Los ochenta de Adolfo Llauradó

Quienes tuvimos el privilegio de conocerle de cerca, le llamábamos simplemente Adolfo; para el público que tanto lo admira es Adolfo Llauradó, uno de los más grandes intérpretes en la historia del cine iberoamericano... Luciano Castillo 31/08/2021
El prestigioso crítico uruguayo Jorge Ruffinelli lo definió en estos términos: “Adolfo Llauradó forjó la imagen de un hombre apasionado, celoso y dominador, con rasgos humanos y no de cliché…” (Cubacine)

Bartolomé Adolfo Llauradó Salmerón nació en Santiago de Cuba el 29 de agosto de 1941. Desde los ocho años, comienza su vida artística en varias emisoras radiales de su ciudad natal y luego como cantante en un grupo musical infantil.

En 1955, se traslada para La Habana, donde alterna sus actuaciones en la radio y la televisión, hasta que en 1958 debuta en el teatro bajo la dirección de Adolfo de Luis, en la puesta en escena de Los pájaros de luna, de Marcel Aymé. Fue el inicio de una notoria trayectoria en los escenarios del Conjunto Dramático Nacional, el grupo Teatro Estudio y el Teatro Popular Latinoamericano. Dirigido por nuestros más reputados directores escénicos, Adolfo actúa en algunos de los más resonantes montajes en la historia del teatro en Cuba, desde La noche de los asesinos, de José Triana, en 1966, y a las órdenes de Vicente Revuelta, a Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera.

Manifiesta su inconmensurable talento al servicio de personajes concebidos por Arthur Miller, en Recuerdo de dos lunes; Eugene O’Neill, en Deseo bajo los olmos; Bertolt Brecht, en El alma buena de Sezuán, La madre o El círculo de tiza caucasiano; Edward Albee, en El sueño americano; Antón Chéjov, en Las tres hermanas; Joaquín Lorenzo Luaces, en El becerro de oro; Shakespeare, en La duodécima noche; Lorca, en Bodas de sangre; Dias Gomes, en El pagador de promesas; José Brene, en Santa Camila de La Habana Vieja; Abelardo Estorino y su Morir del cuento, así como el dramaturgo soviético Alexander Guelman, en su pieza En el parque, personajes que le proporcionan varios premios de actuación.

Los primeros contactos de Adolfo Llauradó con el cine son en pequeñas apariciones, incluso como extra, como el que acostumbraba mencionar jocosamente en Cuban Rebel Girls (1959), la última película del afamado actor Errol Flynn, ya en pleno declive. Con el surgimiento del ICAIC, interpreta en “Año nuevo”, el cuento dirigido por Jorge Fraga, cierre del largometraje Cuba 58, estrenado en 1962, al luchador clandestino a quien torturan unos esbirros de la policía.

Humberto Solás, que lo dirigió junto a Héctor Veitía en su cortometraje Variaciones (1962), lo escoge en 1966 para el Mexicano, joven combatiente rebelde de su mediometraje Manuela, junto a la debutante Adela Legrá. Satisfecho con la química surgida entre los dos intérpretes, Solás vuelve a convocarlos en el tercer segmento, ubicado en la primera mitad de la década de los sesenta, del clásico Lucía (1968). Es Tomás, el joven camionero que al casarse con la muchacha hace lo imposible por impedirle trabajar e incluso alfabetizarse, como consecuencia de los celos enfermizos y de su machismo, y que fue el primero de sus personajes de gran arraigo popular.

La filmografía de Adolfo Llauradó, superior a las veinticinco películas, la integran títulos muy significativos. Manuel Octavio Gómez, con el que sostuvo un estrecho vínculo, le confió un pequeño papel en la secuencia de la discusión en la Plaza de la Catedral de La primera carga al machete (1969), y uno de mayor peso entre los que circundan a la milagrosa Antoñica en Los días del agua (1971), otras dos ocasiones que le permitieron trabajar para la cámara del infatigable Jorge Herrera, con el que estableció una especial comunicación. Al respecto, rememora: “Él me decía: «Muévete hacia donde tú quieras, improvisa, yo te voy a seguir con la cámara». Eso me daba una libertad tremenda para expresarme, sin tener que estar sujeto a: «Párate aquí en este lugar, no te muevas de aquí, llega hasta aquel mosaico nada más. Etcétera». Uno tiene que adaptarse, pero eso lo limita a uno. Y lo otro es una libertad que se siente para abrirse, caminar y gesticular… Porque yo gesticulo mucho… Siempre digo que no tengo brazos, yo tengo remos”1.

José Massip lo escogió para dos indagaciones históricas, Páginas del diario de José Martí (1971) y Baraguá (1986), y para Manuel Pérez personificó al cabecilla de una de las bandas contrarrevolucionarias en El hombre de Maisinicú (1973), y años después participó en La segunda hora de Esteban Zayas (1984). Sergio Giral lo integró en el reparto de El otro Francisco (1974) y ya no pudo prescindir de su presencia en los restantes títulos de su trilogía sobre la esclavitud: Rancheador (1976), por cuyo Mataperros recibe el galardón a la mejor actuación en el Festival de Cine de Panamá, y Maluala (1979).

