La confianza perdura

Foto: Diego Rodríguez y archivo

Desde el año 1965 y hasta mediados de la década de los años ’90 del pasado siglo tuve el privilegio, por mi trabajo, de participar en un sinnúmero de visitas del Comandante en Jefe a la Isla de la Juventud, acompañado de presidentes de distintos países en recorridos por las escuelas internacionalistas radicadas en el Municipio e importantes centros económicos y sociales exponentes del desarrollo logrado en esa etapa como fruto de sus ideas y sueños.
Entre esos colectivos estaban la fábrica de cerámica Segundo Congreso del Partido –la cual recorrió en cinco ocasiones en un mismo año–, el Combinado de Cítrico, vinculado a la agroindustria; la vaquería donde se encontraba la vaca recordista mundial en producción de leche, Ubre Blanca, en las inmediaciones del poblado La Victoria; y el Museo y Monumento Nacional Presidio Modelo, donde fuera recluido junto a sus compañeros de lucha tras los sucesos del 26 de Julio de 1953.
En cada uno de esos lugares participé en la aplicación de las medidas de protección y conservo muchos recuerdos junto a Fidel.
Dos hechos me marcaron por tener el honor de intercambiar personalmente con él y los narro tal y como ocurrieron:
Siento no recordar la fecha exacta. Teníamos preparado el Comité de Recepción como era de costumbre en la puerta principal de la referida industria ceramista, que lo conformaba su director; el presidente del Gobierno local, Roberto Ogando; y el jefe de la delegación del Ministerio del Interior, el coronel Luis Delgado.
Nos avisan que estaba abierta la puerta del almacén de materias primas, algo que no debía ocurrir de acuerdo con los planes de seguridad, por lo que de inmediato me dirijo junto a un compañero con el objetivo de cerrarla, pero al llegar cerca de la puerta comenzó a lloviznar en el momento que arribaba la caravana, y entraron por ahí.
Al bajarse el Comandante del jeep solo nos encontrábamos nosotros. Se acerca a mí, me tira el brazo por encima y me pregunta si yo trabajaba allí…
Confieso que me puse muy nerviosa y le dije que sí. Me empezó a preguntar. Como por mi trabajo dominaba las características del centro y los datos, pude responderle durante el recorrido camino a la entrada principal hasta que llega a nosotros el Comité de Recepción y aproveché para adelantarme y situarme detrás de los carros de los moldes para tratar de que no me viera, pero fue y me buscó.
Me vuelve a colocar el brazo por encima y me dice: ‘Así que tú trabajas aquí…’, y en eso Ogando le dijo: ‘No, Comandante, ella es la Oficial de la Seguridad del Estado que atiende este centro…’.
Me aprieta y continúa hablando con los dirigentes que allí se hallaban.
Como yo siempre me encontraba en los centros que él visitaba, entre estos las escuelas de estudiantes namibios y coreanos, me había identificado. En ese momento hablé con mi jefe y le dije que tenía mucha pena por haberle mentido…

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Otro encuentro con Fidel fue cuando vino a visitar a Ubre Blanca y también recorre la Cerámica, esa vez acompañado de la jefa nacional de Genética, él le había prometido a los compañeros de la Cerámica en su visita anterior que volvería y así lo hizo.
Mientras recorre el centro se detiene y nos llama a la jefa de Genética y a mí, nos pone sus brazos sobre los hombros y nos dice: ‘¡Vengan acá!, ¿ustedes son familia?’, tras lo cual exclama: ‘¡Pero miren cómo se parecen, son igualitas, tienen que ser familia…!’. Yo tenía tal nerviosismo que no supe qué contestar.
En ocasión de visitar la escuela donde estudiaban jóvenes procedentes de la República Popular Democrática de Corea nunca olvidaré que se le rompieron los espejuelos que traía y le dieron otros, pero dijo que esos se le corrían hacia delante y me encomiendan que los llevara a arreglar.
Recuerdo que era sábado y la Óptica estaba cerrada, pero voy a casa de la administradora, la compañera Pura, y le digo que necesitaba arreglar con urgencia unos espejuelos, tarea que cumple de inmediato, mas no supo hasta mucho tiempo después de quién eran esos espejuelos.
Fueron disímiles los momentos compartidos con este hombre grande en cuya protección participaba todo el pueblo de una u otra forma, siempre con la compartimentación requerida, por eso burlamos todos los planes tramados por el imperio para eliminarlo.
Era admirable su sencillez y humildad, buen sentido del humor y jocosidad, su trato afable con quienes lo rodeaban, su manera pausada, sensibilidad y predilección por intercambiar con los trabajadores, a quienes preguntaba sobre temas de la producción, la calidad, las condiciones de trabajo de los obreros, sus ingresos..
En fin, era extraordinaria su pasión por dialogar con el pueblo.
Intercambiar con él inspiraba seguridad, tanto que a pesar de los años transcurridos perdura en los cubanos esa confianza eterna en su liderazgo, no solo por sus cualidades personales, sino también por sus ideas de justicia y solidaridad que iluminan hoy al mundo.

Por Carmen Yáñez Carrillo

Por Siempre Fidel

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