Lo que Tomasito no sabe

Foto: Claustrofobias Promociones Literarias.

Lo conocía desde que, a inicios de los 80, fuimos compañeros en ese mundo especial que son los talleres literarios. Él participaba y concursaba por el municipio Habana Vieja y yo por Plaza de la Revolución, teníamos amigos comunes y soñábamos -como todos los que entonces girábamos en el mismo círculo– con ganar el encuentro-debate municipal e ir más lejos.

De hecho, el Catálogo General de la Biblioteca Nacional guarda varios de aquellos folletos que para la ocasión eran impresos y en más de uno aparecen las contribuciones de Tomás; de estas, hasta donde recuerdo, aún quedan varias por ser recogidas en libros o editadas para públicos más amplios.

Pocos años más tarde, esta vez como humilde lector, estuve entre los muchos que disfrutamos con las Memorias secretas de dos mujeres públicas (1984) de su autoría, pequeña joya de la literatura testimonial cubana al que han seguido en el tiempo títulos como Hablen paleros y santeros (1994) y Misa para un ángel (2010).

Sin embargo, no fue sino hasta que fuimos compañeros de trabajo en la Biblioteca Nacional (donde ya él era toda una leyenda) y a que también fuimos vecinos durante casi veinte años (por lo que hacerle la visita se convirtió en algo habitual), que empecé a conocer otras aristas de la persona; es decir, a la persona misma.

Aquellos que no poseen el entrenamiento práctico o la cantidad suficiente de conocimiento teórico como para entender el mundo de las bibliotecas, apenas caen en se percatan de la enorme distinción que merecen (igual a los miembros de alguna comunidad suprema dentro de la profesión) los especialistas en Bibliografía.

Ellos rastrean, seleccionan y organizan la producción literaria de todo un período, autor, editorial u órgano de prensa, región determinada o temática exacta. Los años de ejercicio equivalen a muchos miles de páginas leídas, exploraciones en las vidas de autores, desplazamientos (reales o no) a través de mapas, diversas pruebas o maneras de organizar la enorme montaña del conocimiento producido.

Al final, de tanto explorar el contenido de que se trate, el bibliógrafo “entiende” como nadie la arquitectura interna del pensamiento que produjo la masa de documentos con los que hace su trabajo.

Es por esto que los grandes bibliógrafos -como han sido entre nosotros Antonio Bachiller y Morales, Carlos M. Trelles, Fermín Peraza, Araceli García Carranza y el propio Tomás Fernández Robaina– son organizadores de conocimiento con elevado manejo de información y un fino juicio crítico, intelectuales de sus tiempos.

En este, su campo como profesional de alto nivel, Fernández Robaina es hacedor de obras tan relevantes como la Bibliografía de José María Heredia (1970),Bibliografía de bibliografías cubanas (1974), Bibliografía de la mujer cubana(1985), Bibliografía de temas afrocubanos (1986) y esa gran contribución que fue haber creado el Índice general de publicaciones periódicas, repertorio de importancia enorme para el estudio de la cultura cubana en el período revolucionario.

En años recientes, tal esfuerzo se ha visto complementado por textos en los cuales él analiza u homenajea la obra de colegas, como se ve en sus Apuntes para la historia de la Biblioteca Nacional José Martí (2001) y en Crítica bibliográfica y sociedad (2011).

Foto: Claustrofobias Promociones Literarias.

Fernández Robaina es autor de títulos imprescindibles de la investigación histórica entre nosotros como lo son: El negro en Cuba (1902-1958; 1990), Cuba: personalidades en el debate racial (2008) eIdentidad afrocubana: cultura y nacionalidad (2009). En estos, Tomás ahonda –desde ángulos distintos– en  el estudio de la identidad cultural y la historia social del negro cubano, esfuerzo con el recoge y desarrolla la obra de dos de sus mayores maestros: Walterio Carbpnel y Pedro Deschamps Chapeux.

Además de lo anterior, el trabajo como docente universitario y como especialista de la Biblioteca Nacional le ha permitido a Tomás compartir sus ideas a lo largo del país; así, ha desarrollado una larga y sostenida labor en el trabajo de formación de nuevos bibliógrafos, pero también de nuevos investigadores de la historia social del negro cubano.

