Porque Fidel lloró

Muchos hechos grandes y pequeños emergen en el entramado de las relaciones entre Cuba y Vietnam, surgidas en la guerra y afianzadas hasta nuestros días en momentos en que un gesto o una palabra cobran un gran significado.

Mi amiga Magaly Reyes Espinosa, quien estuvo en el hermano país asiático cuando bombardeaban a su heroico pueblo, atesora como una reliquia el libro Gestos por Vietnam y por Cuba, de la editora Pablo de la Torriente Brau, que le obsequiaron en una reunión cuando ella era delegada del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos en la Isla de la Juventud.

Por estos días de inicio del curso escolar, se reúne en su hogar en Micro 70 con algunos niños, a su regreso de la escuela, para leerles  del referido volumen un conmovedor testimonio acerca de la empatía surgida entre un escolar de primaria de una comuna vietnamita y Fidel Castro Ruz, el primer y único mandatario que, hace 45 años, visitó la hermana nación en tiempo de guerra, y una de las zonas que recorrió fue la de Quang Tri, por entonces solo liberada en un 85 por ciento.

Magaly, emocionada, cuenta que el 16 de septiembre de 1973, conducen al pequeño hasta Dong Ha y Fidel ya lo esperaba parado frente a la puerta de una casa de latón, situada cerca de un viejo fortín.

Cuando el carro se detuvo a su lado, el Comandante en Jefe lo tomó por las axilas y lo llevó adentro; con una mano lo atraía hacia su pecho y con la otra le acariciaba la cabeza y las orejas con ternura como si fuera un hijo suyo.

Al arrullar sus brazos mutilados por los codos, las manos del líder querido y respetado del pueblo cubano apretaban más el menudo cuerpo. Sus labios se presionaban contra su rostro, sus ojos, sus mejillas, no permitiéndole distinguir al pequeño más que sus barbas espesas que se metían en sus ojitos, húmedas: Fidel lloraba y el menor también.

Esa era la otra vez que el escolar lo volvía a hacer, pues antes lloró después de encontrarse con su madre al salir del salón de operaciones, donde lo llevaron herido de gravedad los soldados de las fuerzas de liberación tras salvarle la vida en una noche de intensos bombardeos de los B-52 yanquis.

El niño vietnamita narró ante una pregunta: “Esa vez lloré porque Fidel lloró. Él  me compadecía porque yo estaba rengo, con los brazos mutilados y por el odio que sentía hacia los imperialistas que provocaban estas escenas de dolor”.

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Mayra Lamotte Castillo
Mayra Lamotte Castillo

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana; tiene más de 40 años en la profesión.

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