La pichoncita pinera del Comandante

Foto: Marianela Bretau Cabrera

En la casa de Amada Ávila Arias hay un retrato colgado en la pared de la sala que causa curiosidad a quienes la visitan. Un hombre robusto, vestido de verde olivo la rodea con sus brazos después de haberle entregado la Distinción 28 de Septiembre en el Palacio de Convenciones, en La Habana, en ocasión del V Congreso de los Comités de Defensa de la Revolución en 1998.

Para esta ocasión, Amada, de 67 años, retiró la fotografía del cuadro para mostrármela y rememorar aquel emotivo encuentro donde besó, abrazó e intercambió palabras con el Líder de la Revolución Cubana, Fidel.

Foto: Marianela Bretau Cabrera

“Jamás pensé que me sucedería algo así. Éramos alrededor de siete los compañeros que integramos la delegación de la Isla de la Juventud para ese evento magnífico, de resultados fructíferos, con la presencia de Fidel en el Pleno, las intervenciones de los delegados… y nuestro Municipio había obtenido uno de los primeros lugares.

“Los CDR tenían un papel significativo, entusiasta, activo, todos participaban en los trabajos voluntarios, en la limpieza de las calles y demás actividades, vinculados fuertemente con la Federación de Mujeres Cubanas”, refiere orgullosa mientras recuerda sus tiempos de dirigente en las mencionadas organizaciones, además de la UJC y el Partido.

Ella, obrera pecuaria de La Reforma, poblado donde vive desde que se mudó al territorio pinero en 1970, no imaginó que entre tantas personas asistentes al Congreso formara parte de los seleccionados para la condecoración.

“La noche anterior me dijeron: ‘tienes que prepararte y tener los nervios de acero porque mañana te van a entregar la distinción’ –recuerda Amada- y cuando estábamos ya en la formación para la entrega del reconocimiento, un señor nos dice que debíamos estar tranquilos y serenos…y nos quedamos pensativos.

“Entonces vi aquella figura alta con ese traje uniformado desde mi posición en la primera fila, me quedé fría. Pensé que él iba a presenciar la condecoración, pero no, cuando llegó el momento de mi otorgamiento, me preguntó: – ‘¿Usted de dónde es?’

–‘De la Isla’, respondí.

–‘Ah, una pichoncita pinera’, expresó. “Yo no sabía qué decir.

Me dio un beso y sentí aquella barba fina y suave como los pelos de un niño, así como sus manos largas y sensibles. Mientras me decía por dentro, ‘tengo que permanecer seria, firme, de lo contrario me voy a caer’, y uno de los guardaespaldas me repitió: ‘relájese’, porque estaba muy tensa”, rememora con una sonrisa.

“Después Gustavo Soto, coordinador municipal de los CDR en esa época, me dijo: Amada, tú que eres más atrevida, pídele que se tire una foto con nuestra delegación; así lo hice y más tarde el Comandante se acercó al grupo y nos retratamos… Fue increíble, un sueño.

“Ese encuentro con Fidel es lo más lindo que me ha pasado en la vida, además de tener a mis hijos, nietos y bisnietos y un matrimonio de 50 años. Yo, una obrera pecuaria que trabajaba con las vacas, conoció y se retrató con ese gran Líder; significa lo más grande y para quien se sienta cubano y revolucionario creo que también es lo más lindo que pueda ocurrirle”.

Por ello exhibe con orgullo y cariño la fotografía en la sala de su casa, porque el hombre del retrato colgado en la pared “es un padre para mí, un ideal a seguir”.

Fidel Castro
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