¿Leer en las aulas?

 
Foto: AFP.

Existe una antológica discrepancia si se habla de promover lectura desde las primeras edades, cuando excluyentemente se pretende responsabilizar en unos casos a la escuela y en otros a la familia o a determinadas instituciones.

La pugna se derrumbaría si solo se analizara que la lectura es parte de un sistema, que debe estar bien engranado y tributar a un todo y no a islas. Mucho se lograría si se viera como un concepto que fomente alianzas estrechas entre diversos sectores, entidades, procesos y, por ende, sus derivaciones proactivas en jornadas, espacios, eventos, campañas, medios de promoción, etc.

Este es el principio que mueve, por ejemplo, al Programa Nacional por la Lectura, que desde 1989 lidera la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y que, a través de una serie de asociaciones y estrategias, intenta fortalecer y aunar un grupo de acciones de diverso alcance en el tiempo o las esferas sociales, para ir ampliando el horizonte cultural, sobre todo de los lectores en formación.

Leer en la escuela… Nadie niega, sin embargo, la voluntad y jerarquía que puede tener la educación en el proceso formador de lectores, sobre todo si se recuerda que esta entidad es la encargada de instruir en la enseñanza de la lengua y la literatura, por fortuna, consideradas dos asignaturas diferentes para encausar procesos lectivos, cada uno con su propia esencia.

¿Enseñar y/o disfrutar literatura en la escuela?

Si alguien nos guió en el arte de mostrar a los alumnos lo mejor de la lectura, fue el italiano Gianni Rodari (Omegna, Piamonte, 1920-Roma, 1980). Su credo era enseñar divirtiendo. Él no podía aprobar que se enseñara a los niños de una manera coercitiva y mortificona sino justamente lo contrario. Este principio no siempre se conoce, se aplica o llega a entenderse, pues determinados docentes asumen la motivación a la lectura como algo más ritual o lleno de rigores y poco abierto a la iniciativa creadora.

Precursor en muchas lides, este pensador comunista y liberal creó una escuela de nuevo tipo en la cual las fábulas que ridiculizaban la pobreza espiritual de la sociedad de consumo ennoblecían el alma candorosa de la infancia que, escuchándole, se divertía mientras podía comprender el inefable mundo que nos puede abrir la lectura, incluso al combatir lo mal hecho. Sus volúmenes teóricos, estructurados a partir de su experiencia pedagógica, cumplen también —y a la perfección— la divisa de enseñar divirtiendo.

Rodari nos mostraba las flaquezas del mundo moderno, de los hombres, con sus peores hábitos, pero en vez de acritud empleaba el humor y una pose iconoclasta y rebelde, que divertía a los niños al tornarlos cómplices de su visión crítica, pero nunca agresiva. Los niños de su tiempo le amaron. ¡Deben haber sido tan felices, que da un poco de envidia y se sufre pensando que jamás uno consiguió asistir a alguna de sus clases!

Por eso las editoriales del presente procuran que los pequeños vuelvan, una y otra vez, a su obra renovadora, anticonvencional, liberada de prejuicios y provista de una ternura a prueba de mundo. Cuantos llegan a leerlo ya no son los mismos. Porque sus letras ejercen ese poder transformador de la buena literatura, que nunca deja indiferente, hace crecer, que seduce, enaltece y libera como pretendía Martí.

Foto: Unicef Cuba.

¿Los maestros y bibliotecarios escolares son auténticos promotores?

Nadie tiene la respuesta. Aunque los estudios estadísticos demuestran que en la educación existe una preocupación por el tema, no siempre los resultados de algunas mediciones son tan favorables como se deseara, sobre todo cuando se valora la actualización de contenidos o el dominio de acervos bibliográficos más actuales.

A quienes pretendan enseñar la lengua y la literatura y, por ende, fomentar hábitos lectores, les recomendaría que lean la célebre Gramática de la fantasía, de Rodari (publicada hace años por la Editorial Pueblo y Educación). En este volumen el eminente pedagogo demuestra con creces que la lectura en la educación no debe ser para nada sinónimo de obligación, castigo, represión adulta, sino justamente todo lo contrario.

