No se puede dejar el orden al libre albedrío

Para quienes no han tenido el placer de leer las crónicas de la periodista Yuliet PC sobre sus peripecias en el siempre dinámico transporte público les aconsejo que las busque, sus experiencias son envidiables sin duda alguna; sin embargo, aquí contaré la mía, que a mi pesar no resultó tan amena.

Regreso de la playa a las seis de la tarde, solo ese dato debería bastar para ponerle los pelos de punta a cualquiera, pero no, hasta ahí vamos bien. En la parada había casi más niños que adultos porque claro, en medio de una semana de receso no se puede esperar algo diferente.

Cerca de diez minutos antes de que el ómnibus llegase, arribaron al lugar lo que se me antojó comparar con cinco o seis autoparlantes y no creo que a estas alturas alguien se pregunte el porqué de esta comparación.

El grupito era una masa compacta formada por seis muchachos/hombres, dos botellas de ron y una estridente bocina “reguetonerísima”, por cierto. Y no hubiese habido problema alguno si estos individuos hubiesen sido respetuosos con sus compañeros de viaje, o si al menos el chofer les hubiese solicitado que bajaran el volumen, pero claro, que no fue así.

Aunque nos subimos todos con bastante más tranquilidad de la que yo esperaba, el verdadero choque ocurrió al interior de la pequeña guagua. Sin ninguna consideración los chicos decidieron casi que tomar por asalto con sus decibeles el espacio. De pie franqueando la puerta (des) entonaban reiterativamente los acordes de las últimas cuatro “joyas” del reguetón cubano que por fortuna no complementaron a base de Bad Bunny.

Y el camino fue largo, o al menos así lo sentí yo, más de lo normal. Porque si con ellos no bastara, otro pequeño grupo de adolescentes decidió ayudarlos con el coro y los bailes, vaya para que no se sintieran solos ante el público que los observaba con cara de fastidio y que no paraba de pedir a cuanta deidad existe que se agotara la batería o que llegaran a su destino pronto.

Aunque no creo que lo vaya a repetir, de ellos aprendí que “verdaderamente yo soy mejor que tú, tú, tú, tú” es algo libre de gritarse a los cuatro vientos, o al menos eso demostraban con sus sonrisas.

Por fortuna para los que hicimos el viaje con ellos su periplo terminó al llegar a la pizzería, no sin antes hacernos partícipes de sus planes de seguir la fiesta por el medio del bulevar.

Que no compartamos los gustos musicales es una cosa, pero estar obligados a la voluntad de algunos en el transporte público me parece  una total falta de respeto.

Al final no sé si es que me estaré poniendo vieja, pero ron, apretadera y música altísima son algunos de los ingredientes que nunca faltan en medio de las discusiones, así que ¿por qué exponer a nuestros niños a esto? ¿No está acaso el chofer capacitado para regular la conducta en su ómnibus? La conclusión, a mi entender es bien simple, en tiempos de escasez neuronal para darse cuenta de las cosas, no se puede dejar el orden al libre albedrío.

 

 

Rincón del Redactor
Yenisé Pérez Ramírez
Yenisé Pérez Ramírez

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana

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