Ismel, siempre alerta

Soldado de patrulla Ismel Moracén Almarales. Foto Wiltse Javier Peña Hijuelos

El soldado más joven del Ejército Libertador tenía poco más de diez años y repartía machetazos como cualquier veterano cuando el clarín llamaba “a degüello”, según Grover Flint, periodista norteamericano que acompañara a Máximo Gómez varios meses en la Guerra Grande.

Ismel Moracén Almarales tiene 18 y pertenece al llamado 57 del Servicio Militar Activo. Uno de los tantos jóvenes que vemos a diario, con chaleco de policía sobre su uniforme de camuflaje, patrullando las áreas donde es más enconada la prevención contra la COVID-19.

Hoy lo encuentro en el Paseo Martí de Nueva Gerona, luego de levantarse en su Unidad Militar de Tropas Especiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Far) a las cuatro de la mañana y estar de recorrido hasta las cinco de la tarde. Atento siempre al despiste de cualquiera sin nasobuco donde hay concentración de personas o requiriendo a quien no guarde la distancia entre uno y otro, en apoyo a las fuerzas del Minint en la preservación de la tranquilidad ciudadana.

Dicha rutina, vista desde afuera, puede parecer algo tediosa al estar ahora en la Tercera Fase, aunque igual la comprendemos. Antes no fue así, estaban activas varias áreas de cuarentena y había que guardar el orden arriesgando su vida.

“Sentía que estábamos librando nuestra propia guerra, y había que estar alertas siempre. En nosotros se confiaba para cuidar el aislamiento dentro de los cercos, única forma de evitar la propagación de la pandemia y tarea no tan sencilla como pudiera parecer”, dice este soldado de filas que, como cualquier joven en nuestro país, tiene el derecho a soñar con una carrera universitaria y fuera incorporado a las Far cuando cursaba el 10mo. grado en la Facultad Obrero Campesina. Un joven que, como todos los demás que a diario vemos en similar función, entró de manera voluntaria en la nueva contienda iniciada contra un enemigo solapado.

¿Cuántos contagios evadieron su constancia y persuasión? ¿Cuántas vidas salvadas, cuánto perjuicio evitado a la economía? ¿Cuánto debemos a él, a sus compañeros? Nunca lo sabremos. Ni hace falta. Hicieron lo que esperábamos de nuestros jóvenes, lo hecho por sus mayores, padres y hermanos, en otras contiendas donde también arriesgaban lo más preciado: la vida.

Y en la guerra que libran todavía sienten, con todo derecho, que están saldando una deuda de gratitud con quienes les antecedieron, en Cuba o en misiones internacionalistas. Para ellos no está lejano el pequeño mambí que empuñara su machete.

¿Hasta cuándo estarás en primera línea?, le pregunto. La respuesta es natural y rotunda: “Siempre que nos llamen… ¡yo voy a estar ahí!”

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