Por mis viejos, respeto y amor

De mi abuela escuché por primera vez la palabra “fundamento”, me la repetía a menudo en su clásica frase “aprende a coger fundamento en la vida” que le servía lo mismo como regaño
–cuando salía de mi cuarto sin tender la cama– que cuando daba una mala contesta en mi tiempo de adolescente rebelde.

De mi abuela aprendí a cogerle el punto a las sazones, a fregar en cuanto se termina de comer para no dejar regueros en la cocina y también se me pegaron algunas de sus manías, como echarme perfume antes de dormir, siempre tener un dinerito guardado en algún escondrijo para casos de emergencia y que no hay mal que se resista a un buen cocimiento.

Abuelo, por su parte, me enseñó sin saberlo a ver el noticiero y leer los periódicos, cosas que empecé a hacer solo para pasar el rato con él. Con él aprendí a entonar una que otra canción mexicana y a comer con tenedor.

Mi abuela paterna, que no vive conmigo y a decir verdad a veces estoy demasiado ocupada para visitar con frecuencia, se desvive por tenerme listo un vaso de café con leche cada vez que voy a verla, todo para darme el gusto.

Soy una persona afortunada, además de mis padres siempre he podido contar con la compañía cómplice de mis viejos y a veces creo que no llego a valorarlos lo suficiente.

Lo cierto es que no es fácil. Aunque los adoro, la convivencia es complicada. La brecha generacional nos ha dado más de un problema y a veces siento que la situación llega a ser insostenible, es ahí cuando me toca respirar profundo y pensar qué sería de mi vida sin ellos.

Con los años se han vuelto quisquillosos y de vez en vez pelean sin razón, pero nunca olvido que siguen siendo mis viejos. En mis 29 años no han faltado los cariños, el apoyo y los regaños de ellos hacia mí y viceversa.

Pero esa, la realidad de mi familia y de muchas que conozco, no es la total de la Cuba de hoy.

Demasiado cotidiano para mi gusto se han vuelto las historias de ancianos maltratados, desatendidos o abandonados.

Cuando por estos días el país se sumerge en el debate del anteproyecto del nuevo Código de las Familias, mis esperanzas están puestas en que la sociedad que somos sepa hacer valer la voz de todos.

Que tanto adultos mayores como familias aprehendan, así con h, porque no es de conocer sino de aferrarse a derechos y deberes, que hay leyes que protegen y garantizan el bienestar en una etapa de la vida que como todas, tiene sus condiciones.

Tener la fortuna de llegar a la tercera edad y fortuna sí, porque se ha vivido, porque se tienen cosas que contar, que enseñar, tradiciones que legar, no puede ir de la mano con el temor a ya no ser útil, a volverse desechable.

El derecho a la vida digna no acaba al cumplir determinada edad y el respeto por la autonomía, gustos y opiniones tampoco.

Nadie dice que se trata de un camino fácil, a fin de cuentas, a veces resulta incluso tolerar a personas más contemporáneas a nosotros en edad cuando no comparten nuestros puntos de vista y, aun así, tratamos de sobrellevarlas. Por tanto, la pregunta es ¿no merecen nuestros mayores la misma deferencia?

 

Temo el día que mi generación llegue a esa tercera edad si la formación que ahora damos continúa demeritando y simplificando la vida de los ancianos.

Mientras tanto yo, trato de ser paciente cuando les escucho contarme la misma historia por enésima vez, cuando me llaman para que salude a una visita porque quieren mostrar que ya su nieta es una mujer, o cuando sus necesidades e intereses, que no caprichos, limitan un poco mis planes, sé que por años hicieron lo mismo por mí.

Así quizá mis viejos nunca se sientan solos o faltos de amor. Con solo un poco de esa actitud por cada uno de nosotros tal vez logremos que nuestra sociedad sea todo lo inclusiva que soñamos.

Edad Plateada 2021 Suplementos
Yenisé Pérez Ramírez
Yenisé Pérez Ramírez

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana

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