María Eugenia Toledo Romaní: Mujer inmune

Dra. María E. Toledo Romaní, investigadora principal del ensayo clínico fase III, Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí”. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

Esa verdad, de que los ojos son el espejo del alma, fue una de las certezas que tuve clara la primera vez que conversé con la doctora María Eugenia. Ella tiene la mirada noble, buena y a menudo húmeda si la pregunta que se le hace revuelve recuerdos… si emplaza a responder a la mujer por delante de la científica, aunque ese binomio resulta casi imposible de separar en ella. Porque en todo caso, hablan las dos.

Luego de escucharla ofrecer una exhaustiva explicación el pasado mes de enero, sobre el inicio del ensayo clínico Fase II b del candidato vacunal Soberana 02 le lancé la interrogante: ¿qué pensaba ella de la mujer científica cubana?

María Eugenia respiró, fueron segundos para mí y estoy segura que años para ella de memorias, antes de sonreír y lanzar al ruedo una respuesta: “¿Qué puedo decirte yo, que terminé con 39.6 semanas de embarazo de evaluar la vacuna cubana Haemophilus influenzae contra la meningitis? Las mujeres cubanas son extraordinarias, y han marcado esta pandemia. Sobresalen en la actividad científica, en la atención médica, en la investigación…”.

Habló entonces de la disposición de muchas a ir a zona roja a pesar de las tantas responsabilidades del hogar que la sociedad coloca en ellas, habló de valor. María Eugenia Toledo Romaní, es investigadora principal del ensayo clínico fase III del candidato vacunal Soberana 02. Trabaja en el Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí” (IPK) y hay entre ella y las vacunas una historia donde la COVID-19 no es el comienzo.

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La vacuna Quimi-Hib contra el Haemophilus influenzae tipo B. Foto: Archivo/Cubadebate.

En el 2004 Cuba registró la vacuna contra Haemophilus influenzae tipo b (Hib) y anunció la inmunización de los niños contra este agente bacteriano, causante de meningitis y neumonías en los primeros años de vida.

Desde el 2000 habían comenzado los ensayos clínicos con este inmunógeno, la primera vacuna contra dicho agente patógeno que se obtuvo con un antígeno sintético y la cual mostraba más de un 99 % de protección a largo plazo. Datos del Ministerio de Salud Pública dan cuenta de que la incidencia de casos se redujo de 1,5 x 100 000 habitantes en 1998 a 0,9 en 2001.

“Los niños morían de meningitis por Haemophilus y Cuba no podía comprar la vacuna. Estábamos el 2000”, dice María Eugenia cuando habla de uno de sus grandes retos.

“Yo tenía apenas 27 años y había llegado a La Habana después de terminar mi servicio social en el Escambray. La vida me dio la oportunidad de conocer a la doctora Violeta Fernández Santana y al doctor Vicente Vérez, el hoy director del Instituto Finlay de Vacunas y creador de Soberana. Entonces Vicente había desarrollado la primera vacuna sintética del mundo contra el Haemophilus influenzae. Con él comencé el camino en la evaluación de vacunas.  Con él aprendí de grupos, sueños, desafíos y de optimismo. El  tuvo el reto de confiar en mí y yo de no defraudarlo ni a él, ni a este pueblo”, comentó.

En medio del proceso de ensayos clínicos llegó para María Eugenia la noticia de un embarazo. Se acrecentó el desafío.

“Viajábamos a Camagüey cada 15 días en el tren francés porque no había transporte para ir y era el modo de llevar las vacunas. Teníamos que probarla, evaluarla para poder lograr el registro. Terminamos los estudios cuando ya mi embarazo tenía más de 39 semanas. Me atendía en cualquier sitio de la provincia donde estábamos. Imagina, la cunita de mi niña me la regalaron allá, de la de los niños damnificados por ciclones. No había tiempo para más…”, recuerda.