Pastor Vega concibe expresamente para Adolfo su Retrato de Teresa (1979), filme al que tanto él como la actriz coprotagónica, Daisy Granados, aportaron mucho con sus improvisaciones y rescritura de los diálogos. Logra una de sus más exitosas interpretaciones en la pantalla como otro Tomás, el esposo machista que intenta obstaculizar la integración de su mujer a la sociedad. Ella es la actriz con quien mejor se siente. El realizador vuelve a reunirlos en otros títulos, entre estos: Habanera (1984) y Amor en campo minado (1987), versión de una pieza teatral del dramaturgo brasileño Alfredo Dias Gomes.

Otorgó toda la incontenible fuerza y vitalidad al personaje delineado por el escritor y documentalista Jesús Díaz en Polvo rojo (1981), su ópera prima en la ficción. Los cineastas se disputan poder disponer de un intérprete tan convincente, entre estos Daniel Díaz Torres, también debutante en el largometraje, quien no tuvo que insistirle mucho para que aceptara laborar en Jíbaro (1984). Tampoco puede negarse a actuar en Capablanca, dirigida por Manuel Herrera.

El director peruano Federico García le posibilita caracterizar un papel memorable en una película que no lo es tanto: El socio de Dios (1986), coproducida con el ICAIC. Él se apropia, algo innato, de ese terrateniente cauchero de inmenso poder, provocador de una guerra fratricida con Colombia. La imagen de Adolfo jugueteando con su inseparable serpiente recorrió publicaciones y certámenes internacionales.

A 1988 corresponden dos oportunidades en las cuales dotó de vida a caracteres concebidos por Gabriel García Márquez en versiones de su literatura, filmadas en locaciones cubanas. Es el Caribeño en Un señor muy viejo con unas alas enormes, dirigida y protagonizada por el argentino Fernando Birri sobre el relato homónimo, y René, el aviador, en Cartas del parque, de Tomás Gutiérrez Alea, sobre el pasaje del escribano y la pareja de jóvenes de la novela El amor en los tiempos del cólera, trasladado del portal de los dulces en Cartagena a Matanzas. No obstante la brevedad de su aparición, nadie olvida a ese aventurero que al emprender un viaje en globo arrastra con su entusiasmo al protagonista.

Juan Carlos Tabío, quien siempre quiso tener la oportunidad de trabajar con él, la encontró en otro de esos pequeños papeles que el actor asume y a los que se entrega como a un protagónico, en El elefante y la bicicleta (1992), una película coral que se propone hacer un homenaje al cine en su centenario.

Su aporte es extensivo a varios cortos realizados por “cineteleastas” de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, donde colabora en la dirección de actores entre 1989 y 1996. En locaciones de ese lugar, actúa a las órdenes del veterano Julio García Espinosa en su película experimental El plano (1992) e interviene en el primer largometraje de ficción producido por la EICTV: Amores (1994), integrado por tres cuentos. Acepta la propuesta de uno de sus egresados cubanos, Fernando Timossi, para colaborar en su debut profesional, el cortometraje Blue Moon (1996), sobre un vividor envuelto en los años cincuenta en una pelea entre dos conocidos proxenetas.

Adolfo llevaba varios años de estar casado con la notoria editora francesa Jacqueline Meppiel, integrante del núcleo fundador de la prestigiosa institución educacional de San Antonio de los Baños. Ella deviene una colaboradora decisiva cuando él decide probarse como realizador con el documental Carilda, desaparece el polvo (1994), al que siguen Divas, por amor (1995), hermosísimo tributo a grandes figuras que no tardaron en ser olvidadas, y Esmeralda (2000), en el que descubre en un asilo a una singular ancianita de apasionante pasado.

El prestigioso crítico uruguayo Jorge Ruffinelli lo definió en estos términos: “Adolfo Llauradó forjó la imagen de un hombre apasionado, celoso y dominador, con rasgos humanos y no de cliché, imagen que para algunos resultaba un vestigio del período prerrevolucionario, y para otros era un elemento permanente de la idiosincrasia del Caribe”. A Ruffinelli corresponde el privilegio de haber grabado el testimonio de Adolfo, quien le confesó:

“Yo he hecho personajes muy desagradables, que el público realmente rechaza. Pero para mí eso ha sido una experiencia muy grande, porque creo que hacer “el malvado de la película”, para un actor significa no solamente ser el malvado, sino la oportunidad de buscarle algunas cosas buenas, humanizarlo. Eso es lo que hace que no se convierta en un cliché, en una cosa enteriza. Buscar las bondades del personaje y humanizarlo: eso es importante. En El hombre de Maisinicú yo hacía un personaje terrible, y sin embargo el público acabó por tenerle afecto. Por otro lado, a mí me han encasillado, aunque hasta cierto punto, en una etapa determinada, me gustó hacer ese tipo de personajes. Por ejemplo, el personaje machista. En la calle a mí me dicen “el macho de la película”, y es por todos esos personajes que he hecho»2.

Tras actuar en Las profecías de Amanda (1999), de Pastor Vega, quien lo reúne de nuevo con su gran amiga Daisy Granados, Adolfo realiza una fugaz aparición en Rosa, la china (2001), coproducida por el ICAIC con Francia y Portugal, filmada en La Habana por la cineasta chilena Valeria Sarmiento. Curiosamente, el guion de este homenaje al melodrama lo escribió el dramaturgo cubano José Triana, quien propiciara a Adolfo el personaje consagratorio de La noche de los asesinos. Este sería el último título en la prolífica filmografía de este actor excepcional del teatro, el cine y la televisión cubana que es Adolfo Llauradó, quien falleció en La Habana hace ya dos décadas, el 3 de noviembre de 2001.

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