LA ONU celebra su aniversario setenta y cinco entre retos abrumadores

La ONU llega a su 75 aniversario entre retos y urgencias insoslayables. (Tomada de hispantv.com).

Nació sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial en un contexto donde, unos sinceramente y otros blandiendo la demagogia, proclamaron el derecho a una paz cuasi eterna y la no repetición de los horrores recién conjurados.

Por derecho propio, la hasta entonces vilipendiada Unión Soviética obtuvo, como vencedora sobre el fascismo germano, un puesto permanente en el exclusivo Consejo de Seguridad al que se suscribieron con la prerrogativa de veto las grandes potencias capitalistas de la fecha, lideradas por un nuevo poder, el del imperio norteamericano, poseedor en exclusivo del arma nuclear y de una geografía intocada por los combates.

Era imposible entonces negar esa exención a Moscú, como sí sucedió por años con el desconocimiento de China, incluso como integrante del máximo organismo internacional, y de su privilegiado grupo de cabecera, hasta que el gigante asiático impuso su condición de peso pesado en la arena global.

Lo cierto es que no pocas barbaridades y grotescas maniobras han quedado por el camino, porque dentro del Consejo existen defensores fervientes de la multilateralidad y el respeto a las leyes internacionales, pero con todo, si hablamos de real democracia (la participativa), nada sustituiría a la Asamblea General como verdadero mecanismo de decisiones obligatorias, y no solo de tribuna de declamación y de resoluciones que quedan al libre albedrío de los aludidos. Es de las cosas a reparar…y llegará el día de hacerlo sin dudas, pero por lo pronto, la ONU es el mecanismo plural más trascendente en nuestro tiempo, y por tanto, asidero al que no debemos dejar al azar sin renunciar a su posible reforma integral para mejor.

Se ha dicho que nada se logra sin lucha, y por estos días, a un aplastante cúmulo de recurrentes desdichas, problemas y tensiones que ya amenazaban la propia existencia del género humano, se une la pandemia de la COVID-19, que pone en primer plano la urgencia de avanzar en la cooperación, la solidaridad, el entendimiento, la decencia y el mutuo apoyo, como reglas para acceder a un mundo mejor.

Apenas en unos pocos días de pronunciamientos por vía virtual, dadas las condiciones sanitarias en el orbe, y salvo la diatriba del aberrado presidente norteamericano, jefes de Estado y Gobierno, monarcas, y otros representantes oficiales, han hablado ante la ONU de la multilateralidad como un eje indispensable en el futuro inmediato de nuestra civilización.

Y es que la ONU no puede acceder a retrotraerse al papel de “ministerio de colonias” —tipo Organización de Estados Americanos, OEA, diseñada para operar bajo la égida de una potencia de apetencias hegemónicas—, y por tanto, le urge establecer finalmente un sistema de trabajo donde los criterios de todos sus miembros sean escuchados, tomados en cuenta, consensuados, y cumplidas las decisiones colectivas sin reticencias ni subterfugios.

No será tarea fácil lograrlo ni tampoco instrumentarlo, pero intentar el cambio es ya indispensable y hasta más posible que nunca antes, si se toma en cuenta que la polarización de nuestros días ya no puede ser resuelta o acallada mediante intimidación o enfrentamientos militares o económicos instigados por el hegemonismo. La prepotencia puede aún cosechar parciales avances, pero sin dudas en los últimos tiempos ha dejado de surtir el efecto de una orden indiscutida y de un corrientazo de temor en el espinazo para muchísima gente en el planeta.

Es más, todo ese accionar ha devenido en acrecentar materialmente el aislamiento que en el área del discernir ya cosechaban sus promotores entre los “amenazados”, justo como le ha venido sucediendo a los propios Estados Unidos en manos de Donald Trump. Torvas renuncias y desentendimientos que solo han significado la retirada de Washington, en solitario, de tratados y organismos cuyas funciones y letras siguen vigentes para los demás. Aquellos que lejos de halarse los pelos y temblar de desasosiego por la ausencia de un pretendido “indispensable”, le han dicho apenas adiós y seguido en sus habituales quehaceres.

Saludos entonces a la ONU en su nuevo aniversario. Apoyo a su existencia como el hasta hoy órgano internacional más representativo, y votos y empeño porque más temprano que tarde logre convertirse en el real instrumento de la concertada voluntad de todos y cada uno de nuestros pueblos.

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