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Maria Eugenia es investigadora y profesora titular. Se dedica, en esencia, a la investigación epidemiológica. Ha conducido numerosos proyectos de intervención comunitaria para la prevención de dengue en Santiago de Cuba y Guantánamo, en Cienfuegos como parte de proyectos internacionales. Pero es ante todo, dice, “una militante del bando de los optimistas y soñadores”.

“Investigar es un arte que se nutre de tres cualidades: la búsqueda constante de los porqué, el rigor y la constancia. Eso aprendí de mis padres. Para mi madre no había otra prioridad  que ver a sus hijos estudiar. Mi padre me acercó a este mundo de la ciencia, justo cuando se empezaban los estudios clínicos por encontrar un candidato vacunal contra el VIH. El es epidemiólogo y ahora profesor consultante del Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón. Él empezó en el IPK en 1994 y su vida ha sido, luego de terminar la dirección del Centro de Higiene y Epidemiología en Santa Clara y después en La Habana, dedicada a la investigación. Es un investigador de los duros de carácter, de criterio, de posición”, apunta.

María Eugenia es madre de “dos niñas, bueno ya no tan niñas”. Tiene una hija de 27 años, ya estomatóloga y una adolescente de 17. “Y una nieta de tres años que es mi vida entera, mi Soberana”; así la llama en tiempos de pandemia.

“Vivimos juntas, y nos amamos increíblemente”, dice.

Sale de casa cada día “a trabajar, a veces cerca, a veces en otra provincia”, siempre investigando.

— ¿Te puedo pedir una cosa?, agrega. “No dejes de mencionar a mi madre. Ella me hizo mejor persona, que es mucho más que ser buen científico”, sentencia María Eugenia.

Hay una cualidad esencial y esta mujer la aprendió bien: la gratitud.

Investigar es un arte que se nutre de tres cualidades: la búsqueda constante de los porqué, el rigor y la constancia. Eso aprendí de mis padres, dice. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.

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Tres vacunas han marcado la vida de María Eugenia. ¿Cuál ha sido la más difícil?, pregunto.

Ella sin titubear afirma que no sabría. “Con Haemophilus comencé sin llegar a los 30 años. Fue un reto enorme todo lo que tuve que aprender. Yo apenas me adentraba en ese mundo y debía compartir equipo con grandes de la ciencia como Vicente Vérez, Deivis Horta, en el Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos (Cecmed), la doctora Verena, en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (Cigb)”

“Además coincidió con mi reloj biológico, me embaracé, terminé los ensayos clínicos con 39,6 semanas y parí con 40,1. Creo que tuve apenas cinco días solo para estar en casa. Y después que terminé era un desafío el hecho de que había que registrar la vacuna, y con mi pequeña todavía lactando tuvimos que hacer los informes finales”, narra María Eugenia.

Un doctorado completado en Cuba y otro más en Europa. Y a 10 años de aquellos días en que Haemophilus la desvelaba María Eugenia se reencontró con las vacunas, esta vez con un inmunógeno contra el neumococo. “Con los niños, con la idea de que Cuba pudieran tener una vacuna que no podía comprar, porque es extremadamente cara en el mercado: le dicen la vacuna de los países ricos”.

Después de la introducción en el país de las vacunas contra Haemophilus influenzae y los meningococos, el neumococo pasó a ser el patógeno fundamental que causa las neumonías y las meningitis bacterianas en los niños cubanos. De ahí que prevenir con una vacuna contra los neumococos tendría un impacto importante en la disminución de la incidencia de las neumonías y las meningitis bacterianas en la población infantil. Esa es para el equipo de científicos una certeza.

Si bien la neumonía puede ser producida por virus y hongos, generalmente es causada por bacterias, entre las cuales la más común es el neumococo. Foto: Shutterstock.

Aunque en el mundo existen dos vacunas comerciales disponibles, sus precios son restrictivos para Cuba. Para tener una idea, cada niño debe ser inmunizado al menos con tres dosis de acuerdo con lo que está demostrado científicamente hoy. Cada dosis, a precio de farmacia, oscila alrededor de los 50 dólares, y Cuba tendría que erogar un monto demasiado elevado.

