Juntos, pero distantes

Foto: Internet

Hace unos días visité a una amiga y mientras conversábamos percibí que sus hijos estaban cada uno pendiente de sus celulares jugando o conectados a la red de redes por la vía de nauta hogar.

Este suceso llamó mi atención porque es preocupante cómo gran parte de la población en tanto tienen una tableta, laptop, auriculares u otros medios de cómputo utilizados para comunicarse, se entretienen a tal punto que no se dirigen la palabra a pesar de estar uno al lado del otro.

Estas distracciones pueden generar en ellos sentimientos de inseguridad y la creencia de que no son importantes en la vida de quienes les rodea.

El mundo de la tecnología se mueve a la velocidad de la luz y es muy bueno el servicio de navegación internacional a personas naturales (Wifi Etecsa), pero en tal sentido los entendidos en el tema plantean que el mal manejo de tales artefactos afecta el desarrollo emocional de los pequeños e impactan en su proceso de socialización hasta causar, en el futuro, alteraciones en el estado de ánimo.

Coincido con los especialistas en que con estos comportamientos lejos de favorecer la socialización, propicia incomunicación con el prójimo y subestima los imprescindibles momentos de compartir en familia.

Quizás dichas prácticas significan, por primera vez en la historia, un paso hacia la ruptura entre una generación y otra y en ese sentido es importante reconocer que este fenómeno se da de doble manera. De hecho, no son pocos los padres que se quejan de la absoluta dependencia de sus hijos hacia estos dispositivos electrónicos, lo cual los lleva a aislarse de las necesarias dinámicas familiares.

En ocasiones hasta los mayores conversan con sus hijos sin dejar de mirar el celular y decir un “anjá...”, que en realidad expresa total indiferencia, una situación que el adulto en medio de su quehacer cotidiano ni se percata de su dañino efecto.

Escenas como estas no son ajenas y me atrevo a decir que casi nadie escapa de este vicio. Lo peor del asunto es que permanecen distantes aunque físicamente estén juntos, incluso, al punto de utilizar los dispositivos móviles mientras están acostados en la cama y en los horarios de comida.

A veces en lugar de conversar mirándose a los ojos o tomándose de las manos, como parte del calor humano que todos necesitamos, cada uno se encuentra por su lado, o revisando el perfil de Facebook, el Instagram, chateando online, publicando fotos o compartiendo noticias. En fin, dan la sensación de que tales entretenimientos son más importantes que la persona que está a su lado.

Esta es una evidencia de que el excesivo uso de los dispositivos electrónicos amenazan en el siglo XXI y sin siquiera imaginarlo empobrecen las relaciones familiares y llegan a convertirse en el peor saboteador de la vida en pareja.

Es cierto que no todos tenemos alcance a los equipos citados anteriormente, más no podemos cerrar los ojos ante las inevitables tendencias.

Los cubanos tenemos grandes cualidades y entre ellas la capacidad de diálogo y la espontaneidad, sin embargo el síndrome de la tecnología aleja cada vez más al ser humano, gana a diario más seguidores, es mayor el ensimismamiento y la falta de atención.

Es saludable, y no exagero, que los padres tomemos conciencia de la mirada distinta y más responsable con que debemos ver el asunto, para no ser víctimas de la adicción y evitar a los hijos ese daño de incalculables consecuencias.

Opinion
Damarys Bravo González
Damarys Bravo González

Especialista de Posgrado en Educación Superior. Licenciada en Literatura y Español en la Universidad Carlos Manuel de Céspedes, Isla de la Juventud

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