Música y nocturnidad: ¿vampiros al acecho?

 

Bares
Bares en la Habana Foto: Tomada de Internet

Hace pocos días supe por una preocupada amiga que su hija de 24 años había ido a un bar cuentapropista de la capital, y cuál sería su sorpresa al ver las fotos y los videos captados por la joven la noche anterior. Lo más contrastante –me cuenta la madre– era que dicho lugar es propiedad de un artista cubano, factor por el cual en un principio se sintió tranquila al pensar que el ambiente y la música serían lo que muchos padres quieren para sus hijos. Sin embargo, la buena música estuvo ausente esa noche. Cuenta la joven que, anonadada por la oferta musical, preguntó a otros muchachos que frecuentan el lugar y estos respondieron que casi siempre era ese tipo de música la que allí se consumía. Hasta aquí lo que en otros contextos puede ser algo normal, rutinario.

En lo personal soy del criterio del uso y equilibrio de espacios y lugares, y no pretendo tampoco forzar el hecho de que un bar tenga una determinada función social o mercantil ajena a su propósito; un bar es lo que es y nada más, pero en este caso convergen varios factores que a mi juicio merecen ser analizados. El primero es la oferta musical, bastante mediocre esa noche con cantantes que, según la joven, son «puro reparterismo», y cito el término porque es un fenómeno al que no podemos seguir dándole la espalda y que nuestra juventud sí domina a plenitud. Los nombres impronunciables de los que allí cantaron parecen sacados de la más taquillera novela de ciencia ficción de H. G. Wells y pregunto: ¿tendrían empresa?, ¿pertenecían al sistema de instituciones de la cultura?, ¿cómo es posible que el arte de calidad no esté de moda en ese sitio?

Estas interrogantes no las hago para fustigar al trabajo por cuenta propia, sino porque el lugar de marras es propiedad de un artista cubano, que conoce el funcionamiento de las instituciones culturales y, sobre todo, porque es triste ver y escuchar a determinadas personas expresarse en eventos y congresos, pero hacer lo contrario en las noches. No es coherente aplicar la ley del libre albedrío cuando se batalla por llevar la cultura y la buena música a lugares que en años recientes han cedido terreno en ese sentido, y que esos mismos artistas han apoyado, ¿o todo ha sido una farsa?

Muchas veces cuestiono cómo pueden florecer y tener trabajo tantos seudocantantes mientras que otros proyectos de valía fenecen como la ola en la roca; también pregunto cómo aquellos pueden percibir salarios o retribución económica, ya que para hacerlo deben pertenecer a empresas de la música, pero, ¿acaso son parte de ellas? De ser así, ¿cómo es posible que lo sean sin ser profesionales, mientras que a egresados de las escuelas de arte les cuesta esfuerzo tener una plantilla para trabajar? No invento, ni exagero ni fabulo nada, basta hurgar en la sección de videos nacionales que oferta el Paquete para constatar cuántos personajillos tienen trabajo en la capital, y no solo en bares privados. Personalmente creo que es una burla, una bofetada abierta y descarnada, una invitación a echar por tierra el esfuerzo de tantos jóvenes talentos que sorteando carencias de instrumentos y soportando –de verdad– el cruel bloqueo que trata de asfixiar a la enseñanza artística en Cuba, se empeñan en graduarse de músicos. ¿Qué se persigue entonces, desmoronar silenciosa y paulatinamente lo que ha costado tanto? El mensaje no puede edificarse en que prevalezca la ley del mínimo esfuerzo ni tampoco ponderar o vitorear al que no estudió y ahora mal hace canciones de moda. Pienso que, también en la música, la pirámide tiene que estar a tono con estos tiempos, de lo contrario nada podrá salvarnos de estos vampiros que acechan y ganan espacios.

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