RINCÓN DEL REDACTOR

Imágenes para nunca olvidar

Era como si estuvieran rotas todas las acostumbradas relaciones de sociedad. El miedo los volvió egoístas, los hizo encerrarse en sus viviendas y nadie arriesgaba su existencia para visitar a un vecino, pariente o amigo. Los puestos ambulantes habían desaparecido. La ciudad parecía desolada.

El 25 de febrero de 1823 había ocurrido la primera muerte. Era el cólera morbus asiático o pestilencial, en La Habana, donde una despaciosa carreta de bueyes pasa frente a las casas, otra dobla la esquina; van llenas de cuerpos entongados unos sobre otros, de cualquier modo, como cayeran sobre la cama de tan indigente carroza fúnebre, todos juntados, blancos con negros.

Las fortalezas disparan una andanada tres veces al día. Nadie sabe qué produce el cólera, y lo combaten a cañonazos.

Hoy hemos visto –por eso lo escribo, para preservarlas– imágenes recientes mucho más terribles. Las traen las televisoras. En la moderna ciudad de Guayaquil, Ecuador… dos jóvenes arrastran un cadáver para arrojarlo donde acumulan la basura; otros sacan a la calle el féretro de un familiar debido al avanzado grado de descomposición ; un poco más allá incineran a un difunto desconocido… Cada día la epidemia hace nuevos estragos y nadie viene a recoger sus muertos.

Son escenas dantescas de la política neoliberal que aúpa a los ricos y desprotege a los más necesitados. Los cementerios ecuatorianos están privatizados como las funerarias y los servicios de salud.

Es la “buena opción” que han tratado de imponernos también a nosotros, a quienes vivimos en esta Cuba, donde cada día me preguntan: “¿Alguno en su vivienda tiene problemas respiratorios, fiebre, tos seca, escalofríos…?” Si así fuera de inmediato se procede al aislamiento de quien presenta los síntomas que anuncian al coronavirus; va para uno de los centros habilitados donde recibe todas las atenciones y según su evolución se destinan a él  ─sin cobrarle un centavo─ tantos recursos de salud como hagan falta para salvar su vida.

Todavía no está descubierta la vacuna que neutralice a ese verdugo, pero sabemos quién lo produce y cómo evitar su contagio. Aquí, en mi Cuba, sin escatimar recursos adoptan las medidas necesarias para cortarlo de raíz.

Por eso cada noche, a las nueve, me sumo con mi familia a este otro cañonazo de aplausos, el de los agradecidos.

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