La tercera marea roja

A juzgar por lo que alegan los defensores del presidente Trump en la actual contienda electoral, Estados Unidos está a punto de ser devorado por una tercera marea roja.

El propio mandatario se encuentra al frente de su tropa agitando el estandarte propagandístico de que el Partido Demócrata ha sido infiltrado por una fuerza socialista, «una furiosa mafia de izquierda» –dijo en una reunión con partidarios, en diciembre de 2019– que pretende traicionar al país.

Una vez más el membrete relacionado con el temor rojo, o marea roja, sale a relucir en tierra estadounidense, en esta ocasión para aupar los intereses de una campaña republicana que se aprovecha de una metódica construcción ideológica utilizada, entre otros, por el fascismo y el nazismo para controlar el poder político, y hacer del comunismo y las posiciones de izquierda una variante de la temerosa «bestia negra» omnipresente en la historia de la humanidad.

La primera marea, o temor rojo, se vincula a la Revolución Socialista de Octubre, a la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial como freno a cambios que pudieran ocurrir en la arena internacional, y al influjo de ideas socialistas y anarquistas que se extendieron en el movimiento obrero estadounidense, originando sonadas protestas laborales. Tiempos de Sacco y Vanzetti y del capitalismo salvaje puesto en tela de juicio como sistema. Aquello había que acabarlo con sangre y fuego, además de con mucha propaganda aleccionadora, y así se hizo por parte del Gobierno.

Más próximo en el tiempo, el segundo Temor rojo ha sido lo suficientemente ridiculizado por el cine y la literatura. Se extiende de 1947 a 1957 y está dominado por la figura del senador Joseph McCarthy, que terminaría sus días de político mediocre ahogado por el alcohol. Pero antes, junto a fieles colaboradores, trabajó en la elaboración de listas negras con nombres de simpatizantes de la izquierda; artistas y personalidades de la cultura y la ciencia que agradecían el papel jugado por la Unión Soviética en la derrota del nazismo, y cuestionaban no pocos aspectos del sistema social regidor en el país, gente en lo absoluto anticomunista, como exigía fervorosamente el Comité de Actividades Antiestadounidenses, creado en 1938.

Aunque fueron muchas las víctimas de aquel aquelarre, incluidos suicidios, la etiqueta «los diez de Hollywood» simboliza  un momento de terror americano espoleado  por  un patrioterismo demencial; el mismo que, amparándose en años de sedimentada  propaganda, no encuentra  mejor descalificativo  para sus contrincantes demócratas que tildarlos de comunistas, una suerte de infundada tercera marea roja, surgida con la complicidad política de una Caperucita ingenua que corre y grita,  seguida  de cerca por un lobo dentudo, que –no podía ser de otro modo– también va de rojo, aunque esté lejos de serlo.

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