Falsificadores de guante blanco, pincel y paleta

El presente texto versa sobre dos de los más emblemáticos impostores de obras de arte de la historia: Han van Meegeren y Wolfgang Beltracchi
Wolfgang Beltracchi, una leyenda viviente de la falsificación de importantes obras de arte. Autor: Tomado de Internet Publicado: 28/08/2021 | 09:33 pm

El falsificador busca pasar su cuadro por auténtico. Imita lo sublime, pero no es real. Esa es su manera de defenderse de la vida. De transitar un camino vedado, de reproducir la técnica y el tono perfecto. De ser un dios con paleta y pincel. Cada obra que «cuela» quiebra el sistema que él mismo enriquece.

Y es que el falsificador exquisito también es  un artista. Es un genio del empaste que desea perpetuar su ego sobre el lienzo y el tiempo. Burlarse de acaudalados y presuntuosos, expertos y hablantines de arte, es la meca misma de estas mentes ególatras. La cuestión trasciende la mera idea de volverse rico, de saborear la trampa. Esas son nimiedades mundanas. El falsificador de alma reclama el arte como suyo. Para ello necesita equiparar o, en los casos más excelsos, superar a su ídolo y maestro.

El presente texto hará referencia a dos transcendentales falsificadores de obras pictóricas, cuyas reproducciones se catalogan entre las más diestras e infalibles de la historia del arte.

Han van Meegeren (1889-1947) era un excelente retratista hasta que una mala crítica lapidó su futuro. Con su orgullo lastimado, Van Meegeren decidió emular a notables pintores neerlandeses (Frans Hals, Pieter de Hooch, Gerard ter Borch y Johannes Vermeer), reproducir con precisión milimétrica y conceptual sus estilos, para luego autentificar su fraude ante los mismos ojos versados que despreciaron su trabajo. Iniciaba así la carrera de uno de los más grandes falsificadores de todos los tiempos.

Para imitar a los mejores, Van Meegeren estudió y pulió la técnica durante seis años. Su perfección anidó en los detalles: fabricó sus propios pinceles (como se estilaba en épocas pasadas), reprodujo pigmentos característicos de aquellos estilos y compró obras del siglo XVII para plasmar, sobre lienzos de 300 años de antigüedad, sus trabajos. Siempre agrietaba las pinturas húmedas a través de un polímero que se endurecía al calor del horno. Una vez finalizado el proceso, vertía una fina capa de polvo para añejar aún más sus creaciones.

De esta forma recreó El lavado de los pies y la Cena en Emaús. Esta última la adquirió la Sociedad Rembrandt, en 1937, por 520 000 florines (más de cuatro millones de euros actuales) y todavía descansa en el Museo Boijmans Van Beuningen de Rotterdam, junto a otros tres Vermeer falsificados por él.

Al engañar a todos, incluso a los especialistas que antes lo despreciaron, Van Meegeren estaba en la cima de su fraudulenta carrera al convertirse en el nuevo Vermeer holandés.

Para 1942 vendió su versión de Cristo y la mujer adúltera al tratante de arte nazi Alois Miedl, quien a su vez la cedió al reconocido coleccionista y mariscal del Reich alemán Hermann Göring por 1,65 millones de florines (unos siete millones de dólares actuales). Por supuesto, el segundo de Hitler jamás imaginó que esta obra era una legítima falsificación de van Meegeren.

Pocos días después de la capitulación alemana, soldados norteamericanos descubrieron un depósito de arte nazi (unas 6 000 piezas) dentro de la mina de sal austriaca. En aquella tremenda colección se encontró el desconocido «Vermeer». Las pistas dejadas señalaron a Han van Meegeren como infractor y colaborador nazi. Ahora era culpable de vender patrimonio histórico holandés al enemigo. Con tanta sed de venganza patriótica en el ambiente, se le llevó a los tribunales por traición. La pena a cumplir era la muerte.

Para salvarse del cadalso, Van Meegeren confesó haber falsificado varias obras. Su inocencia dependía de reproducir un Vermeer delante de los especialistas que conformaban el jurado. Durante las siguientes seis semanas se extendió uno de los juicios más extraños de la historia holandesa donde un demacrado Van Meegeren pintaba por su vida.

Para cumplir la tarea encargó tabaco, alcohol y morfina como método para explotar su creatividad. También necesitó sus pinceles y tintes. El cuadro a reproducir era Jesús entre los doctores. Una vez terminada se generó un enorme asombro entre los presentes, incluidos los expertos. Era casi imposible dilucidar que aquella obra era una copia.

