Las dos culebras y la vida

Una vieja leyenda Mapuche me sirve de pretexto para comentarle sobre la urgencia de defender la vida; esta vez ante amenazas no tan mediáticas como los efectos de un virus mundial.

Aquí está la historia mitológica de las dos culebras: “Allá en el fondo del mar, en lo más profundo, vivía una gran culebra que se llamaba Kai Kai. Las aguas obedecían a las órdenes de esta. Y un día comenzaron a cubrir  la tierra. Había otra culebra tan poderosa como la anterior que vivía en los cerros. El Ten Ten aconsejó a los Mapuches que se subieran a los cerros cuando comenzaran a subir las aguas. El agua subía y subía. Los Mapuches se ponían cántaros sobre la cabeza para protegerse de la lluvia y el sol. Y decían cantando: Kai, Kai, Kai. Y respondían. Ten, Ten, Ten… Hicieron sacrificios y se calmó el agua. Los que se salvaron, bajaron del cerro y poblaron la tierra”.

En los mitos de origen Mapuche hay una lucha despiadada entre la tierra y el agua. Los cerros altos comunican a la tierra con el cielo y las nieves altas a las aguas de arriba con el mar. Sobre el tambor Cultrún se golpean los cuatro puntos cardinales. Alzan banderas azules y pintan de azul añil −el color de las aguas tranquilas− la cara. Así intentan restablecer los equilibrios rotos de La ÑukeMapu: La Tierra en su sentido más profundo.

Parece que el hombre moderno se olvida de los mensajes ocultos que guardan los mitos, y ahora vive a una velocidad que no acepta lo que perdura sino lo que se evapora; por eso pienso que estos tiempos de cuarentena y pandemia no solo son de distanciamiento social, sino momentos de reflexión y estímulo a un pensamiento crítico que nos acerque, sin indiferencias ni egoísmos, a los problemas que ponen en peligro la vida del hombre sobre la tierra.

El asunto de hoy no es solo el calentamiento por efecto invernadero que altera la temperatura y rompe los hielos que pueden sepultar enormes extensiones de tierra, sino el cambio climático global provocado por la especie humana.

Cuando se tala un bosque, por ejemplo, se desmocha la vida del árbol y del hombre. Los que sacan grandes ganancias con ese negocio no miran en el más allá de la sierra que cercena; todo se limita a un asunto de bolsillos y no de pulmones.

Donde había un bosque nace un desierto: grandes masas de poblaciones se ven obligadas a emigrar del campo a la ciudad, o de un país a otro. Se exterminan especies por la explotación desmedida que rompe equilibrios de cadenas naturales.

Una joven sueca, Greta Thunberg, sale todos los viernes a protestar por la destrucción del medio ambiente; ella quiere la herencia de un mundo limpio de tanta contaminación. Eso quería también la hondureña asesinada, Berta Cáceres. Esa es la cultura de antiquísimos grupos humanos que buscan la armonía de las fuerzas de la naturaleza.

Más allá del mito que busca la reconciliación de las fuerzas naturales y el hombre, que sabe con humildad, que no domina la naturaleza sino que es parte de sus inevitables ciclos y estaciones; surge una pregunta que tiene que ver con el destino de la colectividad humana:

¿Cómo va a restablecer el hombre de hoy los equilibrios rotos por su afán depredador? La culebra alimentada por los humanos se llama: cambio climático global. Esa es la amenaza junto al acto suicida de ignorarla. Puede suceder que el hombre de la pospandemia, ya sin nasobuco, todavía se pregunte: ¿Y yo qué puedo hacer por eso? ¿Cuál es el cambio posible a favor de la vida? ¿Hemos perdido el sentido común?

No recuerdo quien dijo: “Si sabes que el mundo se va a acabar mañana, hoy siembra un cerezo”. Cruzar los brazos no será nunca la respuesta. Hay que salir a protestar los viernes, y todos los días de la semana, hasta comprender que una estrella, un árbol, un animal, un insecto, son resúmenes del universo: vida conectada como una cósmica tela de araña que se sacude ante los golpes del hacha o la codicia; es preciso sembrar, otra vez, el bosque roto, frenar la hipocresía salvaje de los que anuncian que al mundo no le duelen las costillas. Hay que saltar desde el alma ancestral de los pueblos para que el agua no inunde la punta de los cerros.

Ecoisla Ecoisla 2020

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