Niños rescatados de la guerra

clara-moya-1ALa hoy Doctora en Ciencias Pedagógicas Clara Moya Duany, llega a la Isla  antes del inicio del proyecto de las escuelas internacionalistas.

 

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Foto: Cortesía de la entrevistada

La hoy Doctora en Ciencias Pedagógicas Clara Moya Duany, llega a la Isla  antes del inicio del proyecto de las escuelas internacionalistas.

No puede disimular la emoción al recordar 35 años después, la etapa en que integra el grupo de trabajo de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en el reparto Abel Santamaría e ingresa al Movimiento de Madres Internacionalistas Combatientes por la Educación.

“Surge la propuesta de que las federadas del ya establecido Movimiento  vinculado a los planteles pineros, acogiéramos a las niñas y niños que llegarían de países del continente africano.

“En las delegaciones y bloques nos preparamos con antelación. La misión sería humana y educativa, pues sabíamos que venían de la guerra, con los padres desaparecidos o muertos, y sin los hábitos necesarios para la convivencia en los centros internos.

“Arribaron alumnos y maestros a finales de 1977 y les dimos la bienvenida en el muelle. Los distribuyeron en cuatro escuelas: unos 1 131 monzabicanos en la Eduardo Mondlane y Zamora Moisés Machel y otros 850 angolanos en la Saydi Viera y Agostinho Neto.

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Clara Moya, al centro con el turbante, con estudiantes angolanos en la portada de una revista Mujeres

“Los directores sabían quiénes eran las representantes de la Federación que atendían sus escuelas y se hacía un plan de trabajo. Cuando cesaba la docencia y parte de los profesores marchaban a sus casas, entraba la

FMC. Todos los días íbamos en dúos o tríos, lo que no eran siempre las mismas madres. Estuve al frente de la brigada en la ESBEC Agostinho Neto.

“Les enseñamos a bañarse, tender las literas, lavarse la cabeza en el caso de las niñas; también quisieron parecerse a las cubanas y empezaron a pasarse el peine y luego a hacerse el desriz. Ellas me enseñaron a usar los turbantes y a tejerme el pelo.

Le echábamos algunos medicamentos porque traían enfermedades de la piel y el cabello, debido a que estaban en sus naciones en un estado de desamparo.

“Íbamos al comedor con ellos en el horario de la tarde y los cocineros buscaban variantes. Unos lloraban sin probar bocado y otros se comían la suya y la de los demás. Ellos extrañaban mucho el funche, un alimento que  confeccionaban con la yuca, sin sal, es como una pasta que se muele como si fuéramos hacer churros.

“Los cuidábamos con denuedo, como propios, en su mayoría no levantaban una cuarta del piso. Había unos que tendrían siete u ocho años y otros con 16 estos últimos parecían pequeño por la desnutrición.

“Se hizo una selección rigurosa, pero cuando ellos se enteraban que iban para Cuba prácticamente había que bajarlos a la fuerza de los barcos porque todos querían venir. Traían muy buenas vivencias de la relación de los cubanos que estaban peleando en Angola.

“Con los angolanos llegó Ana María Basto Moreira, fue la primera profesora en llegar a suelo pinero, los demás eran maestros varones. Ella se pegó mucho a mí, incluso visitaba mi hogar.

“En el 89 fui a cumplir misión a su país como asesora del Ministerio Nacional de Educación y en cuanto llegué pregunté por Ana María y supe que era la administradora de Angomedicina, una institución de salud. Al otro día la vi en motel en Luanda donde me hospedaba.  Vestía a la europea y andaba con sus dos niños de 13 y 14 años y me dijo en español: “¿Usted es Clara Moya? Yo soy Ana María. Todavía tengo el caracol que me regaló.”

“Nos dimos un abrazo y empezamos a llorar. Ese es el valor que ellos le daban a todo lo que viniera de la Isla de la Juventud.»

 

 

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