduras, cuatro asumen ese ramo con sembrados de pepino y habichuela, además de pimiento y tomate en cosecha.

Sin dudas, en La Reforma están haciendo lo suyo para enfrentar las demandas que impone el nuevo coronavirus y las que vengan después, incrementadas a consecuencia de las restricciones internacionales.

¿Qué nos falta allí? No mucho, pero sí algo sustancial: trabajar desde ya en la conservación de los alimentos.

Poco se avanza si operamos a un paciente del corazón y no lo rehabilitamos, tampoco resuelve el problema enteramente si hay una buena cosecha de calabaza y al mes se agota la oferta en placitas.

Esta cucurbitácea, si se amontona a la sombra, en lugar seco y fresco, sin quitarle el pitongo del rejo, perdura varios meses. Tenemos que rescatar esa técnica antigua de conservación. La yuca y el boniato, en iguales condiciones los cubren con una ligera capa de tierra arenosa, lo mismo. Y más, si convertimos en casabe a la primera.

El plátano maduro estará disponible todo el año si sus consumidores lo congelan en sus casas.

Y en cuanto a tener siempre cabras, ovejos, cerdos criollos y conejos, la variante es otra. Hay que desmochar el palmiche cuando todavía está tierno -ojo, dije tierno y no cuando está en sazón o a punto de gotearse-, y ahí tendremos en abundancia uno de sus alimentos preferidos. Palmas no faltan, pero sí desmochadores. Hay que formarlos y lograr que sean al menos dos parejas por Cooperativa, para que trabajen sin agotarse. Ese no es oficio tan riesgoso como parece, ni precisa de superhombres. Lo demuestra la preciosa muchacha que realizara ese trabajo en la Capitán Lawton y viéramos sonreír por Islavisión, desde lo alto de una palma real.

Rincón del Redactor

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