La Uneac es una casa

Es el aniversario 60 de su fundación, su nacimiento representa el tiempo de la herejía y de la revolución de la crítica, nacidas en medio de conflictos adentro y afuera; intento de alianza estratégica entre la política y el arte.

No estuvieron ajenos los dogmas que lesionaron tejidos sensibles de la cultura. El arte es contestatario, irreverente; no acepta las disciplinas de doctrinas ni de métodos literarios, de ahí que ante otras lecturas, más cerradas a la totalidad, resulte sospechoso.

El recorrido de este tiempo, exige clarificar los errores para comprender el peligroso hábito de las exclusiones, o discursos lineales que no incorporen la riqueza de la vida con el doctorado de la gente anónima. Los errores pueden perdurar o reaparecer con otros rostros.

Hoy son muchas las amenazas, los desafíos y las oportunidades, en un mundo tan diferente que deja latentes los viejos dilemas de la justicia y libertad humana.

¿Retos? Un montón: El discurso político debe adelantarse a una realidad que exige de interpretación para su transformación. Ese asunto no lo resuelven las vanguardias sino el genio colectivo, desde el que cose un zapato, el que abre y cierra una herida o el que lleva por corazón una mariposa y medita sobre lo invisible del mundo.

El arte y la política no son territorios divergentes, convergen sin perder su fisionomía: Martí lo tenía clarísimo: “La política es el arte de hacer felices a los hombres”. Ello exige creatividad, vaticinio, apretujar en el mismo abrazo la estética y la ética.

Armar o realizar la unidad, nos conduce a estimular y comprender la  diferencia, respetar al otro desde la diversidad que incorpora saberes: echar a un lado prejuicios y miradas por encima de los hombros.

A la libertad de expresión hay que incorporar la expresión de la libertad, desde la ISEGORIA de la antigua Grecia: no solo se trata de decir lo que se piensa sino de decirlo bien, sin mentir, humillar o irrespetar. Toda opinión debía llevar la carga de la cultura y el amor; los que no cumplían con ese precepto eran condenados al ostracismo, de manera que la libertad, más allá de sus distorsiones, siempre caminó con los límites que impone el bien común.

Necesitamos el pensamiento esférico que registre la totalidad de los acontecimientos, sin esquematismos ni falsos dualismos. Vivimos en un mundo cada vez más vigilado y estandarizado; hay alianzas entre sentirse feliz y ser esclavos, ya las sirenas no necesitan cantar para que los compañeros de Ulises se arrojen al mar. Es precisa la cultura de un pensamiento crítico que enfrente desde otras alternativas, la colonización mental advertida por Martí en el ensayo Nuestra América.

Aunque para algunos sea difícil advertirlo, la hegemonía de Estados Unidos cede terreno. También ante el coloso vecino hay que alzar nuevos discursos, ahondar en sus mejores valores y representantes como lo hizo Martí en el XIX. Observar atentos aquella imagen que no disminuía su visión antimperialista: “De virtudes y defectos son capaces por igual sajones y latinos”.

Dentro de casa andamos con nuestros defectos. Afuera es el bloqueo, adentro, el empacho. Hay que sobarse con todas las manos y gajos del monte cubano y a la cubana.

La Uneac no es el ombligo del mundo, ni la conciencia crítica de la sociedad, es una pequeña casa, un país, un universo, fibras y venas de un mundo global que arde, y no puede permitir que otra vez, Nerón toque la lira antes las llamas de Roma.

Un poema, una canción, un cuadro del alma humana, es mucho más que una vanguardia: Es camino de redención para advertirnos que la belleza no es la cabeza perdida de La Victoria de Samotracia. El arte, que no es panfleto, no puede olvidar echar suerte “con los pobres de la tierra” y con los ricos de espíritu.

Isla de la Juventud Opinión

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