La covid y el foso

Esta covid-19 ha empujado a la humanidad entera a un foso. Pocas veces hubo tantos millones de personas en el mismo hueco, amenazados y golpeados por los cuatro costados. No solo se trata de la enfermedad sino de la parálisis de la economía, desempleo masivo, desconexión de relaciones sociales, incertidumbre, traumas físicos o sicológicos, la muerte de miles de personas, mucho más visible que la muerte silenciosa de otras injusticias.

Pero de esta caída al vacío lo que más duele es la muerte de tantas personas… Duele el dolor. No podemos ser indiferentes. Las imágenes son atroces. Nunca vimos tantos ataúdes juntos. El virus rompió el espinazo de tantas familias. No son las estadísticas; son los adioses, la última llamada, la doctora que desde el umbral de la muerte da instrucciones a su paciente menos grave que ella; es el muchacho que ya se va, diciendo a la novia, como si fuera la primera vez, que la ama mucho. Son los abuelos que no regresaron a casa.

Cuántas veces al unísono se escuchó en el mundo el último suspiro. Hay un dolor por todos los que han muerto en mi país, en Brasil, Estados Unidos, España, Italia, Indonesia… para qué hacer la lista si es más fácil citar las tierras donde esta pandemia no entró por sus portales. La muerte del otro siempre duele, en una guerra o un tsunami, pero esta vez no sé qué extraño se vuelve todo. Es como si la muerte revelara la fragilidad de los contrarios, el fin inevitable del ciclo de la vida. Al mismo tiempo, el hombre se rebela contra la desdicha y canta, y tiende al otro su mano en el peligro. No tengo un poema, ni una canción, ni una larga caminata por las palabras. Solo un silencio que sirva de homenaje a los muertos y los vivos.

A propósito de este desastre humanitario, nos viene a la mente, el breve texto del revolucionario italiano Antonio Gramsci, dirigido a Lulka, una amiga, el 27 de junio de 1932, donde le recuerda una novelita de un escritor francés poco conocido, Lucien Jean. La novela se titulaba: Un hombre en el foso. El relato recordado por Gramsci es este: “Una noche un hombre se había estado divirtiendo de lo lindo: quizá había bebido demasiado…Al salir del local, tras haber caminado algo en zig-zag por la calle, fue a parar al fondo de un foso. Estaba muy oscuro, el cuerpo se trabó entre las rocas y la maleza, estaba un poco asustado y no se movió, por temor a caer más hondo aún. Los arbustos lo sepultaron, las babosas se le arrastraron por encima, cubriéndolo de hilos plateados…Pasaron las horas; se acercaba la mañana y con los primeros destellos del alba, comenzó a pasar la gente. El hombre empezó a gritar pidiendo auxilio. Se le acercó un señor con gafas; era un científico que regresaba a casa. “¿Qué pasa?”, le preguntó. “Quisiera salir del foso”, respondió el hombre. “¡Ah, quisieras salir del foso! ….Tú solo sabes una cosa: que estabas de pie por las leyes de la estática y te caíste por las leyes de la cinemática….! Qué ignorancia, qué ignorancia!” Y se alejó sacudiendo la cabeza, completamente ofendido. Se sintieron otros pasos. Nuevas invocaciones del hombre. Se acercaba un campesino, que llevaba atado a una soga un cerdo para venderlo, y fumaba una pipa: “Ah, te has caído en el foso, te emborrachaste, te divertiste y te caíste en el foso ¿Y por qué no te fuiste a dormir como lo hice yo?”. Y se alejó caminando al ritmo de los gruñidos del cerdo. Después pasó un artista que se lamentó porque el hombre quería salir del foso: “Estaba tan hermoso, todo plateado por las babosas, con una corona de hierbas y flores silvestres sobre la cabeza, ¡se veía tan patético!”

Y pasó un ministro de Dios que arremetió contra la depravación de la ciudad, que se divertía o dormía mientras un hermano había caído en un foso, se puso frenético y se fue corriendo para dar un terrible sermón en la próxima misa. Y así, el hombre seguía en el foso, hasta que miró a su alrededor, vio con exactitud donde había caído, se destrabó, se encorvó, se apoyó sobre sus brazos y piernas, se puso de pie y salió del foso por sus propios esfuerzos”.

Es cierto, para salir de muchos fosos, es necesario el esfuerzo de cada persona para que pueda “arrancarse los amargos pesares del corazón”, como reclamaba Antonio Gramsci. Pero esta vez, ante una pandemia que nos empujó a todos a la vez, hace falta la ayuda del científico, del campesino, del artista, del ministro de Dios, de todos los países, manos y voces, para enfrentar hasta al mismísimo egoísmo que reparte golpes a los que por ser pobres, no alcanzan la tabla que los salve del peor de los naufragios. Puede el hombre, desde el amor, incorporarse una vez más. Al mundo le esperan otros desastres que no impedirán la vida.

(*) Colaborador y profesor de la Universidad Jesús Montané Oropesa

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