Organopónicos a prueba de ciclones

Foto: Archivo

Las casas de cultivo, incluso rústicas, ganan un espacio cada vez mayor en nuestra forma de producir alimentos. Están, en su mayoría, destinadas a vegetales y hortalizas, algunas también acometen la producción de viandas y posturas. Son una puesta a tono con el imprescindible ahorro del espacio, la concentración de los recursos, los cuidados culturales y el mejor control de plagas y enfermedades.

La tierra fértil escasea en el mundo y por eso, en los países más desarrollados, se tiende a incrementar las áreas de cultivos sobre arena o en cajuelas rellenas con sustrato rocoso, meramente destinado al agarre de las raíces y por donde circula, disuelta en agua, toda la gama de nutrientes químicos que demande uno u otro cultivo. Son los tan celebrados hidropónicos, opción con muchas ventajas pero no para nosotros en las circunstancias actuales.

Por eso hemos recurrido, para la agricultura urbana, a los organopónicos. Esta alternativa posee la bondad de permitirnos hacer la tierra fértil que se habrá de cultivar; es posible y lo vamos logrando a base de compost, humus de lombriz, zeolita, agromena y otras soluciones que sí están a nuestro alcance, porque como sentenciara José Martí, “si el hombre sirve, la tierra sirve”, solo es imprescindible ponerle corazón al surco.

Hasta el paso reciente de Ida se vio un incremento progresivo, una mayor presencia de las producciones organopónicas en los mercados locales. Ahora, y hasta culminar las reparaciones de los daños estructurales y los sembrados que allí se perdieron, enfrentamos una etapa en que no menudearán estos productos del agro.

La situación puede repetirse cuantas veces a la naturaleza se le ocurra sorprendernos. Y debemos tenerlo muy en cuenta porque, a diferencia de la mayor parte del país, estamos justo en el corredor de los ciclones. Vale entonces precaver y así como se busca construir aquí viviendas capaces de resistir los fuertes vientos, hacer lo mismo para asegurar una agricultura con defensas más sólidas.

No faltan posibilidades.

Solo por citar un ejemplo, en el mundo todos los champiñones utilizados en la gastronomía más refinada se cosechan bajo tierra, en galerías de minas, túneles en desuso, establos abandonados, casonas deshabitadas o sus equivalentes.

En la Isla de la Juventud tenemos un grupo de escuelas en el campo fuera de servicio –para las que no se ha concretado un destino todavía–, pero con todas las condiciones de agua, electricidad y espacios techados: aulas, comedores, teatros, pasillos y dormitorios, para ser adaptadas al cultivo organopónico. Y no hablo de algo tan refinado como los champiñones sino de hortalizas y viandas de ciclo corto, siempre bienvenidas a nuestra mesa.

Sería de gran conveniencia, considero, tomarlo en cuenta y modestamente, sin pretender ser demasiado abarcadores al principio, proyectarnos en tal sentido. Los resultados pueden ser muy compensadores.

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