Hierro en las lunas de China

Acercarse a la figura ejemplar, legendaria y única del Apóstol es un eterno reto para cualquier artista. Varias puestas recientes de teatro y danza han motivado la atención de crítica y público.
Caleb Casas y Rachel Pastor en Hierro Autor: Sonia Almaguer Publicado: 22/01/2020 | 08:32 pm

Legendaria y única

Acercarse a la figura ejemplar, legendaria y única del Apóstol es un eterno reto para cualquier artista, porque aquel, como se sabe, no es solo un mártir, una esencial figura histórica, sino una personalidad (intelectual, política…) que los cubanos llevamos en vena, como parte de nuestra propia sangre.

No podemos quejarnos de su presencia en la plástica, la literatura y el cine, pero generalmente desde la aureola del Héroe Nacional, por tanto era ya hora de miradas más focalizadas en lo personal, lo íntimo, lo familiar; es algo que intentó con aplaudible tino el cineasta Fernando Pérez en José Martí, el ojo del canario (2010) y ahora lo hace el dramaturgo y teatrista Carlos Celdrán a través de la pieza Hierro, con su grupo Argos Teatro, puesta que ha iniciado una segunda temporada en la que redobla su éxito tras haber obtenido Premio Villanueva y varias nominaciones para los Caricato, de la Uneac.

En un lapso que abarca los años de 1885 a 1892, en un Norte desde entonces revuelto y brutal (Nueva York, Tampa) con la visita y regreso a Cuba de su esposa Carmen Zayas Bazán y  el hijo de ambos, la estancia en casa de anfitriones que lo acogieron como mucho más que un huésped: otra Carmen, Mantilla, y su esposo e hijos (en especial a una referida aquí, pero importante María Mantilla, que le arrancó algunas de sus más delicadas páginas líricas en forma epistolar), junto a pasajes que incluyen una agresión casi mortal, enfermedades graves, trabajos arduos como periodista aún convaleciente para sobrevivir, Celdrán imagina y fabula sí, pero basado en el estudio y la investigación rigurosos, algo que trasunta Hierro desde sus minutos iniciales.

Desacralización y ontología son dos herramientas que guiaron la escritura, para acercarnos ante todo, al ser humano frágil de salud, pero férreo de convicciones, no siempre el esposo y padre que hasta él mismo quiso ser, pero a los que causas mayores robaban tiempo y energía.

Esta riqueza de matices caracteriza el resto de los personajes, incluyendo el agresor a quien perdona en uno de los diálogos más intensos y ricos de la pieza, estructurada mediante analepsis y saltos temporales que detentan, sin embargo, coherencia y continuidad apreciables, para una morfología que tiene asimismo un fuerte ingrediente conceptual, porque en más de un momento la imprescindible revisión histórica (aunque en segundo plano) nos está hablando del aquí y ahora en ítems tan  significativos como el exilio o las relaciones con el «vecino del frente».

La puesta, apoyada en mínimos elementos (esceno)gráficos que conforman ambientes siempre domésticos, a cargo de Jesús Darío Acosta, Rafael Pire y su diseñador Omar Batista; la música de Denis Peralta sobre la base de breves acordes de no pocas intensidad y fuerza; las luces concebidas por Manolo Garriga en el hallazgo de claroscuros que subrayan estados anímicos, se corona con unas actuaciones magistrales de todo el equipo, con sobresalientes para el protagónico de Caleb Casas, actor estudioso y cada vez más sabio escénicamente; la habitual convicción y energía de José Luis Hidalgo, la sutileza caracterológica de Maridelmis Marín, la solidez de Waldo Franco y la ductilidad de Rachel Pastor.

Un Martí contemporáneo, doblemente cercano, entrañablemente humano este que nos entregan Celdrán y Argos Teatro, en facetas imprescindibles también para un perfil más amplio de la nacionalidad y un proyecto cada vez más rico e inclusivo de nación.