Para nada hay que sufrir cuando se lee. Hay que divertirse, reír hasta el agotamiento y dejar puertas del conocimiento y la intuición abiertas para entrar en otro libro. Las obras literarias no deben darnos respuestas. Todo lo contrario. Son la mejor vía de llenarnos de nuevas y constantes inquietudes.

La lectura debe ser para los niños un juego, una aventura, un silencio del que se deben extraer los más bellos mensajes, una puerta que les conduzca hacia mundos desconocidos, infinitos. Un ancho horizonte y no un confín.

¿Acaso sabrán esto cuantos deben enseñar a leer? ¿Se logra en las bibliotecas escolares?

Un estudio realizado desde el Observatorio Cubano del Libro y la Lectura en 14 escuelas primarias de la capital (entre alumnos de Habana Vieja y Habana del Este, de cuarto a sexto grados) demuestra que en las escuelas cubanas se da alto valor a la lectura, que tanto estudiantes como bibliotecarios (o profesores que desempeñan esta función) valoran sobremanera que se lea, se interpreten contenidos, se sigan las novedades y se conozca a los autores.

La frecuencia lectora declarada es, por demás, bastante halagüeña cuando se advierte que algunos leen a diario, muchos semanalmente y que hay niños capaces de devorar bibliotecas enteras cada año. Con la colaboración de la Editorial Pueblo y Educación, el Ministerio de Educación (MINED) ha venido actualizando los programas de estudio con referentes literarios más contemporáneos. Esta es la vía de que los infantes de hoy puedan conocer a los autores de ahora, más sensibles a sus problemas existenciales, aspiraciones y lenguaje.

Sin embargo, como otra herencia del bloqueo y la falta de renovación de sus fondos, muchas de estas bibliotecas —como ocurre en las públicas— padecen de obsolescencia tecnológica; no siempre logran la actualización de sus colecciones y es creciente el deterioro que estas sufren.

Kristel María lee El cochero azul en formato digital, desde Nuevitas, Camagüey. Foto: Cortesía de la familia.

¿Los estudiantes se estimulan a leer?

Existe un canon en la literatura, que es el de aquellos libros que va consagrando la praxis de una tradición lectora que se instaura con los años, de publicaciones reiteradas de unos títulos más que otros, también por la insuficiente búsqueda de información o referentes más contemporáneos y, por ende, la falta de referencias actualizadas sobre tal o cual temática, corriente, autor u obra. Todavía se deplora que muchos autores no sean conocidos y en las respuestas a cualquier encuesta afloren siempre los mismos nombres, igual que ocurre en las indagaciones realizadas en librerías o durante las ferias.

Con la informatización creciente que experimenta nuestra sociedad, el mayor acceso a las redes sociales, el desarrollo tecnológico, podríamos estar, justo ahora, en el momento ideal para actualizar contenidos —previa curaduría de calidad y jerarquías—, sobre todo cuando se analiza la cantidad de sitios con libre descarga, la frecuente ola informativa en torno a libros, premios, autores, presentaciones, tendencias, corrientes, etc. que de cualquier modo podrían vincular lectores con lo más contemporáneo.

Para Rodari era importante que a los estudiantes se les hablara de todo, que nada humano les fuera ajeno —como diría nuestro José Martí—. Él seguía el concepto martiano de no mentir a la infancia, idea que también defendiera la destacada intelectual Mirta Aguirre, al expresar: “Por eso, respetando el criterio de quienes puedan pensar que es mejor otra cosa, votamos porque no se tema demasiado a que la literatura infantil juvenil muestre los costados feos de la vida; no hemos terminado con ellos nosotros, y falta mucho para que terminen en todas partes, siquiera sea en sus más graves manifestaciones”.

Pensando en algunos temas tabú, a veces satanizados por quienes promueven lectura, Rodari sostenía que: “Creo que no sólo en la familia, sino también en las escuelas se debería poder hablar de estas cosas con plena libertad y no sólo en términos científicos, porque no sólo de ciencia vive el hombre. Conozco igualmente los problemas de los docentes, ya sean de jardín de infantes, como primaria o media, que quieren ayudar a niños y muchachos a expresar totalmente sus contenidos, a liberarse de todos los miedos, a desterrar cualquier eventual sentido de culpa”.