En este punto, su trabajo como bibliógrafo incluye las numerosas tesis y trabajos de investigación en los que figura como tutor o asesor; de estos me permito señalar dos, que me parecen de importancia mayor: una Bibliografía de la crítica sobre poesía cubana (1959-1979) y una Bibliografía de literatura cubana (siglos XIX y XX) que, de modo tan desprendido, me facilitó.

A esto hay que sumar su defensa de la cultura nacional en los escenarios académicos internacionales a los que ha sido invitado, su generosidad para establecer puentes entre investigadores de diversos países y para promover la obra de sus colegas cubanos y algo que muy pocos conocen, porque apenas lo menciona, su sentido de pertenencia a la institución en la que lleva ya más de medio siglo. Sea esto dando impulso y trayendo consigo, de algún viaje, donativos para la biblioteca o propiciando contactos, intercambios y, en general, proyectos de gran valor.

Mencionar esto me ayuda a destacar la tremenda humildad de Tomás y su generosidad para con quienes se le acercan, sean estos encumbrados investigadores o simples estudiantes; por tal razón, son innumerables los trabajos de tesis o libros que llevan su nombre entre los agradecimientos o para los cuales, a veces con un sencillo comentario, ha servido de inspiración.

Tal dato, además de señalarlo como una buena persona, lo identifica como un defensor inapagable de los valores identitarios de la cultura nacional desde los que son sus dos más grandes campos de trabajo: la investigación y realización de bibliografías, junto con la historia social de los negros cubanos.

A este intelectual orgánico de las causas populares lo mismo lo hemos visto dirigir una asamblea de sindicato (fue durante años su Secretario General en la Biblioteca Nacional) que allí mismo animar una buena rumba, ya no recuerdo en cual actividad festiva; bailar como ningún otro en una fiesta cederista frente a la panadería del barrio (en un domingo a la tarde) que subir al escenario de un teatro y bailar con una compañía caribeña, cosa esta última que hizo en uno de los más recientes eventos del Carifesta, en Santiago de Cuba. Es abarcador y profundo en las investigaciones del archivo, pero también en las maneras de expresar al mundo su alegría y su profunda savia popular.

Lo que Tomás no sabe es que esa impulsividad y alegría, a lo largo de los años, ha sido para mí una clave de lectura, un ejemplo vivo de goce y deseos de vida proveniente de lo más auténticamente popular que emana del corazón del país.

Lo que Tomás no sabe es que esa vida extraordinaria que ha vivido –desde su procedencia de familia humilde hasta el escritor, investigador reconocido y activista en las luchas antirracistas y contra la homofobia que es hoy– las vi siempre como un ejemplo vivo, casi único, de la complejidad y grandeza de la Revolución cubana y de los sectores que apoyan el sueño de construir en el país una sociedad inclusiva.

Es un luchador y se ha sobrepuesto a dificultades numerosas, de tipo personal o de esas otras que mejor se ponen a un lado porque provienen de almas pequeñas. Tomás, siempre con esa voluntad de superación y perseverancia –que él identifica, doblemente, con su animal favorito (el elefante)– y su modo de asumir y proyectar un espíritu guerrero, nos regala una lección. Así, con cada nuevo ejemplo de su capacidad resistente y espíritu de lucha, entendí que asistía al diálogo entre el origen y la posibilidad, entre la memoria del mundo pasado y lo diferente y nuevo que solo es posible hacer en las batallas de cada día.

Felicidades de tus colegas y amigos, de mi familia (esposa e hijos). Ella, que fue tu compañera de trabajo, me ha pedido transmitirte que lamenta, de manera muy especial, no haber podido estar hoy aquí. Felicidades de mí mismo para ti que nos enseñas, con honestidad, fidelidad, generosidad, trabajo incansable y alegría el significado de varias de las palabras más bellas que existen para definir lo que somos los cubanos: pasión, entrega, vocación de servicio, entusiasmo, capacidad de soñar y cimarronaje.

(Tomado de Portal de la Biblioteca Nacional de Cuba)

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