La Edad de Oro cumplió 130 años de avivar la imaginación infantil en Cuba

Se puede publicar un periódico de niños sin caer de la majestad a la que ha de procurar alzase todo hombre, sentencia José Martí en carta del 3 de agosto de 1889 a su amigo Manuel Mercado comentándole sus razones para asumir la gran empresa de escribir La Edad de Oro
Foto: Yadiel de la Campa

Se puede publicar un periódico de niños sin caer de la majestad a la que ha de procurar alzase todo hombre, sentencia José Martí en carta del 3 de agosto de 1889 a su amigo Manuel Mercado comentándole sus razones para asumir la gran empresa de escribir La Edad de Oro y aclara que el titulo es del editor.

«Una empresa en la que he consentido entrar, porque mientras me llega la hora de morir en otra mayor, como deseo ardientemente, -le explica Martí a su amigo Mercado-. en esta puedo al menos, a la vez que ayudar  al sustento con decoro, poner de manera que sea durable y útil todo lo que a pura sangre me ha ido madurando en el alma».

Martí tiene 37 años por esos días de empeño de trasmitirle a los niños y niñas,- aspecto que deja establecido desde la primera página de la revista-, su aprendizaje arduo de la vida con el propósito de «que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales, criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, ni vivir infecundamente en ella, como ciudadanos retóricos o extranjeros desdeñosos nacidos por castigo en esta otra parte del mundo. El abono se puede traer de otras partes pero el cultivo se ha de hacer conforme al suelo. A nuestros niños los hemos de criar para niños de su tiempo y hombres de América», le argumenta en la misiva a su amigo mexicano Mercado.

Cuando emprendió esa tarea no faltaron los alarmados porque fuera a dedicar su talento a obra menuda, «los que esperaban, con la excusable malignidad del hombre, verme por esta tentativa infantil, por debajo de lo que se creían obligados a ver en mí, han venido a decirme, con su sorpresa más que con sus palabras, que se puede hacer un periódico de niños sin caer de la majestad a que ha de procurar alzarse todo hombre», expresa Martí para sintetizar su convicción de que escribir para la infancia es una responsabilidad tan grande y digna como para cualquier otro destinatario.

En esa carta del 3 de agosto de 1889 y en el texto A los niños que lean «La Edad de Oro», están en buena medida las esencias de sus convicciones de cómo se ha de escribir para los niños de quienes piensa, «saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían» y de hecho los convoca a escribir, pero aclara «sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos que los niños de América sean. Hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros».

Cuando se leen los artículos de la revista La Edad de OroLos tres héroes, La historia del hombre contada por sus casas, Las ruinas indias, Músicos, poetas y pintores, La historia de la cuchara y el tenedor, El padre Las Casas, Un paseo por la tierra de los anamitas-, se pone de manifiesto que ningún tema le parecía ajeno a los niños y a la vez su profundo respeto – y el deseo de inculcarlo a los chicos-, a la diversidad de la naturaleza y de la cultura creada por los diferentes pueblos, sean asiáticos, africanos, europeos o de las Américas para definir: «Estudiando se aprende eso, que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, sin más diferencias que la de la tierra en que vive».

En todas esas narraciones que Martí denomina artículos, aunque tienen la estructura de cuentos, está también el interés de mostrar la dialéctica de lo viejo y lo nuevo, dar  los elementos para hacer comprender de donde han surgido las ideas y las realizaciones de los terrícolas, los procesos de la realidad que parecen cosa de magia, los nexos entre el pasado y el presente.

Escribe con profundidad pero de manera que pueda ser comprensible para los niños lectores, sin menoscabo de su estilo particular, maestro en el dominio del idioma y de gran calidad literaria, convencido de que los chicos entenderán y serán seducidos por las maravillas que descubrirán en su acercamiento a sucesos cotidianos o a obras como La Iliada, a la cual usa para explicar asunto tan complejo como el de las creencias religiosas.

«Como que son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, -explica-,y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensa lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida».

