Los payasos hacen de las suyas

El Circo Nacional de Cuba ofreció una función especial a los trabajadores del periódico Juventud Rebelde, por el aniversario 50 del diario. Lugar: Carpa Trompoloco, Circo Nacional de Cuba. 31 de octubre de 2015)

El arte de los saltimbanquis acompaña a la humanidad desde sus inicios y ha sido el reflejo de los tiempos ora dramáticos, ora tiernos de la existencia. Hay, en los payasos, una risa melancólica que nos revuelve hacia adentro la tristeza de tantos conceptos, de las verdades que no osan decir su nombre, so pena de padecer el escarnio. Como en el cuento de Oscar Wilde en que un personaje de nombre Esperpento se enamora de la princesa a la que divierte y cae en la locura y muere al verse él mismo frente al espejo. Reír es un acto rebelde, de gran impacto, de una onda filosofía del refinamiento.

Por ello, los grandes payasos, los que salen a la escena sin miedo a las luces potentes de las clases sociales, suelen encarnar a artistas-filósofos de gran talante cuestionador. En la mayor parte de los filmes de Charlie Chaplin, el clown deviene en un intelectual y la risa en un arma de denuncia de aquellas regiones indecibles del alma, donde yace el hombre víctima de la desigualdad y el olvido, el que lanza un grito insumiso en el rostro pintado, en la nariz, en el maquillaje, en los absurdos que nos mueven a risa. Como la famosa escena de La quimera del oro en que Charlot quiere conquistar a una chica y, no teniendo con qué ajustarse el bamboleante pantalón, usa como cinto la correa de un perro, y es derribado por este delante de todos. El ridículo, tierno y a la vez agudo, como base para el abordaje del tema de la miseria y de la sensibilidad.

En Cuba, archipiélago donde la risa nos ha salvado de más de una caída, florece desde hace siglos un humor corrosivo y soleado, que coloca cada problema en el desorden de la carcajada, del cual sale como de un mar purificador. Hemos tenido importantes clowns, algunos en la línea del absurdo y otros cercanos a la infantil inocencia de todo ser humano de bien, vale destacar como un ejemplo de ambas al payaso Trompoloco, que marcó una época y que hoy sirve de maestro a la legión de personas que desde el Circo Nacional quieren conjugar la magia con la risa, el salto y la acrobacia con los colores, y que fundan una alegría nueva sobre las bases de una nación necesitada de soles.

Lejos de ser un arte superficial, común o de un acceso intelectual menor, el de los payasos ha demostrado con el decursar de los siglos una total nota de valía. No es fácil asumir que los niños reirán con tus acrobacias absurdas si no eres aún y hasta la muerte, un niño. Y se trata de que ellos, los clowns, demostraron ya que en los escenarios más exigentes todo está incompleto sin la peluca, la carcajada.

En compañías de un prestigio demostrado, como el Circo del Sol, son ellos el centro dramático de cada espectáculo. En una de esas funciones, llamada “Alegría”, los payasos son arrojados al vacío de la vida de los demás miembros del show mediante bocanadas de viento, el color entonces se esparce, a la par que los más inusitados milagros, todos llenos de un espíritu propio. Se quiso así recordar la función esclarecedora del clown en las sociedades humanas, desde tiempos inmemoriales, en los cuales las cortes depositaban altas sabidurías en la confianza de los bufones. El Circo del Sol nos regala entonces, mediante sus payasos, una reflexión histórica, digna de verse, en la cual más de una vez nos saltan las lágrimas.

El arte, con sus miles de máscaras, no tiene una metodología pura, no hay una fórmula para el éxito, más allá del dios creador que genera risas, que nos traslada a pensar y que siempre se propone un mundo de mayores luminarias. No en balde el mejor pasaje de Hamlet, el famoso monólogo, se desarrolla en el cementerio, donde se halla enterrado el bufón Yorick, cuyo cráneo levantado representa hasta hoy el súmmum de la filosofía humanista y reflexiva, en la cual el ser se coloca en las encrucijadas de la acción y el razonamiento. Hamlet, el Príncipe de Dinamarca, vestido de negro, como la conciencia opaca y racional, ve en las deformidades de la muerte el eco de aquella risa carnal, pasajera y que le diera los momentos más cercanos al hallazgo de una verdad. El arte no solo se disfraza, sino que tiene, en la peluca y la nariz postiza de los Yoricks de hoy, una victoria por encima de las veleidades de cierto elitismo dramático.

Pareciera que el humor, la burla y la bulla de los circos no son intelectuales, no obstante, casi todo lo que nos dice un payaso nos lo dice filosóficamente. Para la gente, el común de los seres humanos, no hay mejor clase de pensamiento crítico en la cual se salta de la ternura a lo profundo. Porque el humor, desde los comediógrafos, debió separarse del concurso de las tragedias griegas, ya que el pueblo hallaba más sabiduría en las líneas de Aristófanes que en las de Esquilo. La verdadera sophia yace en los parlamentos de los personajes que fueron antepasados del clown, esos que separaban los mundos entre carcajada y reflexión, los mismos que hoy construyen rebeldías de todo color, en los escenarios alumbrados por un mundo decadente y sin sueños.

Walt Whitman, en su poema “Carpe Diem” nos conmueve con el famoso verso: “Emito mis alaridos sobre los tejados de este mundo”, y se refería a la necesidad del artista de hacer restallar las reglas por medio de mecanismos de irreverencia y una pasión que nos salve. Nada se hace en estos tiempos más apasionado que el arte de los payasos, y en los tejados de todo el universo resuenan miles de risas, a veces tristes, en las cuales va la esperanza de ricos y pobres, gente de las latitudes y vidas posibles.

Cuando cae el telón, nos sentimos otros, los payasos hicieron de las suyas.

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