Van Meegeren fue encontrado inocente de los cargos de traición y tratante del patrimonio de su propia nación; sin embargo, se le condenó a un año de prisión por falsificación y fraude, sentencia que no cumplió, pues falleció de un infarto antes de ser trasladado a la cárcel. Aquel 30 de diciembre de 1947 falleció el último «Vermeer».

El falsificador del siglo

Para demostrar su inocencia, el notable falsificador Han van Meegeren tuvo que reproducir un Vermeer delante del tribunal. Foto: rtbf.be.

Un error que solo podía ser detectado por un análisis químico desenmascaró ante el mundo a Wolfgang Beltracchi (1951), un falsificador que llevaba más de tres décadas en activo y que amasó una fortuna entre 30 y 50 millones de euros.

La sospecha provino de un color blanco utilizado para ciertos detalles de Cuadro rojo con caballos, un fraude, vendido por casi tres millones de euros en 2006, y que debía contemplarse como la gran obra perdida del expresionista Heinrich Campendonk. El engaño, imperceptible al ojo humano, fue detectado por la ciencia moderna. Se dictaminó que aquel pigmento no se empleaba con fines artísticos en 1915, fecha firmada por Beltracchi en su Cuadro rojo con caballos, sino algunos años más tardes.

La genialidad artística de Wolfgang Beltracchi era apropiarse al detalle de la técnica del pintor que deseaba imitar. A lo largo de su carrera firmó cuadros falsos como André Derain, Max Ernst, Fernand Léger, Heinrich Campendonk, Max Pechstein o Kees Van Dongen. Sus creaciones se vendían en las casas de subastas, engañando a críticos, especialistas y coleccionistas de todo el mundo.

Su estilo fue tan exacto que Dorothea Tanning, viuda de Max Ernst, al apreciar, sin saber, una de las obras de Beltracchi catalogó aquel cuadro como la mejor ejecutada por su esposo. Lo mismo le sucedió a Werner Spies, hasta el momento el mayor especialista del legado de Ernst, al declarar otra falsificación como auténtica.

La labor de Wolfgang, ayudado por su cómplice y esposa Helene Beltracchi, fue tan bien articulada que tejieron toda una historia de fondo para cada obra. Dijeron que los cuadros pertenecieron a una abuela judía de Helene, quien los había escondido del saqueo nazi. Para las pruebas, Wolfgang falsificó cartas de propiedad antiguas. Su esposa se disfrazó de la abuela e hizo algunos retratos con papel fotográfico de la época. Todo el material ficticio lo entregaban en las subastas para validar las pinturas creadas.

Por su método cuidado y el tiempo que extendió su capciosa carrera, el alemán Wolfgang Beltracchi se ganó el mote de «el falsificador del siglo», al ser reconocido por los expertos como el mayor falsificador de obras de arte después de la Segunda Guerra Mundial.

Su final llegó en 2011 cuando fue arrestado por los detalles de Cuadro rojo con caballos. En el juicio admitió la autoría de unas 14 piezas, pero se estima que unas 200 se encuentran dispersas en instituciones de arte y colecciones privadas. Se le sentenció a cumplir seis años de prisión en régimen abierto y restituir millones de euros.

En una autobiografía publicada al acabar su condena, cuenta que un periodista lo compara con «un vulgar copista» a lo que él refuta: «Eso no es cierto. La falsificación era un proceso creativo. No he copiado ningún cuadro, sino que he creado cuadros que los pintores podrían haber creado. He ido a los lugares donde ellos pintaban, he pasado días allí (…) Me he introducido en la época y la personalidad de estos artistas, he llenado las obras con su estilo. No se trataba solamente de dinero, también de la alegría de pintar».

Algo similar dijo Han van Meegeren en su famoso juicio cuando cuestionaron su genialidad como artista. «Ayer esta pintura valía millones y expertos y amantes del arte hubiesen venido de cualquier parte del mundo para admirarla. Hoy no vale nada, y nadie cruzaría la calle ni para verla gratis. Pero la pintura no ha cambiado. ¿Qué es lo que ha cambiado?», cuestionó el holandés, quizá pensando que el arte pervive para generar emociones, quizá pensando que poco importa si es lícito o trasciende al margen de la ley.

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