Justo esas ideas de Martí chocan con las concepciones del dueño de la revista La Edad de Oro, lo cual le comunica en carta del 26 de noviembre de 1889 a su entrañable amigo Mercado.

La Edad de Oro ha salido de sus manos «a pesar del amor con que la comencé, porque, por creencia o por miedo del comercio, quería el editor el “temor a Dios”, y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias».

«¿Qué se ha de fundar así en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras?»- se pregunta Martí, y continúa: «Ni ofender de propósito el credo dominante, porque fuera abuso de confianza y falta de educación, ni propagar de propósito un credo exclusivo».

Y veladamente se lamenta: «La precaución del programa, y el singular éxito de critica del periódico, no me han valido para evitar este choque con las ideas, ocultas hasta ahora, el interés  alarmado del dueño de La Edad».

Sólo cuatro veces apareció la revista durante los meses de julio, agosto, septiembre y octubre de 1889, lo suficiente para darle un vuelco total al modo de dirigirse a los niños tanto para el recreo como para la instrucción, porque no faltan los cuentos, los poemas, las fábulas en las 32 páginas de cada mes de La Edad de Oro, porque el hombre que la escribía era conocedor de la naturaleza humana y comprendía la necesidad lúdica al punto de expresar. en el artículo Un juego nuevo y otros viejos:

«Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo, algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos», y aprovecha para situar el parentesco ineludible de los terrícolas: «Es muy curioso; los niños de ahora juegan a lo mismo que los niños de antes; la gente de los pueblos que no se han visto nunca juegan a las mismas cosas».

A pesar de la presunta corta vida de La Edad de Oro, los niños de la época establecieron comunicación epistolar con el redactor. En el último número precisamente aparece un comentario de Martì al respecto:

«Los niños han leído mucho el número pasado de La Edad de Oro, y son graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad todo lo que dice el artículo de La exposición de París. Por supuesto que es verdad. A los niños no se le ha de decir más que la verdad».

Y esa verdad, como demuestran no sólo La Edad de Oro, sino el Ismaelillo y las cartas a la niña María Mantilla, no escatima las realidades duras de la existencia, la lucha por el sustento, los esfuerzos para el aprendizaje, las injusticias, la existencia de los malvados, los egoístas. Nada de los horrores del mundo y de la propia naturaleza humana le oculta Martí a los niños pero también les devela las maravillas que pueden encontrar según su concepto pedagógico de que a los niños hay que hacerles hombros que soporten el peso de la vida, lo que implica una didáctica que propicie el entendimiento de las complejidades de la existencia, y a la vez  propicie las fuerzas internas, espirituales, para imponerse a ellas y ser una persona digna.

En La historia de la cuchara y el tenedor hay una síntesis de esas concepciones: «Y la vida no es difícil de entender tampoco. Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, siente unos deseos de hacer más: y eso es la vida. Porque los que están con los brazos cruzados, sin pensar, sin trabajar, viviendo de los que otros trabajan, esos comen y beben como los demás hombres, pero en la verdad de la verdad, esos no están vivos».

Ha pasado más de un siglo de los días en que se escribió La Edad de Oro, sin embargo, sólo quien no la haya leído a profundidad podrá decir que es asunto de otro tiempo. Lo lamentable es que escritores, incluso maestros, se refieren sólo a una parte de ella, la de cuentos y poemas y no hay referencias a esas narraciones que cubren pasado y actualidad que son una muestra magistral de cómo escribir de cualquier tema para acercarlo a los no entendidos, niños y jóvenes o adultos.

Martí ciertamente escribió para todos los tiempos, y en su modo de dirigirse a los más jóvenes dejó abierto un camino que vale la pena recorrer en una época en que todavía los terrícolas no ha encontrado las divinas fuerzas que los integran y que puestas en acción pueden llevarlos a trascender las circunstancias por difíciles que sean y vivir con mayor plenitud el breve tiempo de paso por el planeta. La magia posible para conseguirlo fue uno de los aportes esenciales de eso hombre que sólo aspiraba a que lo quisieran como un amigo.

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