Nuestro primer museólogo

Elías Sardá Valdés junto a su esposa Amelia. Foto: Archivo

“Todavía estoy en deuda con él… no le importaron sus 70 años de edad para comenzar…, su palabras marcaban al visitante y se llevaban además de la estancia martiana aquí, los valores del lugar”, recuerda emocionada Beatriz Gil Sardá a su abuelo Elías, quien le enseño el valor de la historia.

El único compromiso que les dejó a sus familiares fue el de nunca dejar de avivar la llama de Martí en la finca El Abra, a donde llegó el 13 de octubre de 1870, añade Beatriz, quien ha sido fiel seguidora.

No se esperaría menos de ella, siendo descendiente de los que le salvaron la vida al Apóstol y de José Elías Sardá Amador, nuestro primer museólogo.

Gil Sardá tiene en su trayectoria una vida dedicada al patrimonio de la nación, dedicándole once años al sitio que su abuelo inauguró el 28 de enero de 1944, el hoy Monumento Nacional finca El Abra. Este fue el primer museo de la Isla y está  dentro de los siete del país antes de 1959.

Quiso el destino que Elías no conociera a Martí personalmente, pues nació en 1874, cuatro años más tarde de su estadía aquí, pero quizás fue esta su motivación mayor, conocerlo mejor desde su inmedible impronta.

Integró en 1943 junto al juez Waldo Medina Méndez un comité para la reconstrucción de la habitación donde se hospedó el Héroe Nacional y cuando un año después abrió sus puertas al público se dedicó por entero a esa institución.

Con pavorreales y una colección de mármol complementó el lugar donde se percibían todavía el sonido de la volanta que transportaba al joven cada domingo al pase de lista de los confinados y las lomas eran testigo de que el más universal de los cubanos estuvo allí.

Veinte años de su vida el menor de los hijos del matrimonio Sardá Valdés dedicó a ser guía y custodio de una herencia de la que no solo Beatriz y sus parientes son dueños, sino todos los pineros, porque Elías Sardá fue de esos hombres de los que habló José Martí. Hombres cuya alma se refleja en sus obras. Y su mejor contribución fue la de convertir esta Isla en albacea de la estancia en una finca en las afueras de Nueva Gerona del astro que nos ilumina hace 166 años.

(*) Colaborador.

El descendiente de Sardá (segundo a la izquierda) junto a una visita. Foto: Archivo
Historia Isla de la Juventud
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