Mi padre escapó del bloqueo

yojamna-opinionPor Yojamna Sánchez Ponce de León

Por estos días se cumple un año de aquellos terribles días que vivimos mis hermanas y yo. Y aunque ya pasó el gran susto, cada vez que hablo con él, el corazón se me convierte en una pasita ante la sola idea de perderlo.

yojamna-opinionPor Yojamna Sánchez Ponce de León

Por estos días se cumple un año de aquellos terribles días que vivimos mis hermanas y yo. Y aunque ya pasó el gran susto, cada vez que hablo con él, el corazón se me convierte en una pasita ante la sola idea de perderlo.

Mi padre sufrió un nuevo infarto, más grande y devastador que el anterior y como entonces, tuve la ayuda para llegar ese mismo día a La Habana y estar juntos en medio de su gravedad.

El hospital militar Naval volvía a ser la institución médica que lo acogería y donde volví a corroborar la grandeza de la Revolución, ahora en la persona del doctor Quiñones y su equipo de Terapia Intensiva, quienes hicieron hasta lo indecible por mantenerlo vivo aún con las severas carencias de medicamentos del primer mundo, imprescindibles y negados a él, debido al pernicioso bloqueo americano impuesto a nuestro país.

En las 20 tortuosas jornadas que pasé allí entendí por qué este pueblo es indómito y luchador, ninguno, ni galenos, ni enfermeras cejaron en intentarlo una y otra vez, y a la excelente preparación que recibieron como trabajadores de la Salud gracias al Estado cubano, sumaron su inteligencia para utilizar los recursos a la mano con sabiduría y así espantaron a la muerte.

Los médicos nuestros en cualquier latitud del planeta son admirados por sus conocimientos e infinito amor a la profesión, pero en el Naval comprobé cuánto más podrían hacer con la tecnología moderna de que se les ha privado.

No hubo remedio, era urgente la necesidad de practicarle una cirugía coronaria, que después conocí tiene un valor en otros países de unos cinco mil o diez mil dólares. Retornó el sufrimiento pero nuevamente la medicina cubana no los devolvió con vida y llevando en su corazón un aditamento comprado a un costo de 2 500 dólares.

Eso sin hablar de todo el equipamiento al que tuvo acceso y los costosísimos tratamientos sufragados todos por el Estado cubano sin que este represente gasto alguno para él y nosotros, los  familiares. Así mi padre se convirtió en millonario, pero también de las infinitas muestras de cariño recibidas que atesora en sus recuerdos.

Pero no fue el único, también recuerdo en aquellos días a la abuelita diabética que estaba a su lado, al muchacho que por lucir a la moda un piercing una infección casi acaba con su existencia, a la señora que hubo que amputarle las piernas…Tal atención gratuita y con profesionalidad sucede a diario en todos los centros hospitalarios del país.

Para eso se hizo Revolución dirán los maliciosos y es así, pero lo que resulta inaceptable es que esta se desangre por puro antojo de la potencia imperialista y que solo tenga acceso a vitales implementos por medio de naciones amigas o a costa de desembolsar enormes sumas de dinero las cuales bien pudiera emplear en otros campos.

Hoy mi padre vive con limitaciones, claro, pero vive y sus hijas, nietecitos, los amigos…en cada jornada damos gracias porque todavía disfrutamos de él con la tranquilidad y plena confianza de que no hay bloqueo que pueda con esta tierra que apuesta, a cualquier precio, por la vida.

 

 

 

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