Los cubanos: ni hambrientos ni rendidos; dignos, como siempre

Luego de la derrota del 11 de julio y los intentos posteriores por mantener «viva» la chispa de la «insurrección», como llamó uno de sus voceros a la pírrica intentona, la contrarrevolución, sus capataces miamenses y los amos de Washington se lanzaron desesperadamente a salvar lo que pudieran del naufragio
Foto: Ariel Cecilio Lemus

Luego de la derrota del 11 de julio y los intentos posteriores por mantener «viva» la chispa de la «insurrección», como llamó uno de sus voceros a la pírrica intentona, la contrarrevolución, sus capataces miamenses y los amos  de Washington se lanzaron desesperadamente a  salvar lo que pudieran del naufragio. La esperanza de lograr el 15 de noviembre lo que no consiguieron en julio tenía patas cortas y no pasaba de ser una falacia, una engañifa, una estafa más.

Lo sabían los analistas del Pentágono y de la CIA, estaban al tanto los asesores del gobierno y los «empresarios» de Miami, pero parece que, como la esperanza es lo último que se pierde… Podía suceder, creyeron, quizás la «tormenta perfecta» con vientos de bloqueo incrementados, subversión, pandemia y crisis económica mundial, habría debilitado a los cubanos al punto de que al fin, obligados por la penuria, se levantaran contra sí mismos.

Sería una especie de suicidio en masa que contemplarían cómodamente desde sus poltronas; así como están dispuestos a disfrutar la muerte autoinfligida de un pueblo quebrado por el hambre, la enfermedad y la calumnia.

No pocos interesados y accionistas del negocio del odio contra la Isla oraban en la privacidad de sus oficinas  al expresidente de EE. UU., Dwight Eisenhower, a Edward Lansdale y compañía, para el cumplimiento de los vaticinios elaborados por los años 60.

Pero ni los rezos ni los vasos de agua espirituales, que sabemos, por fuentes confiables, algunos de los llamados políticos cubanoamericanos colocaron en sus altares, los salvaron de la derrota.

La aplicación de la política de EE. UU. contra Cuba por parte de la administración de Donald Trump, continuada con entusiasmo por el actual presidente, Joe Biden, que pretendía, mediante una estrategia de extrema dureza, combinada con acciones de guerra no convencional, acabar con la revolución, se deshacía en las calles y plazas de la Isla.

Antes de los sucesos del 11 de julio los servicios especiales llevaron a cabo un acucioso estudio de los estereotipos culturales de diferentes sectores de la población cubana. Diversos grupos sociales fueron objeto de investigación y análisis con el fin de encontrar sus puntos débiles para hacer un mapeo que le facilitara a la CIA la acción eficaz de sus medios de guerra cultural y de subversión político-ideológica.

Los influencers anticubanos, los cibersicarios y otros especímenes, que actúan en el ámbito digital, activistas a sueldo de la guerra ideológica, a partir de la información que les brindaron los centros de estudio de los servicios especiales trabajaron incansablemente sobre debilidades y deficiencias, sobre automatismos, miedos y estereotipos identificados.

Millones de dólares del contribuyente norteamericano se gastaron para, mediante una feroz campaña de descrédito, aislar a Cuba y privarla de la solidaridad internacional, para poder actuar con impunidad y justificar la barbarie que planeaban.

Una verdadera fortuna dilapidaron para comprar conciencias, pagar mercenarios y contratar delincuentes, estos últimos vitales para asaltar instituciones, saquear, quemar personas, sembrar el terror y el caos, como han ensayado en otros países de latinoamérica.

Como magos sacaron del sombrero a lidercillos prefabricados, elaborados a partir de moldes ya usados en otras acciones, y apostaron a una réplica de un Václav Havel de bolsillo, con más ínfulas dramáticas que coraje.

Casi nada lograron salvar del naufragio del 11-7, el pecio flotante aún, pero haciendo aguas, encalló sin remedio y se hundió dejando un halo nauseabundo en estos días de noviembre con aires de abril.

Lo ridículo terminó siendo grotesco: secuaces abandonados por su jefe, que emprendió veloz y oculta retirada, sin tan siquiera decir  aquello de «resistan que vengo pronto», y un músico, digámosle así, recibió el premio Grammy en EE. UU. ataviado con una especie de manto real. Toda una demostración de ultraje a la bandera y de machismo a toda luz, con su pareja atada a él por una franja azul, en actitud de sometimiento.

La sangre no corrió, como querían, por las calles de la Isla. Los cubanos nos mostramos con total hidalguía: ni hambrientos ni rendidos, ni desnudos ni descalzos; dignos, como siempre, unidos y crecidos ante la agresión, incólumes ante la calumnia y la mentira.

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