Dirigir los esfuerzos a un candidato vacunal propio era el camino. “Vicente nuevamente me buscó para empezar los estudios clínicos. Ya en ese momento había estudiado, había crecido en lo profesional. También tuve un súper equipo que me acompañó, gente brillante con las que hicimos muchas cosas”.

“Aún no terminamos los ensayos clínicos pero ha sido una enseñanza en términos de retos metodológicos, y de tenerse que crecer y competir con las que ya están registradas y que representan un paradigma en el mundo. Cuando pensábamos estar cerca del registro llegó la pandemia y todo se paró. Pero la ciencia tuvo que creerse  para encontrar lo que solo hubiera sido el privilegio de los bigpharma y de los más poderosos. Así que, un paso adelante y ninguno atrás la vacuna contra el neumococo debió esperar, porque Soberana tendría que salvar a nuestro pueblo”, sostiene.

Soberana 02, afirma, es un reto enorme. Quizá el mayor. “No tengo ya 20 años, y la dureza de estos tiempos impone un rigor y un tiempo dedicado a ese empeño que mi familia dice a veces ʹya no te vemosʹ. Todas han tenido sus características, pero Soberana es mi gran desafío científico, metodológico, es mi mayor contribución a la salud de los cubanos y cubanas”.

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—¿Lecciones?

— “ He tenido muchas, en lo científico, en lo operativo, en tratar de posicionar opiniones científicas dentro de decisiones políticas y que se entienda que la ciencia es rigor. La ciencia no permite chapucería, la ciencia para que sea ciencia tiene que ser reconocida en cualquier escenario por la robustez de sus datos, por la confiabilidad, por la validez de los resultados. Realmente en esos términos he tenido muchas enseñanzas”, subraya.

Pero hay una lección fundamental, dice. “Nadie hace una obra solo. La ciencia es un bien público y las obras científicas las hacen equipos, pero esos equipos necesitan ser constituidos no solo por la capacidad individual de las personas, sino por la necesidad de unirlos por un objetivo común y con un liderazgo que sea reconocido”.

Si se le pregunta por las características que no pueden faltar en un hombre o mujer de ciencia, es explícita:

Los científicos son seres humanos y como hacer ciencia es un proceso, no puede faltar la sensibilidad, la humildad, la humanidad. Foto: Cortesía de la entrevistada.

“Hay algo que se dice en el mundo científico y es que cuando la política entra en una sala de ciencia, la ciencia sale por la ventana. El científico tiene que encargarse de construir las mejores evidencias para poder asesorar a los políticos sobre cuál es la mejor opción, cuál es la decisión correcta, por qué una vacuna y por qué no otra, por qué una decisión y por qué no una determinación distinta”.

Para María Eugenia, “el científico tiene que ser valiente, decidido; no puede dejar de estudiar porque en los últimos años la ciencia ha ido a un ritmo increíble, lo que hoy es una verdad mañana ya no lo es, lo que hoy es una evidencia mañana es un error. Entonces tiene que ser una constante en él la búsqueda y el reconocer que ayer ya no es hoy, y que mañana tiene que ser mejor. Tiene que estar dispuesto a aceptar la crítica científica, que no es agresión, no es oponencia, sino mejoría”, sostiene.

“Cuando usted se somete a la crítica en una publicación, en una discusión, no está haciendo otra cosa que hacer mejor ciencia. Quien no esté dispuesto a hacer eso no puede ser científico, tiene que dedicarse a otra cosa. La política no es una carrera, pero la ciencia sí. Uno no se hace científico en un día; eso implica un proceso de crecimiento moral, personal, espiritual y de decisiones. El científico lleva a la mesa de decisiones lo mejor de la ciencia, le toca al político decidir qué se hace, pero si no es valiente en asumir en que eso no puede ser o que no es ese resultado lo que salió de su ciencia, entonces está plegando la ciencia a decisiones que no son científicas. Yo siempre digo cuando oigo en la televisión que hay algún término incorrecto, que los que se equivocan no son los políticos, son los científicos que no los asesoraron bien”, opina.

