La audacia de un nombre

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A quienes intentan minimizar el apellido de Isla de la Juventud y siguen el guion de los enemigos de Cuba al presentarlo como impulso generacional o política coyuntural–, cabe recordársele que la osadía no era simple cambio de nombre.

Todo lo contrario representaba el colosal movimiento: revolucionar la sociedad y el pensamiento, acelerar la marcha a favor del hombre nuevo, sacar del atraso al territorio abandonado y hacer realidad sueños que sólo harían posible la continuidad de generaciones fieles a su tiempo.

Pero en verdad, sí que eran atrevidos los jóvenes llegados en 1966 para borrar los estragos del ciclón Alma y avanzar mucho más.

No sólo restablecieron en breve tiempo a la región, sino que impulsaron su transformación de tal manera, que al cabo del año inauguraban con Fidel la primera presa de la Revolución Hidráulica aquí, la Vietnam Heroico, y le pidieron al Comandante en jefe llamar a la entonces Isla de Pinos Isla de la Juventud.

Era primera vez de una intrepidez así en casi cinco siglos de historia. Y ni soñarla antes de 1959.

Pero el joven líder, audaz y visionario, convierte en reto la aspiración. Aquel 12 de agosto de 1967 advierte a los columnistas: “Pero todavía no se puede llamar ‘Isla de la Juventud’ en el sentido real de la palabra” y orienta: “Llamémosla Isla de la ‘Juventud’ cuando la juventud con su obra haya hecho algo grande, haya revolucionado… la naturaleza y pueda exhibir el fruto de su trabajo, haya revolucionado… la sociedad”.

Los muchachos acogen la tarea y en apenas cuatro años concluyen 10 embalses con capacidad para almacenar más de 131 millones de metros cúbicos de agua, construyen carreteras y viviendas,crean repartos, siembran, fundan familias y hacen de la adversidad natural acicate para avanzar más.

Y así lo hicieron. Ya en 1977 suman más de 40 las escuelas en el campo, mientras crecía siete veces el volumen de toronjas para el exterior y se inician inversiones agroindustriales para la exportación.

Tal dimensión tiene la revolución educacional, ya con becarios de varias provincias del país, que se puso al servicio del Tercer Mundo.

Aunque a finales de 1977 llegan los primeros adolescentes africanos, no fue hasta el 78 que se generaliza la singular experiencia, justo en el año de la proclamación, 11 años después del reto, por acuerdo adoptado a finales de junio de ese año por el Parlamento, y en virtud del vínculo patriótico de los jóvenes con el terruño, –desde independentistas como Martí, y Mella contra la anexión imperial, hasta los moncadistas– y quienes les siguieron.

Del cambio son exponentes el crecimiento de casi 100 veces en generación eléctrica y el incremento poblacional, que de 11 000 habitantes en 1959 ya supera 84 000, con predominio de los que no rebasan 40 años.

“Bajo el sol no existe otro lugar que se parezca a esta Isla”, afirma el presidente de Tanzania Julius Nyherere, al visitarla en 1985. De dos mil estudiantes extranjeros en el 78, estos ascendieron 10 años después a más de 18 000, de 37 nacionalidades.

Más que en una obra de choque, los jóvenes convierten al terruño laboratorio de las ideas más avanzadas de Fidel, quien reconoce en enero de 1989: “En la isla se ha invertido mucho, pero… está respondiendo al esfuerzo inversionista que se ha hecho yes…el lugar del país que tiene más alto estándar de vida”.

Ni en los adversos años del período especial se abandonó el camino. “Lo están demostrando los pineros, –dijo Raúl Castro en 1992– que si se resiste y se lucha, se vence”. Es también parte de la audacia del nombre definitivo.

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Diego Rodríguez Molina
Diego Rodríguez Molina

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana. Tiene más de 40 años en la profesión

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