Patria y Martí

Dos patrias tiene Martí: Cuba y la noche, pero son una las dos. Cuba es la cadena que arrastra en las canteras de San Lázaro, el anillo de hierro con su nombre, la vida entera por la independencia y la justicia; la noche, es la poesía. Cuando en el diario de campaña escribe: “La noche bella no me deja dormir”, toma cuerpo en el verso su expansión  cósmica porque sabe que “el universo habla mejor que el hombre”. A la hora de morir en Dos Ríos se consolida el acto poético de sembrar la Patria con su propia sangre.

La Patria de Martí se prefigura en los versos finales de su poema dramático Abdala: “Nubia venció! Muero feliz: la muerte / Poco me importa, pues logré salvarla…/ ¡Oh, qué dulce es morir cuando se muere / Luchando audaz por defender la patria!” Es otra vez la muerte dando vida a la Patria.

Es con todos, la Patria; pero para el bien de todos; sin esa condición ética de amar el bien colectivo no se puede ser parte del todos; por eso en el propio discurso hay exclusiones. Los anexionistas, los que hablan de miedo a la guerra de independencia, miedo al negro, al español, los lindoros, olimpos, alzacolas y otros no quieren el bien de todos; quedan fuera, aunque esa exclusión no sea definitiva si terminan por abrazar el bien de la Patria toda.

La Patria de José Martí es una  batalla diaria por la justicia desde la ética que salva el bien común. Así lo expresa unos días antes de morir a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Para mí la patria no será nunca triunfo, sino agonía y deber”. Agonía, que no es desfallecimiento sino agón: ¡lucha!; junto al deber de servir a los demás, en la tierra que es la porción de humanidad donde nos ha tocado nacer.

Para fundar la Patria, Martí tiene que enfrentar al colonialismo español y a la Roma Americana, el monstruo de fauces abiertas frente al Caribe y la América Nuestra. Ya en los años 50 del siglo XIX, el manifiesto de Ostende, cocinado en silencio hasta desbordar los pasillos del secreto y calladas intensiones, decía: “¡O España vende Cuba a los Estados Unidos o se la quitamos por la fuerza!” En 1857, en la campaña electoral que lleva a James Buchanan a la presidencia, el tema Cuba ya está en la agenda de los contrincantes al poder imperial. En esa fecha no han nacido los padres de Fidel Castro y José Martí solo tiene cuatro años; ha venido al mundo sin tiempo que perder, su tierra aún colonizada, quiere ser tomada por la fuerza por el vecino del Norte.

Para hablar de la Patria de Martí no puedo hacer un elogio al olvido. Olvidar el pasado de Cuba es otra manera de perder las fuentes dolorosas y heroicas de nuestra libertad. Por eso cuando veo arder el rostro de Martí para poner en su lugar el de Washington, no hay dudas que un neoanexionismo regresa con otros rostros y panfletos. Si queman a Martí, arde tu bandera, la mía, la nuestra.

Por eso, si dices Washington por Martí, se abren las páginas del ensayo Nuestra América, tan llenas de advertencias y lecciones: “¡Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!” Antimperialismo militante que no es posible ocultar; y es que no hablamos de monedas sino de símbolos; hay que regresar al campamento de Dos Ríos, asomarse a la carta que escribe a Mercado y comprender que Martí viene de Martí, con la honda de David.

Cuando Don Tomás Estrada Palma pide la intervención de Estados Unidos en 1906, estaba negando la Patria soñada por Martí. Si más de 100 años después alguien pide la intervención de Estados Unidos en Cuba, nos está entregando al apetito voraz de un imperio para que el final sea el sorbo de una taza de cenizas.

Vive el dominó en las esquinas de nuestra historia: aquí se trancó en el 6:2; en el año en que bloquearon a Cuba para que la fruta asesinada cayera en las manos del Tío Sam. ¿Tú que le cantas al supuesto fracaso de la Revolución, no tienes una cancioncita para los peligros del Tío Sam? Dudo entonces que te interese la dignidad de todos los cubanos.

Hay mucho que arreglar en mi país, pero desconfío de una canción que confunde y sepulta la verdad; no me sirve, nos recuerda la imagen del chacal dando vueltas al odio. Si crees que ya se acabó, apunta a otro lugar, tal vez sea otra la historia que termina.

(*) Colaborador y profesor de la universidad Jesús Montané Oropesa

 

Isla de la Juventud Opinión

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *