Odisea y orgullo de una villa

Nueva Gerona, la capital de Isla de la Juventud, está de celebración por su cumpleaños 189

Una de las regiones más antiguas del archipiélago cubano fue la última en fundar su capital, hace ya 189 años, más de tres siglos después de las primeras villas, pero la tardía empresa colonizadora no tuvo siquiera la iniciativa y menos la generosidad de la metrópoli española, entonces gobernada por el reaccionario Fernando VII.

Esa monarquía actuó más bien en desesperada respuesta a presiones de potencias como Inglaterra, Francia y EE.UU., que vieron en el refugio de piratas que era aún el territorio, amenaza para sus naves mercantes, cada vez más extendidas por América, de donde ya llegaban los aires libertarios de las repúblicas latinoamericanas recién sacudidas del colonialismo.

Todo esto obligó a España a fortificar el flanco sur de su último reducto americano.

Mas, a diferencia de otras fundaciones contemporáneas, como Nuevitas y Cienfuegos, la pinera estuvo determinada no por la necesidad de incentivar, como dijeron entonces llenos de racismo, la población blanca –mayoritaria (199) al casi triplicar a la negra y parda (69), por demás dispersa, según estadísticas de 1827–, sino por el miedo ante la posibilidad de ocupación por los rebeldes de las excolonias hispanas y convertirse foco revolucionario, sobre todo después de perseguir aquí en 1825 a insurgentes antes de marchar a las tierras liberadas por Bolívar y conocer los proyectos solidarios amasados por El Libertador y Sucre en relación con Cuba.

Así emprendieron las autoridades ibéricas el establecimiento del nuevo doblamiento: Colonia Reina Amalia y de su capital: Nueva Gerona.

Cinco años tardaron los presidiarios y soldados enviados en levantar medio centenar de casas, núcleo original de la ciudad que, según mapas de la época, no tenían más de siete cuadras de largo por tres de ancho, junto al río Las Casas, en una amplia sabana escoltada por marmóreas sierras.

Un ciclón saludaría el inicio de las construcciones y otro despediría los trabajos con afectaciones y atrasos en las obras.

A esos trastornos se unieron la desatención oficial, los frecuentes ataques de piratas y bandidos, e incluso el rechazo de pobladores locales, augurando el fin de su ventajoso trato con esos malhechores, pero la tarea culminó en 1830, y comenzaron las falsas promesas.

El 22 de diciembre de ese año la prensa oficial –el Diario de La Habana– publica el Acta de Colonización, junto a una nota propagandística para atraer colonos, y a poco de comenzar el reparto de lotes, decayó el entusiasmo inicial, las autoridades dejaron a su suerte a los colonos –mayoritariamente pobres, carentes de medios y abandonaron sus áreas o las dedicaron solo a la subsistencia–, distribuyeron de manera desigual la tierra, favorecieron a funcionarios españoles y acaparadores que jamás pusieron a producir. Pronto aceptaron el fracaso; 12 años después, solo se habían ocupado 70 de 140 lotes.

La ciudad apenas creció, y en 1845 no pasaban de 76 las casas en mal estado. Así la tardía colonización devino naufragio y el nacimiento de la capital otra odisea, pero estos pasos hicieron desaparecer el predominio pirateril en la sociedad pinera, que, por otra parte, se vinculó más a la Patria, y robusteció la cubanía mientras más quisieron separar la islita, como cuando la confinaron a cárcel para rebeldes, o refrendaron en su tratado de paz con EE. UU., a espaldas de los cubanos, la indefinición alentada por los apetitos imperiales.

En contraposición con ese abandono y entreguismo, Gerona devino capital del quehacer independentista. Fue centro del levantamiento del 26 de julio de 1896 como parte de un plan para obtener armas e incorporarse a la lucha.

Así continuó siendo escenario de las batallas que frustraron la anexión yanqui en el primer cuarto del siglo XX, primero con las armas junto al coronel mambí y primer alcalde Juan Manuel Sánchez Amat y luego con Julio Antonio Mella al frente. Y se opuso al terror de Presidio Modelo, con el verbo de Pablo de la Torriente Brau.

No pocos hogares, como el de Montané-Oropesa, acogieron a familiares de los revolucionarios encarcelados, apoyaron a Fidel e incluso aportaron guerrilleros al Ejército Rebelde; y desde la Iglesia partió su cura, Guillermo Sardiñas, rumbo a la Sierra, de donde bajó con sotana verde olivo.

Por sus calles corrió desde el mismo primer día de 1959 el torrente popular a  tomar el poder revolucionario; cavó y ocupó las trincheras desde donde ripostó a aviones mercenarios en 1961 y vio morir a los ametrallados del buque Baire, al pescador que prefirió arriesgar su vida para que no secuestraran su barco y a los sobrevivientes de la lancha minada por terroristas de la CIA en 1964.

Para más simbolismo, el mismo día en que muere El Libertador Simón Bolívar
–17 de diciembre de 1830–, nació la ciudad, que durante más de un siglo naufragó, quedó a la deriva en el Caribe, pero rescataron jóvenes de todo el país y pusieron su apellido a la antaño Isla de Pinos sin dejar de fomentar sus coníferas ni sus raíces y tradiciones.

 

 

 

 

Isla de la Juventud Noticias
Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Tiene más de 40 años en la profesión

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