Pero, además, “los científicos son seres humanos y como hacer ciencia es un proceso, no puede faltar la sensibilidad, la humildad, la humanidad. Ningún resultado científico es la obra de un hombre, porque quien piense que todo lo que se hace corresponde a una sola persona está tristemente equivocado”, afirmó.

La “capacidad de amar a todos por encima de su ciencia”, es un ingrediente vital para esta investigadora. “Quien piense que puede mirar a las personas desde arriba porque es un gran científico, también está equivocado”.

—¿Qué le añade ser mujer?

—“Le añade todo, porque las mujeres somos guerreras, somos valientes, construimos la casa… y a veces vemos la ciencia a través esa mirada, pensando en qué puede ser mejor, qué puede ser perfeccionado. Creo que también le añade una sensibilidad especial. Si nos toca un niño a vacunar, es como si fuera el nuestro, y no quiero decir con eso que los hombres no lo hagan igual”.

—¿El Instituto Finlay para usted?

— “Al equipo del Finlay lo veo como un hervidero de gente apasionada, de gente creando, de científicos que se hicieron gerentes; jamás los veré como empresarios. Son mi equipo. No siempre estuvimos de acuerdo en cosas y las discutimos científicamente hablando. Los adoro a todos y creo que ellos también me quieren mucho”.

—¿El IPK?

—“El IPK ha sido mi escuela, para avanzar, para hacer ciencia. Allí hay gente que hace muy buena ciencia, y eso me ha permitido crecer. Ha sido mi universidad”, dice.

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“Yo no soy de La Habana, soy de Santa Clara, mi hija grande también nació en Santa Clara, pero vivíamos en el Escambray mientras yo estaba haciendo el servicio social. A ella le tocaron los tiempos duros del periodo especial. Yo terminé la carrera, a los seis días la tuve a ella y 27 días después estaba trabajando en la punta de una montaña. Le tocó luego quedarse sola en Santa Clara y yo venir a La Habana hasta que pudimos tener una casa”, rememora María Eugenia.

A Daniela, su segunda hija le tocó vivir el sueño de la vacuna Haemophilus influenzae. “Ya te conté, el tren francés, la cuna que nunca tuvo: después me tuve que ir a hacer el doctorado a Europa y mi madre quedarse con ella. A Daniela le tocó la ausencia. Por eso ahora creo que todas esas deudas con ella estoy tratando de cubrirlas con la Valeria, mi nieta de 3 años, mi Soberana”.

—¿Sueños?

—“Tengo muchos sueños pendientes, el día que no los tenga es porque no estoy viva. Tengo el sueño de ver crecer a mis hijas, de verlas terminar sus estudios, de verlas sentirse orgullosas de lo que hacen; tengo el sueño de tener grandes equipos de investigación que sueñen con hacer cosas grandes. Ya lo tengo creo, pero yo quisiera que fueran muchos”.

“Un día, cuando terminé de estudiar y de tener todos esos títulos que se requieren me dije: ʹya mi vida científica la terminéʹ; pero después me di cuenta que nada de eso era importante, que solo había completado metas, que la carrera científica empieza justo cuando uno quiere, cuando uno se siente maduro y puede avanzar, porque empieza entonces la formación de otros. Entonces no consigo terminar”, afirma María Eugenia.

Para quien lleva en vena el ansia de saber, indagar, descubrir, no hay final en ello. Lo demuestra esa “inmunidad” que emerge ante las pruebas de la vida y el camino arduo que escogió.

“Me encanta cocinar, preparar mesas lindas. Me encanta leer, discutir de ciencia en general, aunque no sé si eso forma parte del tiempo libre”, dice.

Cuba
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