Danza lorquiana

Otro que desde su también recia y elevada pluma luchó contra la injusticia de su entorno fue un colega de nuestro poeta: Federico García Lorca, víctima del fascismo español dentro de las tinieblas franquistas. Por ello la luna fue en muchos de sus poemas y dramas una suerte de símbolo de la esperanza, de la luz que iluminaba aun en la más oscura noche.

Danza Retazos presentó hace poco Las lunas de Lorca, coreografía de su directora, la maestra Isabel Bustos, partiendo de segmentos del teatro (Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma…) y la poesía lorquianos (el Romancero gitano y otros textos).

Resulta admirable la organicidad y plasticidad de solistas y cuerpo de baile interpretando con verdadero virtuosismo en muchos casos, los símbolos del célebre escritor granadino y la manera en que estos se trasmutan en sustancia danzaria: la nocturnidad, el astro que dicen el fusilado invocó mientras ya agonizaba, los personajes femeninos emblemáticos de aquellos dramas extraordinarios que radiografiaron el carácter y la asfixiante situación social de la mujer en la época con problemas que, no obstante, la trascienden para tornarse universales (la maternidad frustrada, el deseo insatisfecho, el matrimonio conveniado, la soledad, el matriarcado castrante…).

Luego, la participación en vivo del guitarrista y compositor Josué Tacorante aporta vitalidad a la representación y agrega matices a la tan decisiva música      —quizá un tanto reiterativa en los inicios—, así como a las reveladoras luces del también productor y sonidista Alexander Sosa.

Las trampas de la red

Las nuevas tecnologías que significan las redes sociales tienen un abrupto doble fondo: posibilidades infinitas de comunicación en todos los sentidos que a la vez encierran, en no pocos casos, vacío, soledad, imposturas, baja autoestima que busca desesperadamente reconocimiento y otros males muy antiguos, pero acentuados paradójicamente con el desarrollo.

De ello va el nuevo texto dramático de Agnieska Hernández (Harry Potter, se acabó la magia; El gran disparo del Arte…), que recientemente fue llevado a escena por el colectivo La Perla Teatro en puesta de su directora, Mariam Montero, quien le sugirió la idea: Made in China.

Una mujer madura, separada y solitaria hospeda en su amplia residencia a un joven a quien sus padres han pagado varios meses de renta con el objetivo de alejarlo de la casa paterna; el muchacho, lacónico y distante, se transfigura a solas en un poderoso youtuber, un popular influencer con cientos de seguidores, que pretende incluso resolver sus necesidades sexuales mediante… una muñeca.

Dos soledades, dos generaciones, dos géneros, con sus respectivas falencias y sus maneras erradas de llenar agujeros existenciales inmensos, coexisten en (des)encuentros, en intentos vanos de comunicación, en poses que ocultan realidades desgarradoras. La metáfora de la próspera nación asiática en el título alude a otras muy parecidas trampas: la sociedad de consumo que genera necesidades artificiales con las que pretende llenar incluso lagunas mucho más profundas y en sus producciones masivas encierra con frecuencia no poca vacuidad.

Una notable dramaturga como Agnieska enuncia algunos de estos conflictos y colisiones, pero no logra desarrollarlos siempre con toda la enjundia y acabado que los mismos demandan; en su lectura escénica, Mariam (El espejo) resuelve las principales directrices del relato dramático con suficiente economía de recursos, una inteligente distribución del espacio —la casa como metonimia de los problemas humanos en juego— y un auxilio eficiente del material audiovisual que ilustra la conectividad, la importancia diegética de las redes sociales y los medios de comunicación.Sin embargo, habría que trabajar aún más las actuaciones para futuras puestas, de modo que Carlos Busto y Annieye Cárdenas logren sacar mucho mejor partido de sus interesantes personajes.

No hay dudas, sin embargo, de que Made in China es una estimulante propuesta en torno a los actuales y contundentes temas que aborda.

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