Orlando Bravo y la inyección de rebeldía del Moncada

Orlando-Bravo-Sanchez-2A Orlando Bravo Sánchez, uno de los sobrevivientes de la huelga del nueve de abril de 1958, le definieron la vida los hechos del Moncada.

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Fotos: Yordan Castellanos Calderín

A Orlando Bravo Sánchez, uno de los sobrevivientes de la huelga del nueve de abril de 1958, le definieron la vida los hechos del Moncada.

Este hombre delgado y de casi un metro 80 centímetros de estatura, cuando tenía 15 años ya trabajaba en los talleres de la ruta 80, en su natal Santiago de Cuba, para pagar los estudios en la escuela de Artes y Oficios de la antigua provincia de Oriente.

“En la madrugada del 26 de julio de 1953, cuando salí para el trabajo, sentí el tiroteo y pensé que los guardias se habían sublevado, por eso decidí tomar otra calle”, recuerda.

“Después, me impresionó mucho conocer por los vecinos del lugar, que le habían sacado los ojos a Abel Santamaría, uno de los líderes del grupo de revolucionarios asaltantes al Moncada.

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“José Rodríguez -mi compañero de estudios, quien fue asesinado por la dictadura durante la huelga del nueve de abril- me explicó que aquellos jóvenes llenos de patriotismo tuvieron la idea de tomar el cuartel para liberar a Cuba de los abusos de la tiranía. Desde entonces quise ser uno de ellos” afirma.

Dos años después, el 15 de mayo de 1955, gracias a la presión popular, los moncadistas fueron excarcelados de Presidio Modelo en Isla de Pinos; entonces Fidel Castro orientó a Antonio (Ñico) López crear la Brigada Juvenil del movimiento revolucionario 26 de julio.  

El propósito era fundarla en los barrios más humildes y extenderla a los centros estudiantiles secundarios, privados y religiosos, hasta agrupar, a lo largo y ancho del país, cientos de células de lucha que enfrentaran a la tiranía.

“Inmediatamente me incorporé en la célula en mi escuela. La misión era poner petardos en lugares poco concurridos. Sabía que en cada acción me jugaba el pellejo porque los batistianos mataban a las personas sin averiguar mucho quién era el elegido para morir”, dice Orlando mientras se acomoda la gorra. 

“Defender a Cuba definió mi vocación. Me involucré en el alzamiento de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de1956; sobreviví a la huelga del nueve de abril de 1958 y me incorporé a los rebeldes en la Sierra Maestra.

“Al triunfo de la Revolución -concluye- cumplí varias misiones en la lucha contra bandidos, fui fundador de los Órganos de la Seguridad del Estado y de las Tropas de Guardafronteras, y en 1995, cesó mi vida en activo en el Ministerio del Interior de donde me retiré con el grado de Teniente Coronel”.

Hoy, con 74 años de edad y la marcialidad que distingue a quienes desde el anonimato aún hacen Revolución, veo volver a su oficio de cerrajero y cristalero a Orlando Bravo Sánchez, un hombre marcado por la epopeya del Moncada.

 

 

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