Algo sobre la impartición de la literatura en la escuela que le preocupaba era: “La cuestión es que en la escuela se leen los textos para juzgarlos y clasificarlos, no para comprenderlos”. (…)“‘Creatividad’ es sinónimo de pensamiento divergente, o sea, capaz de romper continuamente los esquemas de la experiencia. Es ‘creativa’ una mente que trabaja siempre, siempre dispuesta a hacer preguntas, a descubrir problemas donde los demás encuentran respuestas satisfactorias, que se encuentra a sus anchas en las situaciones fluidas donde otros sólo husmean peligro; capaz de juicios autónomos e independientes (incluso del padre, del profesor y de la sociedad), que rechaza lo codificado, que maneja objetos y conceptos sin dejarse inhibir por los conformismos”.

“(…) Ningún tipo de jerarquía entre las distintas materias. Y, en el fondo, una sola materia: la realidad, enfocada desde todos los puntos de vista, empezando desde la realidad cercana, la comunidad escolar, el estar juntos, el modo de estar y de trabajar juntos. En una escuela de este tipo el niño ya no está como ‘consumidor’ de cultura y de valores, sino como creador y productor, de valores y de cultura”.

¿Cómo deben ser los promotores de lectura?

Lo primero que debe sentir un promotor de lectura es amor por los libros, por las historias, por el sano deporte mental de leer cuanto y cuando se pueda. Quien no lea sistemáticamente no estará en condiciones de promover y mucho menos de convencer a otros. Si la lectura no le resultase algo cotidiano, existirá entre él (o ella) y los libros un extrañamiento apenas tangible que, sin embargo, el alumno advierte al instante.

Los verdaderos apasionados por el acto de leer son grandes actores o actrices. Intuitivos. Vehementes. Apasionados. Carismáticos. Efusivos. Llevan cada personaje en la piel y en el alma. Nos hacen suspirar por ellos, padecer con ellos, sentir con ellos y reivindicarnos junto a ellos. A lo largo de toda mi experiencia en aulas, desde primaria hasta la Universidad, por suerte conocí magníficos promotores de lectura (o de Historia, Inglés, Filosofía, Geografía) y todos me hacían quererlos u odiarlos igual que a los personajes de que hablaban.

Montaigne decía que enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego. Creo que no se podría pedir más. En cuanto a mí, lo que he ganado es cierta llama que veo a veces brillar en los ojos de mis jóvenes lectores, la presencia de una fuente viva de luz y calor que me instala de ahora en adelante en un niño, encendida por la virtud de mi libro. Recompensa rara esta, y que no tiene precio, a todos los esfuerzos, a todas las soledades, a todos los malentendidos”.

Esta cita del escritor francés Michel Tournier ilustra muy bien sobre la enorme importancia de la lectura para despertar entre las personas, desde su infancia, esa rara inquietud por algo más allá de lo cotidiano, por ese camino mágico que hasta el libro más insignificante puede ofrecer si nos disponemos a transitar desde el umbral de sus primeras páginas.

La lectura abre un universo diferente, desarrolla una serie de habilidades cognitivas y propone un diálogo con la página en el cual un buen lector siempre sale digno, mejor persona, pleno de emociones y enriquecido. El fuego del que tanto hablan Montaigne, Víctor Hugo y el propio Michel Tournier es el de la imaginación, la fantasía y el encontrar en lo inusual algo más por lo que suspirar y padecer.

Cada libro nos conecta a un infinito lleno de imprevistos y devenires. Disfrutar y avanzar adentro de él es nuestro mayor reto como lectores. Hagamos del acto de colectivo de leer en el aula —para cada niño, adolescente o joven a nuestro alcance— una especie de fuego sagrado que los llene de calor, de luz y de amor. A propósito de esta idea, recordemos a nuestro gran maestro, a José Martí, otro vehemente lector, cuando decía: ¡Con el fuego sagrado nos refugiamos, orgullosos de nuestra soledad, en las cumbres de nuestras conciencias!”

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