Heredera del más grande en la oralidad pinera

“…así se divertía todo el mundo, ¡lo viví yo!”, asegura Esperanza. Foto: Wiltse Javier Peña Hijuelos

“Mi abuelo, el Varón Herrera, tenía la magia de la palabra –cuenta Esperanza Marcel Sierra–, ¡sabía contar! Lo disfrutaba, y mucho. Cambiaba el eco de la voz según fueran sus personajes. A veces, cuando la situación lo requería, hasta sacaba de su garganta un tono que daba miedo. Todo aquello era de agradecer, sobre todo en una nada tan aburrida como era aquella vida de antes: solo trabajo, cuando lo había, necesidades y mal pasar. Verlo atusarse el bigote ya era una fiesta, era como acabar con el aburrimiento.

“Lo suyo –enfatiza– era hacer reír con sus ocurrencias, hacerles más alegre tan perra vida a los demás”.

Hija de Pablo, segundo retoño del Varón, esta octogenaria tiene, como todos los de su progenie, el don de la palabra, y aunque lo conociera solo de oídas cuenta como vividos por sí misma los avatares de su ancestro mayor.

“No llevo el apellido porque mi padre se había separado de su esposa, madre de todos sus hijos, y en aquella época me tenían que inscribir como hija de tal señora. Pero mi madre era una isleña que cuando decía por aquí, era ¡por aquí!… y no quiso.

“Mi padre murió de cáncer, en el ’61, en la casa de mi medio hermano, Armando, donde vivió sus últimos años; poco antes de llegar al estadio de pelota, en Nueva Gerona. Trabajaba en los muelles, de sereno; anteriormente, no sé”.

Esperanza Marcel, quien procreó toda su familia en la costa sur, frente a la caleta donde está ahora el faro más alto de América Latina, vive en La Fe, en el reparto Ángel Alberto Galañena, y –como todo Herrera de ley– revive y cuenta aquellas viejas historias de su infancia, manantial inagotable de la más auténtica oralidad pinera. Muchas ya a salvo del olvido al ser recogidas como libro en Avatares del Varón Herrera, de reciente publicación por la editorial El Abra. Otras, no; como lo referido a las tertulias…

“Antiguamente… un ejemplo, los vecinos llegaban a la casa de usted a las 12 de la noche, ¿no? Iban a la mata donde dormían las gallinas, mataban tres o cuatro y le despertaban: “!Oiga, Fulano, ¡levántese que llegó el guateque!” Y nadie se ponía bravo. A la siguiente, iban a la casa de otro, y así se divertía todo el mundo, los solteros hasta encontraban pareja.

“Tocaban punto guajiro, bailaban, improvisaban décimas, jugaban dominó, chismeaban, hacían grandes comelatas porque ese era su ambiente, ¡lo viví yo! En ese tipo de rumbitas echó sus cuentos el Varón, y había que creérselos –aseguraba mi padre– porque sacaba el machete y… se ponía malito fuera de frío”.

Entrevistas Historia Isla de la Juventud

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