Lezama, Paradiso y la Isla de Pinos

Leer la obra Paradiso, de José Lezama Lima, es como escalar una altísima montaña con un peso en la espalda; resulta fatigoso y se corre el riesgo de abandonar la marcha de ascenso, pero si llegamos hasta el final de su “desfile verbal” se arriba al reino de la totalidad y la sabiduría.

No es asunto ahora decir que es un libro que muchos desenfundan abriendo las páginas del capítulo VIII –donde se aborda la plenitud de una visión sobre la homosexualidad– o que el libro fue sometido a zonas de silencios y ostracismos por considerarse hermético y ajeno a la moral del hombre nuevo.

No es de asombrarse que en Paradiso pase un líder apolíneo que se identifica con Mella y recuerda la experiencia de Lezama en una manifestación estudiantil, ni que José Martí se asome más de una vez como referencia de una espiritualidad nutritiva, o que los olores y los platos salgan de la cocina con su fiesta de sabores y dulzuras.

En realidad lo que me pregunto es, ¿cómo en Paradiso, una obra literaria tan descomunal, aparezca la Isla de Pinos en referencias de honduras simbólicas, que tienden imágenes poéticas fundidas con la naturaleza y la historia?

Hay en la obra una alusión al poeta norteamericano Hart Crane, quien permaneció en la Isla, vivió la experiencia el ciclón de 26 y escribió poemas. Pero, ¿qué significa para Lezama la presencia del poeta en Isla de Pinos? Le parecía bien que situara aquí el nuevo Purgatorio…   “que el exilio es una forma de inocencia, una ausencia de lucidez para la bondad o la maldad, una suspensión en el tiempo”…La Isla otra vez como territorio de la utopía, el sitio donde depositar el alma en el huevo de los orígenes.

En otro capítulo, el dentista Demetrio, quien vive un tiempo en Isla de Pinos, “no sabe cómo situarse entre las mujeres de la burguesía que se sentaban en sus portales después de las cinco de la tarde, y las otras mujeres pintadas con exceso, también después de las cinco de la tarde en las casas de los alrededores de la ciudad, con las persianas pintadas de un verde cotorra…”. Dos modos de vida, dos éticas, dos disyuntivas, dos clases de mujeres que explican por qué El Bar de los 500 tuvo en su tiempo que mudarse a las afueras de Gerona.

Sin embargo, el punto extraño y conmovedor de la presencia de Isla de Pinos en la obra Paradiso, de José Lezama Lima, es cuando Demetrio recuerda en una conversación familiar sobre la carta que recibe de Alberto, el tío de José Cemí, cuando estaba en la Isla.  Dirigiéndose a Cemí, Demetrio le dice: “acércate más para que puedas oír bien la carta de tu tío Alberto… Por primera vez vas a oír el idioma hecho naturaleza con todo su artificio de alusiones y cariñosas pedanterías.”

Y saltan las palabras como peces, o peces convertidos en palabras que vuelan en el más allá de la red, borbotean las “palabras sin cascar”, llenas de imágenes atravesadas por la “verdad oblicua” y primigenia que rompe la línea de los determinismos. No es fácil sobrevivir a la plena comprensión de ese idioma de la naturaleza tan Lezamiano. Pero hay un punto donde nos deja un guiño magistral del poder de la poesía para romper las antítesis y alcanzar la “coincidentia oppositorum” de Nicolás de Cusa. Así describe Lezama el rasgo físico de la geografía pinera: “La costa norte es saliente, promontorial, fálica; el sur, costero, es entrante y culiambroso. Seco y húmedo, flauta y corno, glande sin yerba y vulva con yerba”

Ante los ojos del poeta, la Isla de Pinos se presenta portando los sexos opuestos en el mismo espacio geográfico. ¿Es el andrógino convertido en la esfera de la isla y su inocencia? No tengo respuesta a esa pregunta, pero cuando alzo la vista y miro a la isla pinera desde la altura, pienso en la necesidad de unirlas dos mitades de la casa: el norte y el sur, para que se alce entre las palabras y los peces, la tierra y los caminos fecundados por la otra vida.

(*) Colaborador

Cultura Isla de la Juventud

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